15 de septiembre 2005 - 00:00

Preocupa la lucha contra el picudo del algodón

Los empresariostextiles ydel algodóntemen por elavance delpicudo, queperjudica losrendimientosdel cultivo y laoferta para laindustria.
Los empresarios textiles y del algodón temen por el avance del picudo, que perjudica los rendimientos del cultivo y la oferta para la industria.
Para organizar la resistencia contra la plaga se necesita una autoridad que asegure la adecuada realización de las licitaciones del SENASA, que castigue a aquellos que no prestan su colaboración en beneficio de la Nación.

Aquellos que vivimos del algodón argentino hemos notado alarmados durante los últimos años cómo el Paraguay se ha infestado del picudo, a tal punto que en varias zonas del país el cultivo del mandiyú ya no es más viable debido a la pérdida de producción por hectárea y el aumento de los costos de las fumigaciones. La zona de Ñeembucu, limítrofe con nuestras provincias algodoneras, está completamente infestada y sus 3.000 productores cosechan 800 kilos por hectárea, en lugar de los 1.000 tradicionales. Esto demuestra la incidencia que tiene la plaga en el vecino país que en su momento tenía en el algodón, uno de sus principales motores económicos. Hoy produce menos, exporta menos y tiene menos materia prima para sus desmotadoras y aceiteras. En nuestro país, hemos visto cómo aquellos responsables de la destrucción de la plaga, se miran y acusan mutuamente, sin tomar las medidas necesarias para evitar la desaparición de una economía regional irremplazable. El SENASA -que es responsable por ley de evitar la dispersión de la plaga- no ha hecho lo suficiente para bajar la infestación en el país vecino a pesar de haber suscripto convenios bilaterales, recibido insumos de la actividad privada y haber sido advertida durante años de las consecuencias de esta política.

• Fuera de control

En 2005, el picudo invadió nuestros campos y ahora está casi fuera de control. En la Argentina, el SENASA advirtió la falta de insumos y de feromonas para su red de trampeo que, además, es víctima de vandalismo. La coordinación con el PROSAP que debería asegurar la provisión de insumos es inexistente. Los organismos provinciales, por otro lado, no asignaron recursos para fumigar, no acuden al Congreso para exigir partidas presupuestarias, ni hacen respetar la ley de destrucción del rastrojo.

Y hay una realidad no menos importante. Es inútil pretender una política sanitaria seria; con un precio internacional bajo y sin un fondo compensador que equilibre parcialmente los miles de millones de dólares de subsidios norteamericanos. Por otra parte, ¿de qué servirá un fondo de compensación si el picudo impide que el productor coseche su algodón? Para organizar la resistencia contra la plaga se necesita una autoridad que asegure la adecuada realización de las licitaciones del SENASA, que castigue a aquellos que no prestan su colaboración en beneficio de la Nación. Y que coordine con los países vecinos una estrategia en común para disminuir la infestación de ellos.

A pesar de este cuadro de situación, todavía contamos con una red de trampas que nos indica dónde hay infestaciones, personal capacitado en su mantenimiento, hilanderos responsables que pagan las tasas correspondientes y recursos humanos del SENASA.

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