Se cumplen 53 años, del febrero más duro en toda la historia de nuestra Bolsa de Comercio. Febrero del '49. Hace pocos días, en una de las columnas donde participan plumas invitadas, un economista tendía a comparar lo actual con lo de 1948: como si aquello hubiera resultado ejemplo de prosperidad, de economía bien llevada. Y resulta que al repasar la historia, se encuentra que todo el germen del pavoroso «crac» bursátil de 1949, venía envuelto en manejos económicos expansivos y totalmente desprolijos, donde se vivió la jauja del endeudamiento, de la compra a plazo con mínima garantía, y eclosionando ante la renuncia de un presidente del Banco Central (más otros que se iban del gabinete) para febrero de 1949...
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La Bolsa, sus directivos -y de esto hay constancia en las memorias de la entidad- ya habían advertido a las autoridades económicas desde nada menos que 1947, sobre una bola de nieve que podía tener un mal final; en cuanto algo se desviara, y rompiera, el delicado montaje de las variables económicas y financieras. Por caso, un principio inflacionario a raíz de un manejo irresponsable del crédito, de márgenes bajos y facilidades inconcebibles que se otorgaba a los dispuestos a entrar en acciones, con alguna ventaja especial.
Las autoridades desoyeron todo, dejaron que los precios se alejaran de los sentidos reales de valor de los activos empresarios. Vale acotar que para 1945, nuestra Bolsa cotizaba «166» acciones (casi el doble que lo que posee en 2002) y eran momentos pos Segunda Guerra, donde se habían fundado muchas empresas para reemplazar importaciones que debido al conflicto bélico mundial, no podían arribar. Cinco años más tarde, el listado poseía «266» sociedades: esto da una idea de nuestra decadencia a través de las últimas décadas, de permanente contraerse de cotizaciones. Todo el escenario se había montado en derredor de unas 10 acciones «grandes especulativas», entre las que revistaban Astra y Piccardo, pero en especial «Pesca» y «Globo», que pertenecían a un mismo grupo de control. La burbuja respondía, como siempre lo hizo y lo hará, a un inflado clásico: comprar en 10, para vender en 20, y pasarse los títulos de manos, en una irreal cadena de la felicidad llevada al infinito. Mientras se conseguía poder descargar, multiplicando posiciones con cauciones de costo bajísimo, la cuestión marchaba. Si en 1947 se habían hecho unos M$N 2.885 millones, en acciones, en 1948, esto reunía M$N 5.155 millones y todo quedaba lo suficientemente inflado, para aguardar la chispa (que resultaron esas renuncias mencionadas). En enero de 1949 habían surgido señales claras de un quiebre de tendencia, pero que se cortaban solas por la ola de inercia que seguía enviando órdenes tomadoras, aunque el mercado era fuertemente de «enchufe». En febrero, llegó el caos, el «IMIM» mostró su total ineficacia... (y es historia para concluir mañana).
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