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Las causas estructurales de la huida del gobierno de Fernando de la Rúa dos años antes del cumplimiento de su mandato constitucional fueron su propia ineptitud para gobernar, la falta de decisión para adoptar decisiones o directamente la adopción de decisiones erróneas. El cacerolazo y los saqueos -si bien marcan un cambio importante en la escena política argentina- fueron meros epifenómenos de un proceso errático.
El ex presidente De la Rúa ha querido responsabilizar al peronismo de su fracaso. Lo ha hecho en numerosos discursos desde su asunción en 1999, al señalar como causa estructural del malestar durante su inacabada gestión la «pesada herencia» recibida, y también ha querido indicar que el justicialismo fue la causa eficiente de su caída al restarle su apoyo hacia el final.
Las actuales autoridades han querido licuar la responsabilidad de De la Rúa, sugiriendo que el desastre obedece imprecisamente al «modelo» imperante durante la década del '90 y que ellos pondrán fin al mismo, con lo que crearán las condiciones para que la Argentina vuelva a la senda del crecimiento.
Aquí vale la pena introducir algunas precisiones. El gobierno que me tocó presidir -lo reconocen aun sus detractores- tuvo plena capacidad de decisión, emitió mensajes claros y adoptó un rumbo definido. Su punto de partida, no es ocioso recordarlo, fue la Argentina arrasada que encontramos seis meses antes del inicio de nuestro mandato constitucional.
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