La aventura en todos los colores. Un auto cruza a toda velocidad el charco y llena de colores la escenografía. Una de las tantas bellezas que nos regaló este Dakar 2011.
Vivir un Dakar desde adentro es una experiencia única y extraordinaria. El ritmo de competencia obliga a uno a entrar en una vorágine imposible de controlar y lo lleva a atravesar variados estados de ánimo.
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El Dakar tiene esa magia. Abstrae a uno al nivel de solo pensar en el rally y nada más que en ello. Es un mundo paralelo en el que por momentos uno desea dejar la precariedad de la carpa, la rispidez del colchón de tierra, para volverse a su casa, a bañarse con agua caliente y a dormir en la comodidad de la cama. Pero el Dakar siempre sorprende y es así como en un instante en el que uno desea regresar, la competencia le regala un momento único, de aquellos que jamás se olvidarán, que lo hace desear vivir para siempre de campamento en campamento.
El Dakar humaniza e iguala. Las figuras inalcanzables, los pilotos imposibles de encontrar, están allí, en su taller ambulante, al alcance de cualquier mano. Llegan al vivac cansados, agotados, casi sin poder respirar, sufriendo el calor y el trajín de las pocas horas de sueño, al igual que quienes los esperan para felicitarlos, curarlos, atenderlos o entrevistarlos.
Desde el lugar del periodista, el Dakar es un desafío tan particular como difícil. Intentar explicar de manera genuina lo que se siente allí adentro, es una tarea demasiado complicada. Cualquier adjetivo va a aplicarse a la perfección, pero también se quedará corto. Aunque suene a frase hecha, no deja de ser real eso de que "al Dakar hay que vivirlo para entenderlo".
Escasas horas de un sueño poco común, baños atípicos con aguas no tan cálidas, viento, tierra y ruido, parecen formar un cóctel imposible de querer. Pero el Dakar también son las charlas deslumbrantes con culturas inesperadas, los muchos kilómetros recorridos por paisajes bellísimos, la solidaridad ante un eventual inconveniente y la convicción de estar juntos, sobreviviendo, en un mundo aparte.
El sentir del Dakar es infinito e irrepetible. Uno sabe que desde el lugar en el que le toque participar, los sentimientos serán parecidos, pero no iguales. Serán diversas las experiencias desde los distintos sectores, ya sea colaborando en la organización, en el cuerpo médico, en la cocina o dentro de un equipo. El Dakar es una fuente inagotable de anécdotas y ningún día es igual a otro.
Haber sido parte de un suceso tan particular y abarcativo como el Rally Dakar fue, para mí, una experiencia inolvidable.
Y ahora, desde la comodidad de mi cama y luego de una buena ducha caliente, extraño extrañar la comodidad de mi cama y una buena ducha caliente.
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