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3 de marzo 2008 - 00:00

"Casus belli" cristinista: ¿contra Petrobras o contra Lula?

Cristina de Kirchner, aliviada porque ya el cónclave llegaba a su fin, abandonó la mesa de negociación y caminó unos pocos pasos hasta la puerta que comunica esa salita con el despacho contiguo. La abrió y lo llamó. Aprovechó para levantar un poco la voz -algo que no pudo, pero que sí hubiera querido hacer durante las casi dos horas que duró esa pesadilla de reunión-: «¡Néstor, vení a despedirlo a Lula, que ya se va!». El ex presidente Kirchner apareció enseguida en el rellano de la puerta.

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Evo Morales, Cristina de Kirchner y Lula da Silva riendo en Olivos; apenas la vidriera de una fuerte discusión en la que el presidente del Brasil plantó posición sobre los privilegios de su país en el reparto del gas de la región.
Vestía, a pesar de que era sábado, su clásico uniforme de trabajo. Saco cruzado sin abotonar, mocasines negros. Detrás de él y en mangas de camisa, otro clásico -nada cambia dentro del cambio-, el jefe de Gabinete, Alberto Fernández. Doblado, eso sí, al menos esto es novedad, por el peso de tres biblioratos que cargaba (merecido castigo o consecuencia del voluntarismo de llevar una doble contabilidad: una, en la Rosada para la primera dama; otra, en Olivos y en Puerto Madero, para el control conyugal K). Tan pesadas las carpetas, que el estruendo provocado por la caída al piso de una de ellas aflojó un poco la tensión reinante, incómoda, desde que Evo Morales, de pie y visiblemente ofendido, le recordara a la dueña de casa que Bolivia también existe. «También yo, como presidente de Bolivia, querría saludarlo a Néstor, pues me voy ahorita, en este momento.» Varias reprimendas, un carpetazo, otra gaffe internacional de la Presidente, despedidas apresuradas y un viaje raudo de Lula y de Morales hacia Aeroparque. Ese fue el epílogo, abrupto, de la malhadada cumbre tripresidencial del sábado 23 de febrero en Olivos.

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El tema que había convocado a los mandatarios de Bolivia, Brasil y la Argentina fue, como se sabe, la energía. En particular, el gas de Bolivia y cómo redistribuir entre los tres países los 40 millones de m3 diarios que se extraen de allí. En este momento, solamente Brasil recibe los 30 millones diarios que establece su contrato, mientras que la Argentina, que de acuerdo con lo firmado le debieran estar llegando 7,7 millones por día, se tiene que conformar con escasos 3 millones de m3.

  • Ni una gota

  • Cuando se retiraron los asesores y ministros y quedaron a solas los tres presidentes, Cristina de Kirchner retomó la reunión con el conocido argumento de comparar el crudo invierno argentino con el benigno clima brasileño. Lula -cansado de escuchar siempre lo mismo durante varias semanas- la paró en seco. Rapidez de reflejos. O años de entrenamiento del brasileño -ex gremialista- en negociaciones sindicales, siempre difíciles, algo que Cristina aprendió, en estos meses y a los golpes, con los «gordos» y Moyanos de aquí. La frase de Lula, la misma que pronunció horas antes cuando visitó a Mauricio Macri, fue contundente: «No podemos dar una gota de gas». Le recordó, por las dudas, que él en persona había empeñado su palabra con el gran cliente de gas brasileño, la industria paulista. «Imposible», repitió, «rebajarles a los de San Pablo una gota de los cerca de 30 millones de m3 diarios procedentes de Bolivia». «Pero a la vez hay un contrato privado, Cristina, entre Petrobras y los empresarios, que se debe respetar», reforzó el brasileño. Lo que no le aclaró fue que detrás de los pliegos de inversión firmados en La Paz en diciembre de 2007 entre el gobierno boliviano y Petrobras (por u$s 1.000 millones),existe un fuerte compromiso -financiero- de la industria paulista. Ellos son, se dice, los que controlan, finalmente, la canilla de gas boliviano. O la «ecuación energética», para estar más acorde con la lingüística de Cristina de Kirchner.

    Evo Morales intentó darle una mano a la anfitriona y comenzó a relatar la visita de su vicepresidente, Alvaro García Linera, días antes, a Rio y a Brasilia, en la que se planteó la posibilidad de cederle a la Argentina uno o dos millones de m3 de la cuota brasileña. Mientras la Presidente asentía con la cabeza, interrumpió otra vez Lula. Ya en el límite de su paciencia, advirtió: «Les recuerdo que, por contrato, Brasil tiene prioridad». Se refería a la cláusula que establece que, una vez satisfecha la demanda del mercado interno boliviano, se debe cumplir con la cuota brasileña y recién en tercer lugar con la de la Argentina.

  • Reto

    De allí en adelante, el brasileño pasó, de frente, al reproche: «Además prosiguió, ustedes los argentinos cerraron un precio altísimo por el gas de Bolivia». Silencio sepulcral. (Evo Morales, para esa altura, ya se había convertido en una estatua de sal.) En cuanto al precio, el año pasado, una delegación encabezada por el ministro Julio De Vido recontrató entre ENARSA y YPFB -Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos- llevar el suministro diario de gas a 7,7 M m3 desde 2008 y a 27,7 M m3 a partir de 2011, pero a una tarifa 50% superior que la acordada por los brasileños.

    La andanada de Lula no terminó allí. «Con las crisis, hay que saber administrar mejor el gas», sentenció. Se refirió a que es preferible negociar con los taxistas y automovilistas -como hizo ya alguna vez con los de Rio de Janeiro y San Pablo- para que se pasen del GNC a nafta, antes que cortarle el suministro a la industria. «Nunca hay que parar las fábricas.»

    Lapidario, fue éste el mensaje final de Lula. Le estaba retrucando a la presidente argentina las amenazas -abiertas algunas, veladas otras- que sufrieron empresas de capital brasileño en los últimos días.

    Emisarios del gobierno les anticiparon a las grandes empresas del país compradas recientemente por inversores brasileños que, en caso de una crisis de energía, éstas serían las primeras en sufrir los recortes de gas y electricidad, dado que Brasil no tenía generosidad con la Argentina. Hasta ahora, solamente había trascendido la amenaza a Petrobras «vamos a revisarle los emprendimientos petroquímicos locales, porque son grandes consumidores de gas», advertencia que el mercado inscribió dentro de la puja por los activos de Esso que la petrolera de Lula mantiene con ENARSA y algunos empresarios locales cercanos al matrimonio Kirchner. Petrobras, como se sabe, participa con 27% en Edesur, y sólo su central térmica de Campana consume 2,5 millones de m3 de gas diarios.

  • Premios consuelo

    La cumbre trilateral del sábado 23 terminó, como sucede en estos casos de negociaciones presidenciales, con algunos premios consuelo para salvar la cara (no la del presidente de Bolivia, que se retiró sin poder disimular su semblante ofuscado). Se anunció la cooperación brasileña con 200 megawatts por hora si en el futuro les sobraba energía, y Cristina en persona redactó el comunicado de prensa sobre el proyecto conjunto entre Brasil y la Argentina para la construcción de un submarino nuclear. Lo del submarino atómico fue un «conejo de la galera» que surgió en el tramo final de la reunión. De allí que a las pocas horas, el ministro de Defensa, Nelson Jobim, tuviera que corregir públicamente varios de los datos, ya que se había soslayado un acuerdo previo entre Lula y su par francés, Nicolas Sarkozy, celebrado días antes en Guyana francesa.

    Esa corrección pública, más la rémora de reproches de Lula durante la reunión, habría llevado a que la presidente argentina apuntara sus dardos contra el titular de Petrobras, Sergio Gabrielli, elegido como chivo expiatorio. Gabrielli, un personaje de modales abruptos y en estado permanente de mal humor, había repetido hasta el cansancio que no sobraba «una molécula de gas» para repartir. A mediados de la semana pasada, la presidente Kirchner manifestó que «el gobierno argentino está profundamente irritado» con las declaraciones y la falta de solidaridad de Gabrielli. Un tiro por elevación para el presidente de Brasil. La irritación de la señora de Kirchner, personal, está ahora centrada en su vecino Lula. Además de Petrobras, que es, finalmente, una empresa. Y un negocio.
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