La ambigüedad de las formas en los trabajos de Bairon brindan la sensación de que sus obras están recién terminadas o acaso inconclusas.
Varias de las muestras que se exhiben en estos días en Buenos Aires demuestran la diversidad y calidad alcanzada en las numerosas vertientes de la producción contemporánea. Elba Bairon, que expone en la galería Braga Menéndez, es una escultora en el sentido clásico del término, que persevera en su estilo y se resiste al frecuente desplazamiento del volumen hacia la instalación o el objeto. La gran sala de la planta baja de la galería, pintada íntegramente de blanco, alberga las esculturas también blancas e invita a pensar en las conocidas imágenes de los talleres renacentistas, bañados por el polvillo del mármol. En este espacio, Bairon montó unas estanterías donde dispuso algunas de sus obras. La ambigüedad de las formas, sobre todo de unas cabezas y unas figuras femeninas, brinda la sensación de que las esculturas están recién terminadas o acaso inconclusas, y acentúan la impresión de estar en medio de un taller. Las cualidades del material, una pasta de papel elaborada por la artista, le otorga a las obras un acabado mate y pulido, mucho más terso que la arcilla, que intensifica las cualidades sensibles de la obra. Desde el lugar hasta esas formas apenas sugeridas, todo contribuye a insertar al espectador en el mundo de la creación artística. Por un lado está el terreno material y básico de ese mundo que comienza con la pasta para modelar y, por otro lado, el misterio que encierra la construcción de una obra de arte. Sobre los estantes hay un corazón sobre el que Bairon, como un guiño al espectador, dibujó con tres líneas de tinta negra un rostro esquemático y juguetón. ¿Es acaso un autorretrato? La duda surge porque más allá de la contemporaneidad de las esculturas, hay un relato atemporal, referido al difícil quehacer del arte y de la escultura en especial. El resultado es que el espectador puede ver una buena muestra de esculturas, pero además puede sacar partido de una artista que lo guía hacia el propio corazón del arte. Con su bajo perfil, Bairon, que nació en La Paz, vivió en Montevideo y está radicada desde 1966 en Buenos Aires, es una de las figuras más intensas del grupo que surgió del Centro Cultural Rojas en la década del 90. En su obra perduran las connotaciones subjetivas e intimistas que la acercan a artistas como Gumier Maier, Avello, Burgos, Centurión, Gordín, Harte, Kacero, Laguna, Pombo, Schiliro y Schiavi, entre otros. Al ingresar a la galería Braga Menéndez, Hernán Salamanco, un pintor que sabe crear imágenes fascinantes, expone un radiante mural. El tema es un cielo cruzado por nubes de colores dulces, rosados con matices naranjas y celestes que viran al lila; debajo de ese cielo multicolor, se desliza la línea del horizonte verde como una esmeralda. A pesar de su belleza, el mural resulta desconcertante. En el medio de ese cielo de cuento de hadas, hay un pequeño cuadro ferozmente clavado en la superficie del muro. La inesperada irrupción resuena como un acto surrealista. Costa En el subsuelo de la galería Ruth Benzacar, el talentoso conceptualista Eduardo Costa exhibe una obra que oscila entre la escultura y la pintura. A partir de las posibilidades que ofrece el empaste pictórico, el artista trabaja el volumen de la pintura, le brinda generosas formas y un inusitado relieve que transforma sus obras en esculturas. Sus elaborados manierismos surgen de la idea de explorar los límites de la materia y, así, la pintura deja de ser el medio que ayuda a representar un fruto, un lienzo o un plano, para convertirse en el propio objeto que se pretende reproducir. Es decir, con sus habilidosas manos, Costa construye las formas de un fruto acumulando capa sobre capa la pintura de adentro hacia fuera, primero le brinda forma a las semillas, y cuando éstas tienen el volumen esperado le agrega la pulpa, luego, reviste todo con la cáscara, hasta alcanzar la reproducción exacta del original. De este modo, si se hiciera un corte transversal, el interior del fruto construido con el empaste pictórico, quedaría a la vista tal cual es en la realidad. En una memorable performance, el artista rompió un huevo de avestruz que había realizado con este procedimiento, derramó sobre un plato la clara de pintura acrílica transparente y gelatinosa que rodeaba la yema, y que poco a poco se solidificó al tomar contacto con el aire. En la muestra, Costa presenta «Pintura blanda negra y blanca», que por su textura invita a ser tocada para corroborar la elasticidad del material. La obra imita un cuadro que cuelga de la pared, pero desde la base se despega e invade el espacio, convirtiéndose en una forma escultórica. ¿Por qué no modelar las obras con resinas sintéticas si el efecto final puede ser similar? «Cuando comencé, hace 14 años a rescatar la pintura del aburrimiento estructural en que se encontraba -señala Costa-, tuve que continuar las innovaciones geniales (y autóctonas) que me habían inspirado, desde Madí hasta -y principalmente- Fontana, cuya manera de pensar nos entregó un mundo pictórico renovado a fuerza de profundidad y sentido», dice. La muestra se completa con dos aparatos complejos e imperdibles, la «Rueda» y la «Bicicleta Duchamp-Costa», realizados entre 1977 y 1980. La brillante trayectoria de Costa se remonta a los tiempos del Instituto Di Tella, cuando con Roberto Jacoby y Raúl Escari presentó el manifiesto «Un arte de los medios de comunicación». Costa es un artista al que ninguna institución le ha dedicado la exposición antológica que merece, durante muchos años vivió en Nueva York y Buenos Aires parece haberlo olvidado. La sala principal de Ruth Benzacar está dedicada a Alberto Goldenstein, un fotógrafo con oficio y un ojo privilegiado, que en esta extensa exposición demuestra que es capaz de hallar la magia de lo visual y de disfrutarla sin reparos. La exhibición aborda temas tan variados como la vegetación, el paisaje o, entre otros, el retrato. Entre centenares de fotos que nunca habían llegado a la copia en papel, la curadora Eva Grinstein y Goldenstein realizaron la selección. A pesar de la división temática, la muestra tiene una frescura que sin duda proviene de la libre elección de las imágenes. Nada cuesta imaginar al artista y la curadora dándose el gusto de reunir las fotos más bellas y, a la vez, como si quisieran armar un album familiar, recuperando instantáneas y retratos de los personajes más queridos del mundo del arte. De esta suerte de selección placentera, provienen los inolvidables retratos de Fernanda Laguna y Pablo Suárez, las imágenes de unas tardes de playas, el brillo del agua que resbala por los cuerpos de unos chicos que juegan sobre un muelle, la cerrada foresta que encierra un universo de formas y matices color verde, y la perfecta geometría que dibuja la sombra de una ventana. En suma, se trata de una exhibición donde Goldenstein se muestra expansivo, y acaso sin proponérselo, comparte su placer con el espectador.
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