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La cerámica artesanal tiene buena demanda entre turistas

Cerámica artística: como es sabido, toda actividad artística responde a una necesidad de expresar sensaciones y sentimientos que nada tiene que ver con intereses económicos. Y con la cerámica pasa lo mismo. «Hacer obras artísticas con cerámica es similar a hacerlo con cualquier otro material; así como el pintor utiliza el óleo o el acrílico, el escultor la piedra o la resina, el ceramista usa el barro. Pero el arte en sí está en el ser humano», explica Carlos Magliarelli, director de la Escuela de Arte Cerámico, Cipolletti, Río Negro, sede del IUNA (Instituto Universitario Nacional del Arte). Asimismo, el académico destaca la revalorización que hubo de la cerámica artística en los últimos años. «Hasta no hace mucho, el Salón Nacional de Artistas sólo premiaba las obras de llamadas artes mayores (pintura, dibujo, grabado y escultura), relegando a un segundo plano a las demás formas de expresión; hoy en día se ha reivindicado a las antiguamente denominadas artes menores y también se premian al mismo nivel la cerámica, la fotografía y la digitalización.» Dentro del ámbito académico, esa revaloración se tradujo en la creación de la licenciatura en Artes del Fuego, dictada por el IUNA.
Pero la cerámica artística también es un oficio, del que mucha gente vive. Por lo general, estas obras se comercializan, como tantas otras formas de arte, dentro de los salones internacionales, nacionales o provinciales (premios, becas, subsidios, pensiones graciables, etc.) y en galerías de arte, salas de exposiciones o negocios dedicados a esa actividad.
Cerámica industrial: al igual que una gran cantidad de rubros en la Argentina, este mercado sufrió el desamparo y la desprotección del Estado, su industria fue diezmada y quedó a merced de la importación. Porcelanas con Tsuji cerraron sus puertas al no poder competir. En el Sur (rica en otras épocas de industria cerámica) las empresas más importantes del sector se encuentran en serios problemas financieros. Y en otras regiones del país la situación es similar.
Cerámica artesanal: la comercialización de este tipo de objetos apunta fundamentalmente al mercado turístico, segmento del cual vive la mayoría de los microemprendedores dedicados a esta actividad.
En las provincias de la zona patagónica, especialmente en Río Negro, Neuquén y Chubut, muchos artesanos trabajan con los elementos de la zona. Los emprendimientos individuales se comercializan en importantes mercados artesanales de la cordillera y la costa atlántica.
Las piezas de alfarería demandan menos tiempo de elaboración y tienen muy buena demanda entre los clientes.
Magliarelli advirtió que las piezas con fuertes vínculos con las comunidades autóctonas, como por ejemplo, la producción cerámica de la Patagonia con influencia tehuelche y mapuche (ornamentaciones, dibujos y pinturas), tienen muy buena demanda entre los turistas, «que por una cuestión de genuino interés o mero esnobismo, no dudan en invertir su dinero para adquirirlas. Además, la elaboración de este tipo de obras es relativamente fácil, no obstante lo cual requiere cierta técnica y formación para llegar a un resultado satisfactorio».
| Estudios |
En la Argentina, la oferta de universidades, institutos y escuelas para aprender las técnicas de la cerámica es muy amplia. Existen talleres de capacitación en distintos lugares del país, en los cuales no se exigen requisitos de ingreso y se enseñan técnicas determinadas. Los talleres pueden estar a cargo de profesores particulares o de instituciones. En La Plata dependen de la universidad, en Quilmes, Avellaneda, San Fernando y otras localidades hay talleres provinciales y municipales; en la Ciudad de Buenos Aires funciona la Escuela Nacional Superior de Cerámica, dependiente del Instituto Universitario Nacional del Arte (IUNA) y la Escuela Municipal de Cerámica. En Río Negro, Cipolletti, dependiente de la Municipalidad, se encuentra la Escuela de Arte Cerámico, sede del IUNA.
| Elementos manuales |
Por lo general, el artesano utiliza unos pocos elementos manuales. La arcilla es la materia prima (blanca, roja, chamote, barbotina, etc.), y algunas estacas, cuchillos y devastadores son suficientes para producir una pieza. Si el emprendedor se dedicará a la alfarería, va a necesitar un torno; éste puede ser patero (impulsado por pie) o eléctrico (el costo de un eléctrico puede rondar los $ 500). Una vez realizada, la pieza deber ser «cocinada». El bizcocho puede ser llevado a un horno de leña, a un horno eléctrico o de gas, en donde las piezas deben alcanzar una temperatura de entre 920º y 1.000º. El horno de leña es muy económico (ladrillos, barro, alguna placa refractaria), pero es necesario tener un lugar adecuado en donde poder utilizarlo. Un artesano no necesita un horno eléctrico o de gas de mucha capacidad (un horno para estos fines ronda los $ 1.500).
Según Magliarelli, un taller de 5 x 8 es lo suficientemente grande como para empezar, aunque en última instancia, su dimensión también dependerá del volumen de producción que se pretenda alcanzar. Por lo general, los talleres se ubican en zonas industriales, aunque no se utilicen máquinas con ruidos molestos ni contaminación del ambiente. «Solamente hay que tener cuidado con los esmaltes. En este sentido, siempre hay que aplicar las normas de seguridad vigentes», advierte Magliarelli.
La producción puede quedar a cargo de una o varias personas, según el volumen que se desea producir.


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