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Ya quedó atrás el tránsito desordenado y bullicioso de Nueva Delhi, capital de la India. Ahora me dirijo por la ruta hacia Jaipur, capital del estado del Rajasthan. En los 300 kilómetros que me separan de la Ciudad Rosa, como se la llama, me acompañan los más variados vehículos, camiones, ómnibus, mototaxis, tractores y hasta carretas tiradas por camellos. Los poblados se van sucediendo unos tras otros, en una franja de comercios de toda variedad. Los puestos ambulantes de frutas y verduras emergen entre barberos en medio de las veredas junto a animales que pasean o descansan y gente que transita, conversa o sólo observa. El asombro acompaña permanentemente en este particular paisaje urbano entre bocinazos, frenadas y corridas, todos muy apurados, como si el tiempo se les escapara. Al llegar a Jaipur esto se acrecienta. Sus amplias calles y avenidas son inundadas por una muchedumbre que también se traslada en motos, bicicletas, autos, colectivos y taxis bicicletas, que son los que más abundan y los más apropiados para sumergirme en este enjambre de tránsito y a las que me trepo para recorrer calles y bazares, y hasta cruzarnos, por qué no, con algunas vacas que pasean tranquilamente sin que nadie las moleste y nada las perturbe. Llama la atención el aspecto elegante que les dan a los señores sus turbantes, como los brillantes colores de los saris con que bellas mujeres envuelven sus cuerpos dando un impacto de color a las calles. Pero lo más impactante, y a lo que dedicaré estas líneas, son los palacios. Jaipur toma su nombre del maharajá Jai Singh II. La terminación «pur» indica «ciudad de origen hindú». Este joven prodigioso, a la edad de 13 y a principios del siglo XVIII se convierte en rey de Amber; al poco tiempo decide trasladar la capital, hasta ese momento encerrada en la fortaleza en las montañas, y diseñarla en el valle. Ya en esos tiempos había agregado a sus otros títulos el de arquitecto y astrónomo. En 1727 fue planificada de manera muy armoniosa y moderna, los palacios de terracota color rosa fueron erigiéndose para convertirse, como históricamente se la llamara en ciertos escritos, en la ciudad del «tono de la puesta de sol en otoño».
la ciudad La Ciudad Palacio, rodeada por una muralla almenada, tiene varias entradas por las que se ingresa a los pabellones, patios y aposentos. Cada maharajá agregó diferentes cosas. Una de sus entradas, la situada al Este, conecta con un patio exterior, enfrente de éste el Mubarad Mahal (pabellón de invitados), en el que se encuentra un museo que exhibe sedas, ornamentos y vestiduras reales además de instrumentos musicales y una importante colección de armas de la India. Siguiendo el patio central, se atraviesa la gran puerta cuidada por dos hermosos elefantes de piedra. Luego me sitúo en lo que sería el gran salón de audiencias públicas, el Diwan-i-Amm, inmenso, con macizas columnas de mármol gris y techos ricamente pintados. En el centro del salón se encuentran los dos enormes jarrones de plata que el maharajá Madho Singh II llevó repletos con agua del Ganges en su viaje en barco a Inglaterra para la coronación del rey Eduardo VII, ya que era la única agua que el maharajá se atrevía a beber.
en elefante El Palacio de la Luna sorprende con sus siete pisos que sobresalen de los demás edificios. Desde sus ventanas se pueden observar los magníficos y románticos jardines con fuentes de agua cercanas al Palacio del Harén. Cerca de la entrada a la Ciudad Palacio se halla uno de los cinco observatorios creados por Jai Singh: el Jantar Mantar, construido en mármol, ladrillo y latón. Con su fachada de frente a la ciudad antigua con un aire elegante y misterioso se alzan las cinco plantas del Hawa Mahal (Palacio de los Vientos); es una construcción curiosa y elegante, en forma de panal, con cientos de ventanas con celosías que permitía a las mujeres del harén poder observar la calle sin ser vistas. A poca distancia de la capital se alza sobre una colina el majestuoso palacio Amber, rodeado de grandes murallas. Detrás, el lago Maota espeja esta magnífica construcción, dándole un toque romántico y de gran belleza. La vegetación abundante completa el paisaje. La subida es bastante empinada. Es acompañada por una maciza muralla. Sólo nos damos cuenta de su tamaño al acercarnos. Para llegar al Palacio hay que realizar un viaje a lomo de elefantes artísticamente pintados y engalanados con hermosas telas. La gran dimensión de las puertas de acceso permite la entrada con este ostentoso medio de transporte. El salón principal, llamado de la Victoria, totalmente cubierto de paneles de alabastro con incrustaciones, es un ejemplo del arte por el que es famosa la región. En general, todas las habitaciones son de tamaño reducido con paredes y techos ricamente elaborados, mostrando el esplendor de la época. Sus columnas y arcadas van produciendo rincones para la intimidad y la meditación. Desde los aposentos reales las vistas al valle son admirables, lo mismo que los jardines y patios interiores. Una pequeña habitación sin ventanas, con techos abovedados y espléndidamente decorada, llamada Sheesh Mahal (Cámara de los Espejos) sorprende gratamente, pues al encerrarse en ella, el guía enciende un par de velas reflejando su luz en los miles de espejos incrustados. Mágicamente, la estancia se inunda de una gran constelación de estrellas. Lentamente y sentados muy cómodos sobre el lomo del elefante, bajamos la empinada colina, mientras nos vamos alejando del magnífico palacio. El transporte me va meciendo como en una cuna. Al frente puedo admirar el magnífico valle en toda su extensión y algunos poblados. A pesar de la bruma del atardecer que lo envuelve, por un momento la magia del lugar transporta a otras épocas y me permite soñar que somos príncipes y señores de estas tierras.