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21 de enero 2002 - 00:00

Debería avanzarse en una diplomacia ante regiones del mundo

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A partir de ello lo que corresponde es que en el más breve plazo posible, en todos los campos, se realice una observación correcta de la realidad y, derivar de ella, las enseñanzas que se proyectan para afrontarla con equidad y eficiencia.

Una de las primeras proyecciones es un mundo no compartimentado en reducidos territorios nacionales, sino que se hace «común» a varios países, culturas y etnias al mismo tiempo.

La inmediata posterior es que los países, por convicción o conveniencia, están asumiendo esa «realidad común» no de manera aislada, sino como región abarcativa de varios países (ver trabajo sobre integración publicado en este diario el 26/12/01, págs. 16 y 18).

Sobre la base de estas dos realidades, que sumada a la imperiosa necesidad de hacer austero y eficaz al Estado es que se debe encarar el tema de las relaciones internacionales y sus representaciones diplomáticas nacionales.

No se puede ignorar que la primera se realiza en la actualidad en dos sentidos que significan una innovación a como se daban tradicionalmente. En primer lugar se traban por obra de los adelantos en transporte y comunicaciones de manera mucho más fluida y personal entre los jefes de Estado o de gobierno, por lo que la tarea de los embajadores va quedando relegada hacia el plano instrumental.

En segundo término la mayoría de las decisiones trascendentes no se adopta en soledad por parte de los diferentes países, sino que es el resultado de una posición regional y, de acuerdo con los intereses de ésa que, a su vez, contiene y compatibiliza las diferentes necesidades nacionales que integran la región respectiva.

Sobre la base de ello es que la política diplomática actual fundada en representaciones nacionales ante diferentes países resulta anacrónica y excesivamente costosa. Si queremos reformar el Estado para hacerlo compatible con la realidad y dotarlo de eficiencia con austeridad resulta adecuado reformular esta metodología.

Hoy ese mundo desarrollado, cambiante y evolucionista nos exige soluciones audaces y dinámicas si queremos acompañarlo primero e integrarlo después. Por ello propongo que las representaciones diplomáticas argentinas se disciernan por región o continente integrándose a la misma con relación jerárquica dependiente agregadurías en cada país integrante con funciones culturales, sociales y comerciales, reservándose la función política que complementa la estrategia exterior de la Nación a la embajada regional o continental.

Así a modo de ejemplo en Europa del Mercado Común se designa un embajador y tantos agregados (cultural, social y comercial) como países lo integran, del mismo modo se agruparán las diferentes embajadas adoptando para hacerlo criterios realistas y que sirvan al fin estratégico de la Nación.

Este desarrollo dinámico se complementa con otorgar a las diferentes agregadurías el carácter de verdaderos impulsores de la cultura argentina en el exterior y de gestores de negocios e intercambio comercial, despojándolos de funciones u operaciones políticas que quedan reservadas al embajador continental o regional.

En este planteo, el agregado debe ser convocado por su capacitación técnica-cultural y su permanencia supeditada a su eficacia y rendimiento, con lo que la Argentina podría revertir en el corto plazo su anquilosada «gestión» en el exterior y dar un paso importante en el ahorro del gasto público tornándolo conducente hacia el desarrollo integral.

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