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29 de agosto 2002 - 00:00

Al maestro con cariño

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Sin pretender compararme a tan ilustres y experimentados colegas, creo sentirme capacitado para realizar una devastadora crítica sobre dos de los pilares de mi alma mater, la Escuela de Chicago. Estos pilares son conocidos por Monetarismo y Fiscalismo, y mi crítica sólo se referirá a éstos en cuanto a su aplicación en ámbitos rioplatenses en los últimos años.

La profesión de economistas serios parece estar clara-mente dividida en dos vertientes: los fiscalistas y los monetaristas. Digo esto más allá de la obviedad contable que establece que un Estado sin crédito debe necesariamente financiar sus déficit fiscales con emisión monetaria. El típico fiscalista concentra su razonamiento en dos variables: el nivel del gasto público y el nivel del déficit fiscal. Si el déficit fiscal es cero y el gasto público es bajo, el paraíso del equilibrio macroeconómico está asegurado. Sus corazones se enternecen cuando escuchan hablar de propuestas tales como la Ley de Responsabilidad Fiscal o la Ley de Déficit Cero. Ambas leyes eran totalmente carentes de contenido económico o de viabilidad política. Eran simples manifestaciones de buenas intenciones según el código fiscalista y nunca llegaron a ser operativas.

La Ley de Responsabilidad Fiscal nació violada ya que la meta de déficit se incumplió el mismo año en que fue sancionada. La Ley de Déficit Cero fue otra de las locuras de Cavallo: establecía que sólo se gastaría lo que ingresaba, nunca financiado con emisión. Como la ley no decía nada sobre el nivel del gasto, éste se mantuvo y para financiarlo se inventaron las cuasi monedas provinciales y luego los LECOP nacionales. Gracias a esta originalidad fiscalista ahora tenemos más de una docena de cuasi monedas, las que el FMI nos pide que sean rescatadas. ¡Podríamos hacer un concurso de nombres para designar al nuevo bono con el que se rescatarán las cuasi monedas!

El típico plan de ajuste macroeconómico fiscalista se basa en reducir el gasto público en la misma proporción en todas las áreas. El algoritmo perfecto para maximizar los costos del ajuste y minimizar sus resultados positivos. Los puentes quedan parados en la mitad del río, los aeropuertos se quedan sin luces de aterrizaje y los hospitales sin remedios. Los «ñoquis» estatales cobran un poquito menos y lo compensan deteriorando el servicio y quizás coimeando un poquito más. Ningún «ñoqui» pierde su puesto y todos permanecen en las gateras esperando que se dé marcha atrás con la medida, lo que siempre ocurre. Si algún efecto esto tiene es el de incentivar a los mejores a que abandonen el sector público con lo que nos aseguramos que seguimos estando gobernados por los peores.




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