Los ruralistas reclaman la apertura del diálogo

Campo

En un clima enrarecido y turbulento, es muy difícil dialogar. Nadie que está en el sector de la producción de carne bovina argentina quiere la agresión ni la intolerancia. Pero no por ello podemos seguir siendo víctimas eternas de tanto atropello sin razón.

La ganadería argentina es víctima de la política de la «consecuencia». Veamos rápidamente en qué consiste esto para no ser meramente enunciativos ni contestatarios. Acá no puede haber lugar para olvidadizos ni para distraídos.

Hasta hace muy poco, en nuestro país seguir en la actividad ganadera era para « patriotas». En este rubro se trabaja todos los días; es una actividad de mediano o, mejor dicho, de largo plazo, donde la mayoría fue dejándola de lado por el avance de la sojización y otras producciones de mayor utilidad y rápido retorno de la inversión. Todo lo contrario a lo que ocurre con la vaca.

A su vez, por citar mejoras o inversiones estatales elementales como la luz, rutas, caminos e infraestructuras viales, escuelas, hospitales, etc., llegaron tarde al medio rural o todavía las estamos esperando. Este panorama gris se vio aún más agravado con la enorme inseguridad rural que tenemos, no sólo con los bienes, sino también con las personas que vivimos en los predios. Todo esto ahuyentó a la gente de los campos y de las vacas.

  • Problemas sanitarios

    A lo enunciado se le suman los problemas sanitarios recurrentes, como la aftosa, que nos fueron alejando de los mercados.

    Si bien ahora nos sacan de éstos en una actitud que nos cuesta comprender, salvo a nuestros vecinos, por citar algunos como Brasil, Uruguay, quienes piensan que están viviendo un cuento de hadas, por todo el panorama que les dejamos a ellos, al salir en forma extemporánea del mundo. Continuando con las « consecuencias» de estas políticas, vamos aceleradamente a la reducción de stocks, a la desinversión del sector, al cierre de plantas y a un peligroso aumento de la desocupación en todos los niveles del amplio y no siempre bien conocido abanico de posibilidades que brinda la ganadería.

    Evidentemente, se verán menos camiones que lleven hacienda a frigoríficos exportadores, menos inversión en genética, desinterés en rotar los campos con forrajeras, alterando los esquemas productivos y la conservación lógica de nuestro suelo. Y, lo que es mucho peor, alejarse definitivamente de la actividad, para aquellos que tengan otra posibilidad.

    Como tenemos nuestra vida y nuestro patrimonio apostados por y para la producción, sugerimos bajar los decibeles, aumentar el diálogo, terminar la agresión y construir un país en paz, para beneficio de todos.

    Esto se logrará no atacando a quienes formamos la oferta, sino atendiendo nuestras necesidades, para agrandar la producción y abastecer la demanda creciente a nivel interno y externo.

    Al campo se le pueden pedir sacrificios, nunca renegó ni renegará a ello, pero lo que no se puede es condenarlo a la postración.
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