El final de este año le aporta a los argentinos y al mundo la postal de un país dividido por una linea transversal que va de la mesura a la exuberancia política y comprende a todos los partidos. La expectativa que cada sector de la economía tiene (no siempre explícita) es precisamente hacia qué lado se inclinará esa balanza de las decisiones durante el mandato de Alberto Fernández. No se trata sólo de comprobar si el universo más cercano a la expresidenta influye más o menos en las decisiones (casi todas difíciles) que deberá tomar el nuevo Presidente, sino de algo mucho más profundo aún.
El ejercicio que deberá hacer de ahora en más el país para intuir su futuro pasará por averiguar si una nueva forma de política se instala o si las viejas costumbres, de unos y de otros, de nuevo pueden más que la moderación. Nada de esto es simple teorización, todo lo contrario: el futuro próximo marcará un camino que el mundo seguirá de cerca y que incluye resolver interrogantes sobre cómo saldrá finalmente la Argentina del noveno default de su historia y qué consecuencias dejará en la piel de este país incumplidor pertinaz; si en algún momento los motores que alimentan la inflación dejan de funcionar (algo difícil por ahora) o si la negociación política vuelve a instalarse como herramienta de solución de conflictos, esencialmente en el Congreso.
Este juego de equilibrios comenzó hace tiempo, quizás el mismo sábado en que Cristina de Kirchner hizo público el video en el que anunció por qué había elegido a Alberto Fernández como su candidato a presidente. El giro estratégico, que solo una organización como el peronismo puede procesar como normal, obligó a todo el PJ a comenzar un reordenamiento que terminó con el escenario más temido para Mauricio Macri: la unificación. La crisis económica indomable más las torpezas políticas que el macrismo ya venía cometiendo por la cerrazón de cerebros a la hora de desconcentrar el esquema de poder del entonces Cambiemos hicieron el resto.
Llegados a este punto convendrá detenerse para intentar averiguar hasta dónde continuará ese proceso de unificación de poder dentro del kirchnerismo. Esa será la clave del inicio del Gobierno de Alberto F.
El día de la asunción presidencial aportó datos sobre escenarios posibles. Dos mensajes distintos y con tono previsible se escucharon esa jornada en boca del presidente de la Nación. Otro, por parte de Cristina de Kirchner, transcurrió por carriles previsibles. De todas esas definiciones quedó en evidencia el esfuerzo por el equilibrio que hizo Alberto Fernández tanto en el mensaje ante la Asamblea Legislativa como más tarde en ante la clásica plaza militante que animó también la vicepresidenta.
Los gestos de mesura serán esenciales en las negociaciones que vienen por la deuda, aunque la política exterior que comande Felipe Solá pase por caminos bastante distintos a los vistos en los últimos años; pero también los guiños a la militancia kirchnerista y al cristinismo, imprescindibles para mantener la unidad en medio de un armado político (como el que llevó a Alberto F. a la Presidencia) que está plagado de presiones y turbulencias. Pocas veces han sido tantas las exigencias internas que se intuyen y también las que ya se explicitaron.
En materia económica el juego está en un terreno peligroso y que el país ha conocido demasiadas veces. La crisis no permite desvíos, que no se caiga en ellos ya no dependerá de la magia sino de la muñeca de un Gobierno que tiene a la cabeza a un profesional de la política, pero en el Ministerio de Economía a una serie de incógnitas importantes. Ese tándem deberá enfrenar las tentaciones de salidas fáciles en lo inmediato, pero con pronóstico trágico en el futuro. Un dato alentador aportó Martín Guzmán al alertar sobre los peligros de caer en la emisión monetaria como solución. Lo hizo en su primer mensaje público como ministro. Habrá que revisar que cumpla esa previsión.
Los primeros días de esta presidencia no terminan de mostrar un escenario definitivo para la política exterior que vendrá en los próximos cuatro años. Vale la pena recordar algunas imágenes del pasado que diferencian a los Kirchner (entre ellos) en su visión sobre cómo relacionarse con el mundo. Nestor Kirchner recibió en 2005 en Mar del Plata a la Cumbre de las Américas. Eso incluyó una visita de 36 horas del entonces presidente George Bush. En esos mismos días Kirchner habilitó y colaboró con una contracumbre que tuvo como protagonista a Hugo Chavez con la consigna de combatir al ALCA. Los diarios de esos días hablaron de un quiebre definitivo de la relación con EE.UU. y nunca fue tan así. Bush había sido y fue una ayuda importante para el país y sus negociaciones por la deuda. La realidad es que la Argentina, en esa época, nunca votó en organismos internacionales en contra de los temas que verdaderamente importaban a los Estados Unidos, sobre todo en materia de terrorismo. Debe incluirse en esto las menciones que Nestor Kirchner hizo sobre Irán en sus mensajes ante Naciones Unidas. Parte de esto lo recordó hace poco el propio Alberto Fernández. La relación con Washington se volvió mas dura cuando los interlocutores fueron Cristina de Kirchner y Barack Obama (en tándem con su secretaria de Estado, Hillary Clinton). El episodio de la valija militar estadounidense rota por la tenaza del canciller Héctor Timerman fue una escala definitoria en ese proceso. Alberto F. en los días de asunción presidencial navegó en aguas parecidas. Hubo acercamientos auspiciosos con el FMI y su nueva directora. Dos reuniones en México con delegados de Donald Trump (tan necesario en un futuro cercano para la renegociación de nuestra deuda con el Fondo). Después el ruido estrepitoso de uno de esos mismos funcionarios, Mauricio Claver-Carone, retirándose de la Argentina a las corridas en el mismo momento de la jura presidencial ante la visita al Congreso mismo no anunciada del venezolano Jorge Rodríguez, ministro de Comunicación de Nicolás Maduro, acusado ante la Justicia en los Estados Unidos y con amplio prontuario de persecución a periodistas en Venezuela.
¿Cómo reaccionó el Presidente ante semejante conflicto? Al día siguiente (el 11 de diciembre) recibió a almorzar en la Casa Rosada a Michael G. Kozak, subsecretario de la Oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado. algo que no estaba previsto y que sirvió para compensar.
El escenario de ese difícil equilibrio se completó después con el cubano Miguel Diaz Canel, que se encontró con Cristina de Kirchner y Alberto Fernández en privado, y la aceptación-invitación del pedido de asilo de Evo Morales. En 48 horas desfiló todo el espectro del exterior cercano y lejano, en uno y otro sentido. Todo en medio de una crisis latinoamericana que no tiene precedentes inmediatos y menos un pronóstico claro sobre su final. También en eso Alberto F. deberá demostrar si logra el equilibrio que la interna le impone.
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