10 de octubre 2008 - 00:00

Japón tiene los mayores balletómanos del mundo

«Descubro el enigma de las ciudades mirándolas y viviéndolas como el inevitable artista que yo soy», señala el primer bailarín Iñaki Urlezaga.
«Descubro el enigma de las ciudades mirándolas y viviéndolas como el inevitable artista que yo soy», señala el primer bailarín Iñaki Urlezaga.
Periodista: ¿Qué lugar como viajero le impresionó más?
Iñaki Urlezaga: San Petersburgo, podría decir también París. Elijo San Petersburgo acaso porque la conocí cuando celebraban los 300 años de su fundación. El alma rusa tiene algo que la distingue, algo muy especial, que une el talento, la introspección con el impulso hacia lo grandioso. Si tiene un palacio es el más grande, el más refinado, el más bonito, el más excelso. San Petersburgo es para mí la cuna del arte.

P.: Dentro de esa región, ¿que le pareció Moscú?
I.U.: Horrible, lo opuesto, una ciudad totalmente fría, nada hospitalaria. Hay el majestuoso Kremlin, la catedral, la Plaza Roja, el mausoleo y el Bolshoi, y no es ni cálida ni linda.

P.: Del resto de Europa, ¿qué le gusta?
I.U.: Amo París, que es extraordinaria, pero Roma es la ciudad más linda de Europa, es para caminarla. Grecia y Roma son las cunas de la humanidad. Eso en Roma está a la vista; uno sale y se encuentra con el pasado más remoto y el presente más actual. Pasar al Vaticano fue curioso. No recibí el impacto que esperaba, me sentí como si estuviera en otro museo de Europa. Me impresionó mucho más el Coliseo romano, porque me llenó de imágenes de todo lo que había ocurrido en ese colosal estadio.

P.: Andando por América, ¿qué sintió en Estados Unidos?
I.U.: Sorpresa, como tiene un enorme poderío económico lo tiene todo siempre por hacer, es como si por su potencialidad siempre pudieran salir con otros proyectos, con algo nuevo. Nueva York me excita como un centro energético mundial, donde puede estar todo lo que uno necesite tener. Mucho de lo que hay allí proviene del extranjero. No hay una identidad cultural única, como aparece en Londres o en París, eso que logró hacer de Viena la burguesía austríaca. Nueva York es una suma de identidades. Allí uno parece estar viviendo siempre en el tiempo presente.

P.: ¿Qué le pasó andando por China?
I.U.: El enfrentarme a una cultura milenaria que ha construido una muralla que se puede ver desde la estratosfera, eso ya hace venerable a ese pueblo. Y esto, aparte de que me desagrade su política respecto al Tíbet. Uno pisa China y nota de inmediato sus cinco mil años de historia.

UN CAMBIO PROFUNDO

P.: Y ¿cómo vio allí a la gente?
I.U.: Es distinta en Shanghai, cambia mucho, supongo que en el interior del país eso debe notarse más. Percibí que más allá de diferencias, todo era la civilización china. Uno ve a las cinco de la mañana a la gente en la calle haciendo tai chi chuan, yoga o que se ejercita en artes marciales. La ve pasar en bicicleta hacia sus trabajos o cortándose el pelo en las plazas. Eso sí, uno va a Shanghai y se siente de nuevo en Occidente. La primera vez que fui fue en 1999, y se veían despuntar los grandes edificios, era como pasearse por Puerto Madero. Había un cambio radical, opuesto a lo que era Pekín.

P.: ¿Estuvo en la India?
I.U.: No, nunca, y no sé si quisiera ir. Para algunos será lugar de peregrinación, pero a mí no me impresiona la India.

P.: ¿En qué lugar le impresionó la pobreza?
I.U.: En muchos de Centroamérica. Y, sin embargo, recorriendo esos países pude comprender otras realidades, saber de otras formas sociales y culturales.

P.: ¿Qué público le sorprendió para bien de los que lo vieron actuando en lugares tan diversos del mundo?
I.U.: El japonés es el más balletómano del mundo. Tengo fans japoneses que si saben que tengo una función en París viajan especialmente, y desde Tokio hay doce horas de vuelo. En Tokio llego y no sólo las entradas están totalmente agotadas, sino que hay gente esperándome en la puerta del hotel. En la función se percibe un respetuoso silencio y una increíble religiosidad que no viví en ningún otro lugar. Y son muy efusivos, aplauden con las manos y con los pies.

P.: Y, ¿cuál fue el público que estuvo en la punta opuesta?
I.U.: El más exitista es el de Nueva York, no tiene igual. Allí no se escucha la orquesta. Hubo funciones en las que yo creí que me iba a volver loco porque si el público no se callaba no sabía en qué fraseo musical estaba, si la orquesta había empezado o terminado. Es lo más loco que me ha sucedido en la vida. El público más frío que me ha tocado fue una primera noche en el Covent Garden. La primera noche ahí, esté lleno o esté vacío es un silencio absoluto. Es un evento social, donde van directivos de empresas para mostrar sus esposas, para competir con otros ejecutivos, para mostrarse con su secretaria ante su ex esposa. Y no le importa a nadie quién esté sobre el escenario. Es hoy; en los años 60 cuando cantaba la Callas, era otra la historia. El Covent Garden un día de estreno tiene el peor público, después ya es más normal.

P.: Un lugar para vacacionar y un lugar para vivir.
I.U.: Desgraciadamente para vivir, Buenos Aires, porque no se lo puede cuestionar, yo soy de acá. La Ciudad es hermosa y no tiene la culpa de lo que tiene adentro. Para vacacionar, un lugar remoto en Brasil, una isla, tal vez es lo ideal. En mi caso, por la cercanía del lugar. Yo me podría ir a Bangkok si quisiera, o a la Polinesia, que no la conozco. Pero para vacacionar no me atrevería a tomar un vuelo de más de tres horas.

GANAS DE VERLO MEJOR

P.: ¿Disfruta viajar en avión?
I.U.: Amo Aeroparque a pesar de los problemas que tiene, pero sé que salgo en una hora como mucho. A esta altura, tras tanto viaje por todas partes, me resulta cansador ir a Ezeiza, el check-in, pagar la tasa de embarque, llegar a la sala vip ya es una tortura para mí, y todavía no subí al avión. Y después las colas. Yo no sé si los vuelos son cada vez más baratos o es que la gente tiene más plata, porque cada día es más caótico llegar a las ventanillas. Algo tienen que hacer los aeropuertos.

P.: ¿El público argentino es muy exigente?
I.U.: Buenos Aires es muy ecléctica. Hay público acostumbrado por conocimiento, tradición y experiencia a una gran calidad musical y artística, y hay público más cholulo que va por ver al famoso, que es arrastrado por un nombre. En Buenos Aires se tiene el lujo de gente que va a ver al artista, que va a ver al famoso, que va porque nunca estuvo antes.

P.: Cuando llega a otro país, ¿convoca a argentinos?
I.U.: Muchas veces me pasa. Un ejemplo: en Corea yo estaba en el Plaza, y el chef del Hyatt, un argentino, no sólo me dejó una nota diciéndome que iba a ir a verme con cinco amigos, sino que me invitaba a comer en su hotel después de la función.

P.: ¿Qué le da cuando regresa a nuestro país?
I.U.: Ganas de verlo mejor. Y todos, en cierta medida, somos responsables de que eso no suceda.