9 de diciembre 2005 - 00:00

''AMO LONDRES Y ESCUCHO LOS SONIDOS DE VENECIA''

En Buenos Aires, Marcela Roggeri ahuyenta los días de melancolía interpretando a Mozart en el piano Steinway que le regaló Jorge, su padre, cuando inició su carrera. Considera inevitable reiterar las visitas a Venecia, «una ciudad que no es real», y a Londres, donde «hoy finanzas y arte van juntos».
En Buenos Aires, Marcela Roggeri ahuyenta los días de melancolía interpretando a Mozart en el piano Steinway que le regaló Jorge, su padre, cuando inició su carrera. Considera inevitable reiterar las visitas a Venecia, «una ciudad que no es real», y a Londres, donde «hoy finanzas y arte van juntos».
Escribe Luis Beldi
Londres me sedujo desde que la vi; me pareció fascinante, misteriosa con muchos secretos.» Marcela Roggeri vive en la ciudad que más le gusta. Su casa de Pimlico, un vecindario tranquilo cerca de Victoria Station, es la base de la concertista de piano para diseñar su carrera, organizar las grabaciones y sus giras por el mundo. El otro lugar importante en su vida es París. El tren, que por el eurotúnel atraviesa el Canal de la Mancha, la lleva de la estación Waterloo a Gare du Nord en tres horas. «París es la gran ciudad del mundo por su excelencia, pero no viviría allí porque no me gusta su día a día; me estresa.» En la capital de Francia está el motor de la carrera de cualquier músico: el sello grabador.
«La música fue una presencia permanente en mi casa», recuerda. Durante los meses de embarazo Fulvia, la madre de Marcela, estuvo postrada en un estricto reposo. La música clásica, en especial los compositores románticos, acortaban el tiempo de inmovilidad de Fulvia.
Cuando Marcela cumplió 13 años, la pasión tomó forma: comenzó a estudiar piano con Ana Tosi, la mamá de Bruno Gelber. «Si venís a aprender música como pasatiempo, éste no es el lugar. Tiene que ser la razón de tu vida», le advirtió Ana en la primera clase. El padre de Bruno, menos estricto y violista de la Filarmómica del Colón, le enseñaba armonía y solfeo.
Bruno era un pianista reconocido cuando la tomó a su cargo. Reemplazó a su estricta mamá que abandonó la enseñanza por una grave enfermedad que con los años la doblegó. «Bruno fue más que un maestro, se transformó en mi padrino. Me llevó a tocar al teatro Coliseo para ver cómo enfrentaba al público.» Marcela aprobó el examen al interpretar el Concierto Número 3 de Beethoven con orquesta. Hoy es uno de sus preferidos.
En poco tiempo subió al escenario del Teatro Colón. Fue una de las experiencias más intensas de su vida. «Levantar la cabeza para ver a la gente en el paraíso, arriba de todo, con sus manos sobresaliendo como racimos para aplaudir y luego bajar la vista a la platea donde todos están ovacionándote de pie, es como tocar una cumbre.»
A los 18 años llegó a Europa y comprobó que buenos pianistas había muchos, que debía ser «más obrera y ensayar siete horas cada día para sobresalir, porque con el talento y la técnica no alcanza». Bruno le prestó su casa en Mónaco, la puso bajo la tutela de su manager y la presentó en los lugares más importantes del continente.
Tres años de esa vida la aplastaron y llegó la crisis. «Dejé el piano, no la música, porque no sabía si eso era lo que quería.» Fue el precio de suprimir la adolescencia. «La música invadió toda esa etapa de mi vida y me alejó de mis compañeras, de las salidas habituales que hace cada joven». Cuatro años después retornó al piano, pero esta vez madura, decidida y con un conocimiento de sí misma muy importante: aprendió que en el fondo era una solitaria por vocación. La adolescencia que se fue, desde entonces, no pesa tanto.
En esos años de retiro, su hermano mayor Alfredo era tecladista de Charly García. Dividió el tiempo entre Mozart y el rock. «Me encanta escuchar a Charly, es un músico muy inteligente y sensible. Vive todo el día con un teclado.»
Hoy recuerda su amistad con la guitarrista de Charly, Gabriela Epumer, que murió en julio de 2003. Fue un período de pérdidas porque «en ese año falleció también mi gran amigo, Abel López Iturbe, que en
Ambito Financiero hizo una de las notas más lindas sobre un concierto mío». Pero el dolor más grande lo tuvo meses después cuando perdió a Jorge, su papá, el alma de su vida y su carrera.
Su retorno a los conciertos la encontró más madura. Investiga la vida de los compositores que interpreta, para darle más sentimiento a la música.
En Venecia, «una ciudad que no es real», fue a las bibliotecas a estudiar la vida de Domenico Scarlatti, un músico del Renacimiento que nació en Napoli, pero brilló en el Venetto.
Marcela grabó música barroca de Scarlatti y en las bibliotecas de Venecia leyó los manuscritos del compositor. «Me imagino la vida de Scarlatti en esta ciudad sin hacer esfuerzo porque todo está igual que en el Renacimiento.»
«Venecia no tiene ruidos, no hay autos, ni motos ni bicicletas, no hay vorágines, sólo murmullos y mucho movimiento.» Como todo músico capta los sonidos de las ciudades. «Venecia es el ruido de tacos lejanos en las calles en las madrugadas casi desiertas.»
La época preferida de Marcela Roggeri es febrero, en carnaval. Se disfraza y asiste a bailes en palazzos cuando la invitan. «Todo el mundo se viste como en el Renacimiento», cuenta. La administración de la ciudad, para reforzar esa nostalgia, les paga a doce mil personas para que caminen por Venecia vestidos de época. El carnaval rescata el esplendor del siglo XVII cuando las máscaras daban anonimato a los amores prohibidos y a los excesos. En las fiestas en los palazzos predominan los disfraces de polichinela, arlequín o casanova. El terciopelo, las sedas y los hilos de oro, dominan los trajes. Sólo cambió el tiempo: antes duraban dos meses y ahora, dos semanas.
Cuando regresa a Londres, la pianista toma contacto con el arte más actual. Va al East End donde están las nuevas figuras de la plástica que se desparraman por las distintas galerías de la zona. La movida más importante pasa por la White Chapel Gallery. «Finanzas y arte hoy van juntos, todo este movimiento de jóvenes artistas tiene atrás un marchand que le da valor a su obra», cuenta Marcela, quien ha retenido algo de las enseñanzas de su Philippe Castellani, su marido, un banquero francés que opera en el Bing Bang de Londres.
Le gusta tomar el té con escones en las tardes y tiene sus lugares preferidos. Va a Richaux en Picadilly o al Hotel Ritz en Green Park. Su té predilecto es la mezcla favorita de Bruno Gelber: earl grey con Lampsang souchong, un té ahumado.
También le gusta comer sushi acompañado de té verde en Itsu, en Walton Street, donde es frecuente que vaya sola y elija un lugar aislado en la barra.
No le gustan las comedias musicales de Broadway, pero sí el teatro y algunos conciertos de rock. «Hace poco fui a ver a Paul McCartney, todo fue fantástico, sonido, luces, imágenes, pero lo mejor llegó cuando una luz lo iluminó en soledad y cantó 'Yesterday' acompañado por su guitarra acústica.»
En su casa disfruta de los vinos de la cave de Philippe. Su conocimiento de la bebida se incrementa en cada encuentro con su gran amiga Maggie Henríquez, presidenta de Chandon en la Argentina, con quien se reúne en París o en Londres.
«Voy todos los años a Reims porque tengo la suerte de acceder a los mejores champagnes. El que más me gusta es Veuve Cliquot, y entre los vinos, el Mouton Rotschild de 1976.»
Si tiene que elegir un lugar donde volvería, no lo duda: Pagan en Myanmar, una ciudad de seis mil templos donde la deslumbraron la Pagoda de la Luna, las puestas de sol y los viajes en carruajes antiguos, porque no están permitidos los autos. «Allí el tiempo está detenido, el lugar está afuera del mundo. No hay robos, no existe el dólar ni el euro, sino una moneda local que fuera del país no tiene valor.»
De sus momentos tristes, la rescata Mozart con «La flauta mágica». «Mozart estaba un nivel espiritual más allá de todos, era un iluminado.»
Los románticos son sus preferidos. De Chopin le encantan las sonatas y las mazurcas; de Beethoven, todas sus sonatas y conciertos para orquesta. «El himno a la alegría» suena seguido en su piano porque le da energía.
Marcela disfruta de Londres, pero vuelve a Buenos Aires cada vez que puede, donde la espera Fulvia, su mamá y el Steinway que le regaló Jorge, su papá, «un optimista» que creyó en su carrera y le enseñó que debía tomar la música muy en serio, pero sin cambiar su esencia: «No te tomes en serio a vos misma».

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