Cuesta querer interpretar algunas actitudes de la máxima esfera de poder, en un país en estado tan precario y delicado, que no observa ni las mínimas reglas obvias para los gobernantes. Porque si a un funcionario que ocupó el puesto de ministro, hace más de veinte años que le recuerdan una expresión de vaticinio fallido y esto le ha quedado como un estigma, ¿cómo es que el presidente Duhalde sale a decir que «aquel que apueste al dólar, habrá de perder...»? Si lo piensa, si quiere que esto se difunda desde el gobierno, pues utilizando algún vocero del tipo «fusible», la investidura queda a salvo. Más, en una futurología no solamente tan arriesgada sobre el resultado: sino, sin que exista rinde concreto, salga como salga de ello. Porque si tiene razón, la frase quedará por allí, perdida. Pero si el hombre muerde al perro -esto es, si Duhalde queda mirando hacia el Sur con su pronóstico- se lo machacarán cada día de su carrera política del porvenir. Y no se está en tiempos de rifar imagen, cuando todo lo que estuvo llegando desde afuera es ciertamente preocupante, en lo que hace a cómo se piensa de la Argentina de hoy.
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Con el agregado de lanzar, también el Presidente, la teoría de lo «conspirativo» en la suba del dólar y completando el menú con una disertación pública, sobre lo «expoliadas» que han sido las empresas en estos años y que se merecen ese absurdo, inconcebible, plan de salvataje que se ensaya sobre los endeudamientos con el exterior. En tren de seguir pasando cuentas al rojo del Estado, no solamente la diferencia con los bancos locales en la pesificación de deudas, sino agregar miles de millones para salvar el abismo entre pesos y dólares de esas deudas, hacia afuera. No, Duhalde, así no. Mire, solamente revisando una breve historia de sociedades cotizantes en Bolsa -de la última década- y que son las más transparentes: se hallarán muchas, muchísimas culpas de los grupos de control y no de los bancos. De aventureros comprando empresas privatizadas, de arriesgadas jugadas en base a emitir ON por muchos millones de dólares: y que no los habían visto juntos, ni imaginado siquiera, en toda su existencia. No es posible que todo el país deba salir a sacar el pecho, para evitarles la quiebra a quienes se la merecen mil veces, no una. Y si una se va, y el rubro es interesante a futuro, otra ocupará el lugar: es la ley infalible en que se mueve el capitalismo moderno. Con algunas bravuconadas, más algunas medidas ciertamente incomprensibles, el que mire desde el exterior para prestar dinero, o que venga a querer traerlo, tiene que ser un ángel de la guarda de estos gobernantes. No otros, seguramente. Cada vez se ha desflecado más la gestión de quienes, se sabía, no eran primera línea en sus respectivos casilleros de actividad: pero, ahora, no son ni cuartos. Un sapo vivo tras otro, son muchos sapos... Informate más
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