Al presidente Macri le queda un año de mandato. El Gobierno aspira transitarlo sin recaer en otra crisis cambiaria-inflacionaria ni en dificultades severas para renovar la deuda de corto plazo en dólares. El Acuerdo con el FMI (II) de octubre apuntala esta aspiración. Primero, con un préstamo suficientemente voluminoso y desembolsos acelerados en el verano (u$s7,7 mil M antes de fin de año y casi u$s11 mil M en marzo próximo). Segundo, con un duro esquema macro de emergencia (con énfasis en un hachazo monetario y crediticio) para cortar la espiral dólar - precios que asomaba tres meses atrás.
Esta aspiración económica súper básica, modesta pero fundamental, trae de la mano la expectativa política de mantener al oficialismo en la carrera electoral. Un rebrote de la crisis cambiaria - inflacionaria sería un escollo casi infranqueable para las aspiraciones oficialistas de reelección. Planteado en estos términos, el 10 de diciembre de 2019 luce tan cerca y tan lejos a la vez, política y económicamente; todavía pasará mucha agua bajo el puente.
En el frente cambiario, se dio un paso adelante. La devaluación, la recesión y el corte de cuajo de la emisión monetaria (con tasas de interés exorbitantes) derrumbaron a casi la mitad la demanda privada de dólares del mercado cambiario (atesoramiento, turismo e importaciones). Desde octubre y a los golpes, demanda y oferta de dólares se empardaron y el BCRA y el Tesoro dejaron de perder reservas por ventas en el mercado. La desaparición de la sobre - demanda de dólares es el puntapié inicial para que no rebrote la crisis.
Hay un nuevo desafío que se avecina. Es que el aumento esperado del atesoramiento por la incertidumbre electoral (los argentinos preferimos históricamente votar con más dólares y menos pesos en el bolsillo), se compense con el aumento esperado de exportaciones producto de la recuperación de la cosecha (complementado con algunos dólares más de Vaca Muerta y otros de venderle más a Brasil). Acá hay un doble riesgo: uno, que el atesoramiento electoral se dispare fuerte (y no haya tasa de interés que lo modere) y dos, que los productores vendan la cosecha “a reglamento” y retengan. Si se verificara uno, puede activarse simultáneamente el otro, hay conexión entre oferta y demanda de dólares. El desmembramiento del cronograma electoral (con elecciones casi todos los meses desde marzo), no es una buena noticia para el mercado cambiario.
Desde el punto de vista del riesgo de recaer en una crisis cambiaria, es condición necesaria que en el año electoral no resurja una sobre-demanda privada de dólares de magnitud tal que haga escalar abruptamente el tipo de cambio. Ahora bien, desde el punto de vista del riesgo de que la recesión en curso se profundice y/o alargue en el tiempo, no alcanza con que no resurja la sobre - demanda de dólares; es necesario que aparezca una sobre-oferta tal que el BCRA la compre y emita una cantidad de pesos suficiente para al menos moderar el impacto de la durísima política monetaria y las exuberantes tasas de interés. De mínima en la emergencia y camino a la elección, el Gobierno “firmaría” eludir el primero de estos dos riesgos (la escalada cambiaria). El fantasma de una recesión larga sobrevolará todo el año electoral.
El oficialismo podría, en el mejor caso, mostrar los 'logros' de haber sorteado la crisis cambiaria, eludido un evento de default y esquivado una espiral inflacionaria" (Pablo Goldín)
Respuesta
Respecto del riesgo de no renovar la deuda de corto plazo en dólares del sector público, con el Acuerdo con el FMI también se dio un paso adelante. Si el Tesoro cumpliera la meta 2019 de cero (o “casi cero”) déficit fiscal primario y además renovara al menos el 60% de los vencimientos en dólares de Letes y Repo con bancos internacionales y un porcentaje elevado de la deuda en pesos en el mercado local, la plata del FMI alcanzaría para pagar la deuda externa del año e incluso quedaría un sobrante de dólares para sumar al programa financiero de 2020. Pero se requiere este doble esfuerzo / desafío: el equilibrio fiscal primario y el “rollover” de la deuda de más corto plazo.
Fiscalmente, la licuación del gasto por el salto inflacionario 2018 más la reposición de las retenciones a la exportación allanaron buena parte del camino. Faltan dos cosas más, para nada menores: que se concrete el ajuste del gasto presupuestado y que la recaudación no se vea afectada por la recesión ni por la desinflación que se viene.
Financieramente, el Tesoro tendrá que lidiar con un piso de riesgo - país alto. La apuesta es que no escale a un nivel tan alto que estorbe el modesto proceso de renovación parcial de deuda de corto plazo. Jugará lo político (por la incertidumbre electoral), jugará lo internacional (por el cúmulo de tensiones coyunturales y estructurales en el mundo, económicas y políticas) y por supuesto lo macroeconómico local puro (por los desequilibrios fundamentales y la estanflación que todavía subsisten y el haber “inundado” el mercado de deuda con bonos argentinos).
Con el préstamo del FMI, el riesgo financiero de corto plazo está acotado. Pero no está exento de contagiarse del riesgo financiero potencial de mediano plazo de Argentina. Las dudas sobre el futuro suelen adelantarse en el tiempo y tallar en el presente. Es que simulando pararse al 10 de diciembre de 2019, el esfuerzo financiero que deberá hacer el próximo Gobierno (cuánta plata necesitará) para pagar los vencimientos de deuda 2020 - 2023 (capital e intereses, de privados y del FMI) será mayor al esfuerzo que al 10 de diciembre de 2015 significaba financiar el gradualismo fiscal, pagarle a los holdouts y cumplir en tiempo y forma con el resto de los acreedores. Todo un desafío para el próximo Presidente: sea quien fuere, deberá asumir con una adecuada ingeniería financiera y un programa económico integral bajo el brazo y afinar muy bien el lápiz.
Despejar el año electoral del riesgo dólar y el riesgo deuda pública es una tarea casi existencial para el Gobierno. Pero además de estos dos frentes vitales, están el nivel de actividad y la inflación. En este otro plano, 2019 está jugado: una salida en forma de letra “V” en el campo pero una “L” en la ciudad, más una desinflación íntimamente conectada con la profundidad y duración de la contracción económica.
En una economía “confusa e imperfectamente indexada” como la actual (con inercias en la puja salarial, los ajustes tarifarios y de algunos servicios privados, etc.), es posible que una baja pronunciada de la tasa de inflación requiera dureza monetaria extrema y una contracción fuerte y larga. Cuanta más forma de “L” tenga la salida de la economía, más evidente será la desinflación.
El pulso del nivel de actividad y la tasa de inflación lo marcará en el corto plazo la política monetaria del BCRA: cuanto más se encuadre a la regla de emisión “casi cero”, más chance de desinflar y menos de reactivar. El total de pesos que hay hoy dando vuelta en la calle tienen 30% menos poder de compra que hace diez años atrás. La sensación cotidiana de que “no hay plata en la calle” no es un eslogan popular, es una realidad macroeconómica que será muy difícil de revertir en el corto plazo.
Con este panorama, el oficialismo podría, en el mejor de los casos, mostrar los “logros” preelectorales de haber sorteado la crisis cambiaria, eludido un evento de default y esquivado una espiral inflacionaria. Está la chance de “transitar la transición” con una tasa de inflación más baja (¿incluso rumbeando a 20% anual?) pero a costa de un hachazo monetario y crediticio, una contracción fuerte y larga y una suba del desempleo.
En conclusión, el 10 de diciembre de 2019 está tan cerca y tan lejos a la vez. El Gobierno deberá atravesar cautelosamente un campo minado en lo financiero y será una cabalgata en el desierto en términos de actividad, consumo y empleo.
Desde 1983, todos los presidentes (salvo de la Rúa) gozaron en algún momento de su mandato de un boom o mini - boom económico: más o menos fuerte, más largo o más efímero. Una bonanza vigoriza el proyecto político del oficialismo de turno. El presidente Macri no habrá vivido ningún episodio de bonanza cuando termine su mandato. Habrán sido tres años de recesión con inflación (2016, 2018 y 2019) y uno de modesta recuperación (2017). No hay antecedentes de presidentes reelectos sin el respaldo de resultados económicos positivos. Pero tampoco hay antecedentes de un oficialismo derrotado yendo la oposición dividida a la elección, que es lo que podría ocurrir con el peronismo. En el reino de la debilidad electoral, todos “se sienten” en carrera, más por debilidades ajenas y menos por fortalezas propias. Como están las cosas, octubre de 2019 es política y económicamente el siglo que viene.
(*)Director de Macroview
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