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24 de noviembre 2008 - 00:00

Con gran retrospectiva de Duchamp reabrió Proa

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No es casual que la muestra inaugural del renovado y ampliado edificio de la Fundación Proa esté dedicada al enigmático artista Marcel Duchamp, punto de partida ineludible del arte contemporáneo. Proa se fundó en 1996 con el propósito de mostrar exponentes del arte internacional que no se conocían en Buenos Aires, en una vieja casa frente al Riachuelo de La Boca, barrio poblado de artistas desde su origen.
A partir de entonces Proa creó un estilo basado en la calidad de sus exhibiciones y en los estratégicos lazos que fue atando con varias instituciones porteñas y del extranjero; un estilo que se puede definir como moderado, que le permitió sostener su programación aún en tiempos de crisis, y que coincide con el de su presidente, Adriana Rosenberg, y también el de su patrocinante, la empresa Techint.
El edificio enclavado en una esquina replica la proa de un barco y es fiel reflejo de la solidez del proyecto. Una arquitectura engalanada por un estudio de Milán sumó a la levedad de los inmensos ventanales de cristal los históricos adoquines de madera en la vereda, la gracia de sus salas cortadas al sesgo y la fortaleza de las escalinatas de hierro,
La exposición «Marcel Duchamp: Una obra que no es una obra 'de arte'», cuya su comprensión exige no sólo mirar sino también analizar y pensar para descubrir los códigos que oculta, no puede ser más oportuna para consolidar esta nueva etapa.
La muestra se inicia en 1913 con los ejemplos del desplazamiento del centro de gravitación del arte, que pasó entonces de valorar la ejecución manual y sensorial de la obra, a atender la concepción y la idea del creador. En este capítulo están el ya célebre mingitorio y la «Rueda de bicicleta», entre otros ready-made. La elección de un objeto de la vida real comprado en una tienda para sustituir el trabajo de producir la obra, fue el paso decisivo de Duchamp, con el cual rompió el canon de lo que hasta entonces se consideraba «artístico», y abrió camino al Pop, el conceptualismo y las innumerables derivas del arte que llegan hasta el presente.
La obra fundamental para evidenciar una mente que planifica, es «La novia puesta al desnudo por sus solteros, incluso» («El gran vidrio»). En 1912, cuando pintó el movimiento en el cuadro «Desnudo descendiendo una escalera» que le depararía un gran éxito, Duchamp asistió a una inspiradora función de teatro de Raymond Roussel. En el absurdo de la actuación y en unas máquinas sofisticadas e inútiles que estaban sobre el escenario, encontró el rumbo que le permitiría dejar atrás la pintura.
Tenía apenas 25 años cuando en un hotel de Munich realizó los primeros bocetos de «El gran vidrio». Sin embargo, sólo en 1915 inició en Nueva York la ejecución de la obra que en 1923 declaró «definitivamente inacabada». Con dos planchas de vidrio y las imágenes de la novia, representada en la parte superior por formas mecánicas y orgánicas que evocan un insecto, y de los solteros, encarnados en siete conos dispuestos en semicírculo, un molinillo de café y un trineo ubicados en un plano inferior, compuso una obra que a pesar de su transparencia y la claridad del diseño, se resiste todavía a la interpretación y revela la esencia enigmática del arte. El accidente como factor clave de la creación, surge cuando en 1926 «El gran vidrio» se quiebra y su autor decide que la rajadura forme parte de la obra.
La muestra aborda otros tópicos que trascienden el rigor conceptual, como el azar, el juego y, sobre todo, el humor, que sobrevuela las salas donde se exhiben más de 100 obras llegadas de Viena, Estocolmo, Nueva York, Philadelphia y París.
La duchampiana puesta en jaque de los criterios del arte llega a cuestionar el de la originalidad, determinante esencial del «aura» de la obra. Con este fin utilizó desprejuiciadamente copias de los originales, como una reproducción de la Mona Lisa de Leonardo que intervino al dibujarle barbita y bigote. «Es una combinación de ready made/ dadaísmo iconoclasta», informaba Duchamp. Acaso para confirmar el predominio de las ideas, fotocopiaba sus propias notas que presentaba en cajas como «obras de arte».
La curadora de la muestra, Elena Filipovic, puso el acento en la imposibilidad de encuadrar a un artista que luego de presentar objetos industriales como arte, se dedicó a realizar pequeñas reproducciones de sus obras para el «Museo portátil» («Boîte-en-valise»). «Con cuidado extremo -destaca Filipovic- hizo 300 copias a mano y 20 valijas de lujo, una de ellas para Roberto Matta».
Hay una fotografía que muestra el inicio de la instalación que Duchamp realizó en 1942, al cruzar 1600 metros de hilos por una muestra que el público podía ver pero no recorrer. Están las máquinas ópticas y el film «Anémic Cinéma», que registran su interés por los aspectos puramente visuales del arte.
El artista depararía sin embargo una última sorpresa tres años después de su muerte, cuando en 1969 el Museo de Filadelfia presentó el diorama tridimensional e ilusionista «Etant donnés».
Se trata de la viva imagen del erotismo, ya que como un voyeur, espiando por los agujeros de un portón de madera, el espectador descubre el cuerpo desnudo de una mujer en tamaño real, tendido de espaldas sobre unos leños y mostrando su sexo. ¿Es la novia finalmente rendida? Imposible saberlo con certeza, Duchamp establece con sus dudas el grado cero en la evolución del arte moderno, tema que se abordó en el Coloquio Internacional dedicado al artista más estudiado del siglo XX.

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