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La evaluación abrumadoramente positiva que la ciudadanía ha hecho del gobierno en esta última década puede contrastarse con la visión crítica de los analistas económicos, sobre todo a partir de la intervención del INDEC en el 2007. Vamos a analizar estas evaluaciones encontradas.
Aunque cada cual tiene su particular punto de vista, la evaluación hecha por la ciudadanía es un punto de referencia central ya que se basa en el consenso democrático de una persona, un voto. Para ganar elecciones, los políticos deben tomar en cuenta que a los votantes les interesa el desempeño de la economía. En ese sentido, hasta la súbita desaceleración del 2012, el crecimiento económico desde el 2003 ha sido excepcional. Esto ha estado acompañado por un fuerte descenso del desempleo y aumentos de los salarios reales, mejoras que han afectado positivamente a la gran mayoría de la ciudadanía. El indicador macroeconómico discordante es la tasa de inflación, que según las estimaciones no oficiales ha subido sostenidamente desde el 2007. De todos modos, en los estadios iniciales la inflación no muestra su cara desagradable sino que forma parte de una euforia general de la demanda agregada.
La aprobación de la gestión macroeconómica se ha reflejado en los rotundos éxitos electorales del oficialismo. El oficialismo ha sacado alrededor del 50% o más de las bancas en juego en la Cámara de Diputados, con excepción de las elecciones legislativas del 2009 (único año donde hubo una contracción económica por la crisis internacional). Los resultados electorales han llevado al Frente para la Victoria - Partido Justicialista (FPV-PJ) a controlar a los Poderes Ejecutivo y Legislativo Nacionales.
Esto lleva a una paradoja, dado que esta evaluación positiva de la ciudadanía se contrapone a las críticas de los analistas económicos. Uno de los problemas es la dificultad de diferenciar entre la contribución de la fortuna (como el "viento de cola" por los extraordinarios precios de materias primas en la última década) y la virtud (la buena gestión del gobierno nacional). ¿Cuánto pesan los factores internos y externos en el desempeño macroeconómico reciente? Una medida bruta pero simple es comparar el crecimiento del producto de la Argentina con el de economías similares, la de nuestros vecinos del Cono Sur. Mirado así, el desempeño argentino ha sido positivo pero no excepcional. Más preocupante, incluso tomado como referencia el año 2002 (el piso de la serie para la Argentina), a partir del 2008 claramente quedamos por debajo de las trayectorias de Brasil y Uruguay.
Fuente: Banco Mundial.
Además del problema de inferencia para aislar el componente interno, la tasa de crecimiento observada no nos dice nada del potencial de crecimiento futuro a partir de las inversiones realizadas. Por empezar, todos los países que se han desarrollado cuentan con mercados de capitales profundos. En ese sentido, el gobierno argentino no resolvió eficazmente el default del 2001, a lo que agregó a fines del 2011 un "cepo cambiario" que no permite a los ciudadanos ahorrar cómo desean; y que llevó a un derrumbe del mercado inmobiliario, a trabas al comercio internacional y al freno a la inversión, con la consecuente desaceleración de la actividad económica. Más en general, luego de la renuncia de Roberto Lavagna como Ministro de Economía, cobran protagonismo figuras como la del Secretario de Comercio Guillermo Moreno a partir de marzo de 2006, a raíz de medidas como la veda de exportaciones de carne. En lugar de un Estado que provea las reglas de juego para que el mercado se desarrolle, se han priorizado cada vez más las intervenciones puntuales y discrecionales.
Mientras hay una intervención creciente del gobierno en mercados y empresas privadas, se observa un sorprendente descuido de la infraestructura que depende críticamente de la supervisión del propio gobierno, como los trenes que se caen a pedazos. El problema de regulación de los servicios públicos se refleja en indicadores como los del World Justice Project, donde estamos muy por debajo de nuestros pares del Cono Sur. A eso se agrega el deterioro del proceso presupuestario, donde han proliferado cuentas extrapresupuestarias sin control ni transparencia alguna, y de la política monetaria, donde la emisión monetaria está fundamentalmente explicada por el déficit fiscal desde la remoción de Martín Redrado de la presidencia del BCRA a principios del 2010.
Estamos retrasados respecto a nuestros vecinos del Cono Sur en los límites al gobierno que aseguren su subordinación a la ley, un indicador crucial del imperio de la ley (rule of law); no llegó aún un "nunca más" a la corrupción e impunidad de la clase política. La falta de límites al poder está en consonancia con la concepción que traía Néstor Kirchner en el 2003: como le explicaba a los empresarios españoles, venía a poner reglas de juego duras pero claras; ya no era la Argentina de Menem, venía el proyecto de la Argentina de Kirchner. Esta concepción personalista de las políticas públicas, que se refunda con cada presidente, desemboca en un capitalismo de amigos, ya que no hay reglas de juego que trasciendan al presidente de turno.
En resumen, el apoyo masivo y casi ininterrumpido a la gestión del actual gobierno nacional en las urnas se puede explicar por el fuerte crecimiento económico. Parece ser que los votantes no distinguen entre factores domésticos y externos, y sobre todo que no toman en cuenta los problemas acumulados por la desinversión en capital físico e institucional. Sin embargo, hay que reconocer que el problema del votante es diferente al del analista: no se trata de evaluar el desempeño, sino de elegir la mejor alternativa disponible. La falta de consenso en la oposición acerca de un proyecto alternativo más integrador y moderno ha hecho que, en la práctica, no existan rivales frente al oficialismo.
Esto apunta a una diferencia regional importante, ya que en Brasil, Uruguay y Chile los partidos mayoritarios de derecha e izquierda han logrado coincidencias sobre las reglas básicas de juego de la sociedad, en particular sobre los temas de combate a la pobreza, inversión y apertura al mundo. Ningún consenso amplio para avanzar en esa dirección existe, por ahora, en la Argentina.