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No fracasó el modelo económico (que con mínimas variantes es el que se practica en todas las naciones desarrolladas del mundo, ya sea por gobiernos nominalmente socialistas o por líderes liberales), sino que fracasó la mala política prebendaria, comiteril, internista, ineficiente, de muchos de sus principales actores.
Desde 1995 vengo previniendo sobre los riesgos de tener déficit en las cuentas públicas. Las páginas de El déficit original tuvo su causa inmediata en las reformas previsionales de 1994, ya que el desfinanciamiento que produjeron no pudo ser compensado por la transferencia al sistema de reparto de una parte de lo recaudado por IVA y Ganancias, porque la crisis mexicana de diciembre de 1994 nos afectó seria e injustamente. Después, los colapsos del sudeste asiático y Rusia, más la devaluación de Brasil, hicieron también lo suyo. Pero el problema fue nuestro. La Nación y muchas provincias siguieron endeudándose alegremente. Se colocó deuda en el sistema financiero. Hubo provincias que pagaron tasas exorbitantes con garantía real de la coparticipación. La tasa promedio de la deuda de la Nación que en 1993 era de alrededor de 3 por ciento anual (después del plan Brady y la consolidación), rondaba en 2001 un promedio superior a 10 por ciento anual. En noviembre de 2000 estuvimos al borde del default, vino el blindaje organizado por el FMI que no se supo aprovechar, ni por el gobierno ni por el mismo FMI, y el público empezó a sospechar que el principal deudor del sistema financiero (el Estado) entraría en insolvencia. Así se gestó la corrida que estuvo a punto de hacer eclosión en setiembre, se postergó un par de meses y reventó al terminar noviembre de 2001. La crisis fiscal desató la crisis del sistema financiero, lo que motivó la crisis económico-social, y finalmente la crisis institucional. La secuencia corriente descripta en cualquier manual de ciencia política, que los argentinos no quisimos atender.
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