Escribe Alberto M. Bermejo del diario «El Mundo» de España
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No es blanca como ese altar dórico en el que Atenea celebraba sus ritos divinos, ni gris como una catedral que corona una colina y consagra una llanura. Es rosa y roja, como si el rubor del alba no se hubiera extinguido. Así es como en 1845 el inglés John William Burgon describió en un famoso soneto a Petra, «tan antigua como la mitad del tiempo», sin haber puesto nunca los pies en ella. De este modo transmitía, con el gusto de la época, la fascinación que corría por Europa sobre esa ciudad «eterna, silenciosa, hermosa y solitaria» de la que empezaban a correr los primeros grabados y descripciones de algunos intrépidos viajeros que recorrían los desiertos de Tierra Santa. Ha pasado el tiempo y ahora Petra es uno de los lugares más visitados de todo Medio Oriente, pero sigue despertando casi la misma emoción que cuando Burgon escribió su poema. En poco más de 20 años ha sido declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO, ha servido de escenario de películas de éxito -la última, por el momento, aventura de «Indiana Jones» fue la mejor promoción posible- y sobre ella se han escrito decenas de guías turísticas. Poco antes del espaldarazo de la UNESCO y de Hollywood, Petra era un lugar relativamente poco conocido, en el que los beduinos de la zona seguían viviendo como en tiempo inmemorial, y por donde se podía vagar durante días sin apenas cruzarse con otros visitantes. Los beduinos invitaban a los viajeros a comer en sus tiendas, a compartir su vida. Pocas emociones había comparables a la de amanecer allí mismo.
CARAVANAS
El trajín actual de centenares de visitantes diarios parece revivir el pasado de este antiguo centro caravanero, en el que hace dos mil años confluían diferentes rutas que atravesaban toda la región, del desierto al Mediterráneo y de Egipto a Siria. Por aquí pasaba el incienso que, desde la Arabia Felix -los actuales Yemen y Omán- se distribuía luego a Jerusalén, Alejandría o Roma, y también las sedas de China, el marfil y los esclavos de Nubia, las especias de la India. Los nabateos, un antiguo pueblo nómada, controlaba esta zona estratégica. Los inmensos beneficios obtenidos por el control de semejante tráfico llevó a la construcción de una gran ciudad en medio de las montañas del desierto. Construir es una palabra que define a medias a Petra, ya que, además de una serie de edificios más o menos convencionales y las viviendas de sus habitantes, que han desaparecido, los nabateos tallaron en la roca viva, en los precipicios de las montañas, grandes templos y los sepulcros de sus élites. Son esos monumentos los que han llegado hasta nosotros y hacen que esa ciudad transmita esa inmensa sensación de irrealidad.
El TESORO
La entrada en Petra, igual que en otros tiempos, se hace a pie o a caballo a lo largo del Siq, un estrecho desfiladero de más de un kilómetro de longitud que serpentea entre las montañas. Las paredes se elevan en vertical más de 100 metros y en ocasiones su anchura apenas deja pasar a dos caballos que se cruzan. De repente, después de una de las vueltas del camino, enmarcada por las paredes oscuras del desfiladero en sombra, aparece la fachada rosada de un templo (o una tumba) de la altura de un edificio de diez plantas. Al venir de la oscuridad del desfiladero se tiene la impresión de que resplandece como si fuera de oro. Es el Jazneh, el Tesoro, que está tallado en la roca viva justo en el punto en el que el Siq desemboca en otro cañón más ancho. Es el monumento más hermoso y conocido de Petra. Probablemente no haya un encuentro más espectacular con ningún otro recinto arqueológico en todo el planeta. Ese fue el camino que siguió el explorador suizo Johann Burckhardt en 1982, primer europeo que pudo entrar en Petra. Durante años Burckhardt se preparó a conciencia para el viaje, aprendió las lenguas locales y las costumbres de sus habitantes y se vistió como ellos. Así, poniendo en riesgo su vida, disfrazado de peregrino, accedió a la zona con la excusa de elevar un sacrificio en el templo de Aaron en la cima de Yebel Harun. Aunque el recorrido por Petra empieza con uno de sus platos fuertes, el resto de la visita consigue mantenerse a la altura de las expectativas. La garganta transversal en la que se encuentra el Tesoro se ensancha progresivamente y se abre hacia el valle central. Allí se hallan los restos de la época romana: calzadas, mansiones con mosaicos y un teatro de acústica perfecta. Sin embargo, esto último casi pasa inadvertido ante la visión de las tumbas y los palacios esculpidos en las montañas del desierto. En la barrera montañosa oriental, al norte del Siq, se excavaron los monumentos clásicos más grandes, como el Palacio, la Tumba Corinta y la Urna. Hacia el Oeste se eleva Yebel ed Deir, la montaña del Monasterio, y cerca de su cumbre se encuentra el monumento que le da nombre. A unos 13 kilómetros de distancia se encuentra Al-Beidha. Es una antigua ciudad conocida como la Pequeña Petra. No se la puede comparar en valor, pero la soledad de este enclave, cerrado por dos desfiladeros estrechísimos, proporciona todavía una incomparable sensación de descubrimiento. Casi la de ser el primer explorador que encuentra una ciudad perdida.