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Para Bianchi el primer gol fue como una bisagra que abrió el partido. Lo logró con algo de fortuna, porque un rechazo de Furios dio en la pierna de Tevez y la pelota viró hacia Cángele, que encontró el espacio para el remate a la red. Ese gol obligó a Chacarita a ir a buscar un resultado que hasta ese momento parecía estar en sus planes, y Boca encontró dos razones determinantes: algo más de espacio, fundamentada un tanto por la entrada de Donnet por Caneo y un adelantamiento territorial que le permitió sobre el final que llegara ese remate de Villarreal que superó a Fernández, para poner cifras definitivas.
Más allá del juego que pudiera desplegar uno y otro equipo -en este encuentro en especial-era el resultado, que bien podía tener las mismas connotaciones en cuanto a las necesidades de triunfo cuando se debió haber jugado, pero que no llevaba la incidencia tan contundente como en este caso. Quizá ésa fue la razón de los planteos que los dos trataron de imponer desde el comienzo. De allí que Boca creara tantas situaciones para convertir como las que tuvo Chacarita.
De pronto, lo que marcó -por lo menos una diferencia óptica-fue la solidez (o una estructura más compacta) que presentó Bianchi a pesar de que Perea debió cubrir el lugar de Schiavi, Crosa jugó en lugar de Burdisso, Villarreal por Vargas, Caneo por Cardoso y tampoco estuvo Barros Schelotto (jugó Cángele). Que señala que para este equipo de Bianchi cualquier jugador puede reemplazar a otro compañero. Lo cierto es que Boca mira de arriba y Chacarita quedó a una pequeña luz de Chicago, si de descenso se habla.
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