Gulbajar - En el centro ortopédico que la Cruz Roja tiene en Gulbajar hay muchos mutilados, aunque ninguno como Karimulá. A él le faltan el pie izquierdo y la mano derecha. La razón de esta acongojante peculiaridad es terriblemente simple.
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A este muchacho de 26 años y ojos febriles le cortaron la mano y el pie los talibanes.Y lo hicieron despacio, en público y tras engañarlo miserablemente.
El hombre relata su tragedia con renuencia, como si cada palabra le costara un esfuerzo. Dice que residió en Kabul hasta setiembre de 1996, cuando los talibanes llegaron a la capital, castraron al ex presidente comunista Mohammed Najibullah antes de colgarlo de una señal de tráfico con la boca llena de billetes e impusieron en la ciudad su estricta, puritana y alucinada visión del Islam.
Karimulá es tayico, no pertenece a la etnia pashtun como los talibanes, y pensó que su existencia sería más llevadera si emigraba al pueblo norteño donde están las raíces de su tribu. Al principio trabajó en una viña, pero apenas sacaba para mantener a su familia y al cabo de un tiempo decidió que lo mejor era enrolarse como miliciano en las tropas de la Alianza del Norte. Eso, al menos, garantizaba que los suyos comerían a diario.
Las cosas marcharon casi bien hasta un aciago día de 1999 en que los talibanes, asesorados por los militares paquistaníes y avituallados desde Islamabad, lanzaron una ofensiva para hacerse con la llanura de Shomali. El ataque sorprendió a Karimulá en una trinchera de primera línea. Todo fue muy confuso. Escapó cubierto de tierra y sangre sin saber hacia dónde. Fue a parar a una aldea enemiga, cuyos habitantes lo amarraron y lo entregaron a los talibanes.
Karimulá afirma que lo molieron a palos, lo juzgaron acusándolo de traidor y lo enviaron a la siniestra prisión de Pul I Charki, la misma en la que el mullah Omar y los suyos meten unas semanas a cualquier presumido que osa recortarse un poco la barba. Una mañana, al cabo de tres meses, se presentaron en la celda varios talibanes y le comunicaron que lo iban a liberar. Le mandaron encaramarse a una de esas camionetas todoterreno, que aquí se usan para casi todo. No sospechó la sorpresa que le reservaban hasta que el vehículo enfiló hacia el estadio de fútbol de Ghazi.
Amputaciones
En el centro del pelado terreno de juego, sentados en sillas y cara de esfinge, esperaban 10 clérigos. En los graderíos, observando, se apelotonaban varios miles de personas. Era viernes, el día de las ejecuciones y de los castigos coránicos. «Nadie me preguntó mi nombre, ni nada; sólo me ordenaron tenderme en el suelo, con los brazos y las piernas separadas», explica Karimulá apretando los dientes. «Se acercaron varios doctores, con guantes, mascarillas de gasa y batas. Me pusieron dos inyecciones y después, tras atarme torniquetes en el brazo derecho y la pierna izquierda, empezaron a cortar. Oía un rumor, como si la gente cuchichease. Apenas sentí dolor, pero vi todo, incluso cuando un talibán agarró la mano y el pie amputados y se los enseñó a la multitud».
Después lo echaron de nuevo en la camioneta y lo llevaron a un hospital. Diez días después, le dijeron que podía marcharse. Karimulá abordó como pudo un taxi y pidió al chofer que le condujera a casa de sus padres. Nadie le creía y, al ver sus muñones, hasta sus parientes pensaron que lo habían castigado por ladrón. Tuvo que pedir limosna en las calles de Kabul, corroído por la vergüenza. Todavía no entiende por qué le cortaron la mano y el pie, pero dice que alguien le comentó que un rico pashtun, condenado por robar, había sobornado a unos talibanes y que éstos se las arreglaron para hacer que pareciera que se castigaba al culpable, usándolo como chivo expiatorio. Karimulá ahora abriga la esperanza de que los especialistas del centro ortopédico que la Cruz Roja tiene en Gulbajar le consigan un pie de plástico. Lo que no podrán subsanar nunca es lo de su mano y eso le duele más que nada, porque jamás podrá volver a disparar un fusil: odia a los talibanes y dice que le gustaría matar a alguno.
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