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Hasta el límite
Como en los viejos tiempos: Tanques contra piedras en los territorios palestinos, mientras Sharon y Arafat se mantienen en el odio
Pero la semana pasada, Sharon se limitó a mantenerlo despierto, como si su enemigo fuera el único ser en esta tierra que pudiera comprender sus problemas: cada vez más israelíes muertos en enfrentamientos, el país al borde de la guerra y sus habitantes hundiéndose en la desesperación.
Arafat no se arriesgó a dormir.
Y no sólo ellos, sino también los países árabes vecinos, quienes temen que los desórdenes se propaguen a sus propias calles. Y el gobierno estadounidense, que quiere poner orden en Oriente Medio pero aún no sabe cómo.
Los últimos 17 meses de matanzas en Israel y los territorios ocupados se han convertido en un círculo vicioso para el que no parece haber solución.
Más de 50 personas murieron en tres días de bombardeos aéreos y ataques suicidas, sumiendo en el estupor hasta a los más curtidos veteranos del conflicto palestino-israelí. Como siempre ocurre en estos casos, la escalada engendró la falsa esperanza de que los bandos finalmente entrarían en razón.
Altos funcionarios israelíes y palestinos se reunieron la semana pasada bajo los auspicios de la CIA, para discutir un alto el fuego, y el ejército israelí relajó las restricciones para el tránsito en la franja de Gaza.
Para el viernes, el secretario de Estado Colin Powell consideraba que las reuniones y una nueva iniciativa de paz saudita ofrecían razones para el optimismo. Ambos bandos todavía están intentando llegar a un acuerdo, declaró.
Esta calma temporal se inicia aún cuando ambos bandos insinúan que se están preparando para un largo enfrentamiento. Aún abundan los atentados palestinos contra autobuses y pizzerías, pero últimamente también se han incluido entre los objetivos instalaciones militares, soldados y policías.
Elementos de las Brigadas de los Mártires de Al-Aqsa, una milicia vinculada con la facción de Al-Fatah, a la que pertenece Arafat emboscaron a un retén de vigilancia en la Ribera Occidental del Jordán y mataron a seis soldados israelíes.
Esto provocó represalias israelíes por tierra, mar y aire contra los pocos edificios públicos y estaciones de policía palestinos que aún no habían quedado arrasados hasta los cimientos.
Los dos días de bombardeos continuos se cobraron 26 palestinos. Sharon juró que no llevaría a su país a una guerra total, pero muchos israelíes piensan que ya están en ella.
La crisis ya es crónica, opina Nachman Ben-Yehuda, director de la Facultad de Sociología y Antropología de la Universidad Hebrea de Jerusalén. Y una enfermedad crónica provoca sus propias formas de pensar: fatalismo, rabia y frustración.
Sharon se siente asediado por todos los flancos. Tras una gripe que lo mantuvo alejado de los acontecimientos, el primer ministro ahora se enfrenta a las presiones de los israelíes que lo votaron para dar fin al derramamiento de sangre, y que ahora están hartos.
La línea dura le exige derrocar a Arafat y anexionar los territorios en los que viven los palestinos, mientras que la oposición moderada reclama un repliegue unilateral de los territorios ocupados y el inicio de una nueva ronda de negociaciones.
En un discurso a la nación, Sharon intentó aplacar los ánimos rechazando las exigencias de ambos bandos y proponiendo en su lugar la creación de zonas de descompresión para separar a los territorios palestinos de los israelíes.
Pero formuló la idea tan vagamente que nadie sintió que realmente estuviera proponiendo una solución. Según una encuesta publicada el viernes pasado, el 54 por ciento de los israelíes cree que Sharon es creíble, frente al 77 por ciento que lo pensaba hace apenas siete meses.
Si las tribulaciones de Sharon van en aumento, parece ser que Arafat comienza a contar con un cierto apoyo de la comunidad internacional. Ordenó la aprehensión de tres militantes palestinos implicados en el asesinato del ministro israelí de Turismo Rehavam Zeevi, perpetrado en octubre pasado; su arresto era la condición que Israel exigía para levantar el arresto domiciliario de Arafat.
El gobierno estadounidense siguió diciendo que Arafat no está haciendo lo suficiente para detener el terrorismo, pero al mismo tiempo endureció las críticas contra Israel por la muerte de civiles y por atacar a las fuerzas de seguridad palestinas. Si se le quitan los medios a la Autoridad Palestina, afirma un funcionario del Departamento de Estado, lo que tenemos es caos y violencia.
Lo que pasa es que ya hay caos y violencia — en plenitud— pero hasta ahora Estados Unidos ha demostrado poca habilidad para remediar la situación.
Antes del 11 de septiembre, el papel que debía desempeñar Washington en el conflicto provocaba divisiones en el gabinete de Bush, con Colin Powell abogando por intervenir activamente y Dick Cheney pidiendo más margen de maniobra para Sharon. El resultado fue la parálisis.
Cuando Bush declaró la guerra global contra el terrorismo, la incapacidad de Arafat para contener a grupos como Hamas y Jihad Islámica provocó que la línea de Cheney predominara.
Pero en parte por insistencia de los inquietos aliados árabes de Estados Unidos, el gabinete ahora busca la forma de obligar a palestinos e israelíes a negociar. La semana pasada el Departamento de Estado se unió a una propuesta del príncipe heredero saudita Abdullah Bin Abdul Aziz Al Saud, según la cual se garantizaría un acuerdo de paz árabe-israelí a cambio de que Israel se retire de los territorios ocupados en 1967.
Un diplomático árabe considera que la iniciativa, además de quitarle espacio de maniobra a Sharon le indica a Washington que si interviene contará con la ayuda de importantes aliados en el mundo árabe.
Estos aliados saben que Estados Unidos los necesita para una posible confrontación con Iraq. Toda operación estadounidense necesita bases en Arabia Saudita o en estados del Golfo Pérsico como Qatar o Kuwait.
Fuentes diplomáticas de la región aseguraron a TIME que muchos líderes árabes se negarían a apoyar una campaña contra Iraq mientras no se pacificara el conflicto israelí-palestino.
Abdullah declaró a TIME que la guerra contra el terrorismo no es aplicable a Iraq e Irán, aunque se negó a especificar si Arabia Saudita apoyaría un ataque estadounidense contra Bagdad. Traducido a un lenguaje llano, esto significa que a lo mejor sí. Pero para ello Arabia Saudita va a exigir que Estados Unidos logre un acuerdo entre israelíes y palestinos.
Pero aún si se inicia una ofensiva de paz, posiblemente los últimos en enterarse serán los israelíes y palestinos. Durante el último mes, el conflicto ha alcanzado una ferocidad insospechada.
El detonante de la nueva ronda de hostilidades fue el ataque contra un tanque israelí Merkava Mark 3 el 14 de febrero en la franja de Gaza, con un saldo de tres soldados israelíes muertos. Un oficial reveló a TIME que la bomba contenía C-4 un explosivo plástico de alta densidad, posiblemente introducido clandestinamente a Gaza a través de túneles excavados bajo la frontera egipcia. Me aterra pensar que el próximo ataque suicida sea con C-4, confió un oficial militar israelí. La destrucción sería mucho mayor que la ocurrida hasta ahora.
La destrucción del tanque encarna lo impredecibles que pueden ser los grupos palestinos militantes. El atentado fue reivindicado por los Comités de Resistencia Popular, que incluyen tanto a Al-Fatah como a las organizaciones terroristas Hamas y Jihad Islámica. Al-Fatah ha adoptado la estrategia de atentados suicidas de Hamas, pero también quiere cambiar su imagen, mostrándose como un movimiento de independencia contra la opresión israelí y no como una banda terrorista que asesina civiles.
Los ataques contra los puestos de control militares cuentan con la simpatía de la población, donde son vistos como un símbolo de la humillación sufrida a diario por los ciudadanos palestinos. Los líderes de Al-Fatah piensan que los ataques contra objetivos militares en los territorios ocupados, como el de la semana pasada, podrían volcar definitivamente la opinión pública de Israel en contra de los asentamientos en la Ribera Occidental y la franja de Gaza.
Pero esto es casi una quimera. Es cierto que la moral israelí se ha desgastado bajo el peso de la interminable violencia (las embajadas europeas en Israel registran un aumento en los visados solicitados el año pasado), pero la indignación contra el terrorismo palestino pesa aún más.
Las encuestas demuestran que más del 40 por ciento de los israelíes quieren que el ejército reconquiste los territorios controlados por la Autoridad Palestina, y la implacable compaña de Sharon contra Arafat y los palestinos sospechosos de terrorismo todavía tiene apoyo mayoritario.
Pocos ven un final a la violencia, y la mayoría está preparada para seguir luchando. La semana pasada Sharon intentó subir la moral del país recordando sus logros y su tenacidad. Y luego se quedó corto cuando agregó Son tiempos difíciles. La cosa es que podrían ser mucho, mucho peor.
—nformes de Massimo Calabresi/Washington, Jamil Hamad, Aharon Klein y Simon Robinson/Jerusalén y Scott MacLeod/El Cairo


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