29 de septiembre 2006 - 00:00

En Panamá, un destino para los Robinson del siglo XXI

En Panamá, un destino para los Robinson del siglo XXI
Escribe Francisco López-Seivane (*)

El archipiélago de San Blas lo compone un conjunto de islitas que se ubican a lo largo de la costa caribeña de Panamá. Los indios kuna, dueños y señores de las islas y de la larga franja de tierra firme que se extiende frente a ellas a lo largo de 226 kilómetros, sólo ocupan unas pocas y no permiten que nadie construya hoteles en sus paraísos. Prefieren que los visitantes lleguen con cuentagotas, dispuestos a alojarse en los precarios chamizos de que disponen.
La fórmula funciona para los viajeros que, huyendo de las playas masificadas, buscan refugio en lugares auténticos, donde la falta de comodidades se ve compensada por el sosiego, la belleza incontaminada, el contacto directo con una naturaleza de tarjeta postal y el atractivo de descubrir la cultura indígena.
Lo primero que se percibe al descender de la pequeña avioneta que nos trae dando saltos desde Panamá es que el tiempo discurre con gran parsimonia y la gente se mueve con extraña lentitud, como si la realidad formara parte de una película en cámara lenta.
Las sonrisas duran una eternidad en los rostros y nadie parece tener prisa en dar el siguiente paso. Sobre el barrizal de la selva, alguien ha hecho un camino de sacos de arena que hay que transitar hasta la playa.
Me acompaña en silencio una muchedumbre colorida y curiosa de indios kuna que han acudido a recibir el avión de la mañana. Soy el único pasajero, así que me acomodo a mis anchas en el pequeño cayuco a motor que espera en la orilla y unos minutos más tarde desembarcamos en Uaguitupu (la casa del delfín), una de las 400 islas del archipiélago.

Barcos al paraIso
Si se pudiera caminar por las escolleras de coral muerto que la circundan, no se tardaría en completar la vuelta ni cinco minutos, se trata de un islote minúsculo, ocupado apenas por media docena de precarias cabañas que se asientan en una explanada de mullido y cuidado césped tropical.
Un par de hamacas cuelgan invitadoras del esbelto tronco de unos cocoteros, muy pegados al agua. Allí el tiempo se alarga hasta hacerse infinito, mientras las olas ruedan suavemente sobre el coral y el horizonte se extiende sin otra referencia que algún cayuco que lo cruza perezosamente.
Es el lugar ideal para emular a Robinson Crusoe, aunque sea con mesa, mantel y servicio. Quien quiera quedarse solo y aislado en alguno de los muchos islotes de los alrededores, no tendrá ningún problema.
Cualquier barquero le llevará hasta su pedazo de paraíso y le proveerá de todo lo necesario (sobre todo, agua) para sobrevivir en virginales playas de arenas blancas a la sombra de imponentes cocoteros.
En el costado septentrional de Uaguitupu, a apenas unos cientos de metros, hay otra isla mayor, donde viven tres mil kuna en precarias chozas de palma. Las mujeres van siempre cubiertas con pañuelos encarnados y lucen aros de oro en la nariz.
Mientras los hombres pescan, ellas cuidan de los hijos y hacen molas, sofisticadas artesanías de tejidos superpuestos, que después tratan de vender a los turistas. Los sábados por la mañana se reúnen las mujeres en la choza comunal para escuchar la tradición oral de labios del chamán, mientras trabajan en sus molas.
Cada visitante tiene asignado un guía local que lo lleva a pescar, a conocer el pueblo, a bucear en la escollera o a visitar otros islotes. Los kuna son amables y contribuyen a hacer de la estancia en sus islas una experiencia única.

(*) Del diario "El Mundo", de España

Dejá tu comentario