Una inflación en acecho era el riesgo principal en la agenda de la Fed hasta que la crisis de los mercados de crédito espoleó un drástico cambio de rumbo. Estabilizar las condiciones financieras y apuntalar a una economía real que se mece, al decir de Alan Greenspan, en el vértice de una recesión, concitan hoy la primacía. Como objetivo, el control de la inflación no abandonó nunca el podio de las consideraciones. Sólo que ocupa el tercer escalón cuando a nadie escapa que la Fed está pertrechada de un único instrumento de acción (las mudanzas en la tasa de interés). Como problema en sí, la inflación no cedió posiciones. Su amenaza recrudeció de la mano del alza sostenida del precio del petróleo y las materias primas. Sus lecturas, de hecho, son más elevadas que en agosto y setiembre, cuando la política monetaria cambió de posta. Y no importa la vara con que se la mida. La inflación trepó un peldaño importante en el último trimestre. Todas las mediciones -sin excepción- se alejan del techo reparador de 2% que para la Fed cobija a la estabilidad de precios.
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La propia institución rectora, en la tinta fresca de sus últimas proyecciones, admite que la disciplina no se restablecerá antes del año próximo. Aun así, la brecha entre la realidad y las nuevas estimaciones oficiales, lejos de ajustarse, se ensancha. La Fed contempla una inflación al consumidor en un rango entre 2,1% y 2,4% para 2008. Y entre 2% y 2,2% para la versión núcleo (que excluye el impacto directo de la energía y los alimentos).
A enero, usando los registros del IPC (que pueden sobrestimar en medio punto anual los valores del deflactor de consumo que emplea la Fed), la inflación general, en los últimos doce meses, alcanzó 4,3% (aguijoneada por un encarecimiento de 19% en los precios minoristas de la energía). La inflación núcleo, a su vez, marcó 2,5% denotando, frente al piso de 2,1% de agosto y setiembre, un paulatino trasvasamiento de las presiones. Y, por cierto, la dinámica se aceleró peligrosamente en los últimos tres meses. El avance anualizado de los precios fue de 6,8%, impulsado por una suba de 43% en la energía. La inflación núcleo también apuró el paso: 3,1%. Si se desconfía de la exclusión arbitraria de los alimentos y de la energía pero se pretende desmalezar la medición de los valores extremos, para que decante la tendencia, se observa que el centro de gravedad de los aumentos también se desplazó en ascenso. De 3,1% en 2007 a una tasa equivalente anual de 3,7% en el último trimestre.
Fisura
Sin grandes éxitos que mostrar en el frente de combate hasta el momento, apenas una contención parcial de los daños, una inflación en alza ataca el empeño de la política monetaria por la retaguardia, abriendo una molesta fisura que interroga sobre su verdadera efectividad.
Según las minutas de la reunión de la Fed del 29 y 30 de enero, tras la última rebaja de medio punto en las tasas de interés, la decisión se recostó en la noción de que no alentaría mayores presiones inflacionariasdebido a la «debilidad actual y esperada del crecimiento económico y la consecuente reducción en la presión sobre los recursos». Pero si cuando EE.UU. se resfría, el mundo no estornuda, no hay, entonces, un diagnóstico compartido.
Presión
Quien examine el mercado de petróleo advertirá que su pujanza radica en la demanda que, en el margen, ejerce el mundo fuera de la OCDE. Que los inventarios comerciales hayan aumentado cada una de las últimas seis semanas en los EE.UU., por caso, no inhibió que el crudo superara, estos días, el umbral de los 100 dólares por barril. Por lo visto, las presiones no sólo pueden persistir, sino también profundizarse. Y esto sin mentar la capacidad del cartel de la OPEP de variar a su voluntad la oferta disponible de corto plazo.
Más aún, si la baja agresiva de tasas de 2001-2003 alentó la bonanza inmobiliaria hasta niveles que hoy se consideran como el paroxismo, la estrategia reflacionaria alimenta, estos días, una corriente de especulación de similar naturaleza. Corporizada, por supuesto, en otros bienes reales. Bien se sabe que nadie pierde el sueño ya por poseer una ubicación irrepetible en la primera línea de playa en Miami Beach.
Hoy es el turno de los commodities. Cunde una fiebre por las materias primas que se acentuó con la baja de tasas (la ya producida y la por venir) motivada, a su vez, por la debilidad que se esparce en la demanda de bienes finales. En el tiempo, resulta obvio, algo deberá ceder.
Desde el punto de vista de la economía norteamericana, el auge actual de los commodities supone grandes diferencias con la bonanza inmobiliaria de antaño. Su impacto patrimonial y sobre el ingreso disponible es de signo contrario. El estímulo que genera sobre la producción y el empleo internos, muchísimo más reducido. De hecho, la extracción petrolera fue inferior en 2007 a la de 1997. Por último, su incidencia en los registros de precios (y en la percepción de inflación) no guarda parangón. Energía y alimentos explican, en forma directa, casi un cuarto de la canasta del IPC en los EE.UU. La inflación núcleo podrá predecir mejor la tendencia de los precios a largo plazo, pero es obvio que la erosión del poder de compra del consumidor sigue los pasos de la versión general, ya que no es posible prescindir ni del alimento ni del combustible.
Distorsión
No es por cierto que la vivienda no juegue un rol en la cesta del consumo. A decir verdad, el peso relativo del alojamiento es todavía mayor (32,6%). Pero para quien habita su propia casa, ello no constituye una erogación. Y, si bien las estadísticas contemplan su imputación, no son los precios de la vivienda, sino su renta (alquiler) lo que entra en la hoja de cálculo. Y una efervescencia inmobiliaria, entre otras facetas, distorsiona la relación entre ambos. Así, el avance anual de dos dígitos en los precios de la vivienda no penetró nunca, de lleno, los índices de inflación durante los años de bonanza. Contrario sensu, la deflación actual de los bienes raíces tampoco se registra. Mediciones como Case-Schiller apuntan una caída de 7,7% en el último año a noviembre; el renglón del alojamiento, en cambio, asigna un encarecimiento de 3,1% (que se acelera a 3,5% en los tres meses más recientes).
Con todo, una mano no lava la otra. La dinámica reciente de las presiones inflacionarias es motivo cabal de preocupación. La Fed ha concentrado su artillería en un objetivo de crecimiento aceptando -pero no ignorando- los riesgos de inflación. Que, pruebas al canto, se están materializando. Las minutas de enero lo reconocen, aunque a la par asumen la escasez de medios. No se le cierra allí la puerta a una nueva disminución de tasas, pero se advierte que una reversión -incluso rápida- puede ser necesaria para conjurar el trastorno, una vez que se afiance el nivel de actividad. Como una aerolínea que opera con un solo avión, promete cubrir dos destinos distantes. Aunque los pasajeros a Chicago deberán esperar que primero la nave regrese de la Florida. En ese sentido, los mercados de futuros descuentan que el vuelo de marzo traerá una nueva reducción de tasas de interés.
Pero si se leen con cuidado los mensajes recientes de muchos de los personeros de la Fed -incluyendo al gobernador Fred Mishkin, quien anticipó en Jackson Hole la ofensiva de «blitzkrieg» (guerra relámpago) que aplicó la entidad-, el orden de precedencia no está escrito en piedra. No es la economía ni la inflación, sino la estabilidad de las expectativas de inflación la que determina la conveniencia de persistir por la senda actual. La teoría, si no la praxis, es por demás cristalina: si las expectativas descarrilasen, la Fed debería abstenerse o practicar una suba de tasas. Y son palabras literales de Mishkin de apenas diez días atrás. Anteriores a la decepción del informe de precios de enero.
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