Desde cierto punto de vista en la Argentina se practica la más pura ortodoxia de las finanzas, si es verdad lo que decía Robert Sarnoff acerca de... «las finanzas son el arte de hacer pasar el dinero de mano en mano, hasta que -finalmente-desaparece». Esto es, más o menos, lo que se nos ha explicado al grueso de la sociedad sobre una esfumación literal (y esa es la verdadera acepción de «la volatilidad», señores analistas que se lo aplican a lo que es una dispersión de los precios) de los dineros, que eran de los depositantes de los bancos. Se volatilizaron a tal punto que todas las conclusiones, o razonamientos ensayados, se quedan en la mitad del río y que el interlocutor se arregle de completarlo. ¿Es por préstamos largos, muy largos, contra depósitos cortos, muy cortos? Culpa de los banqueros. Rompieron sus propias leyes. ¿Es por haber entregado moneda dura, a cambio de «bonos basura» que les colocaban los distintos gobernantes? Culpables a medias, por la compulsión que se empleaba, más la complacencia final de esos administradores que ensuciaban las carteras de inversiones, a sabiendas. Primero, fue todo el sistema bancario el que debió recurrir a tejer un cerco muy alto entre ellos y la gente que reclamaba por lo suyo. Ahora, están ya sobre el zinc caliente los administradores de fondos pensión, que -tal como pintan las cosas-están gravemente enfermos tanto de una morosidad creciente, y ya insostenible, como de carteras también «sucias» de papeles de pésima calidad y garantía. Trinaron tarde, lo hicieron por ese plazo fijo que el Nación no les quiere reconocer: pero, al monstruo se lo dejó alimentar desde el sector privado, jugando a coquetear con los políticos y con los pésimos equipos económicos que nos ha tocado en suerte. Sin olvidar a los que, de modo consecuente, ayudan con la opinión pública a que esos equipos puedan cometer los desatinos ruinosos...
Mucho nos tememos que gran parte de esa mascarada continúe en pie, como seguirán tomándose medidas y legislándose sin el debido principio de la necesidad, la urgencia, la ética, el decoro, la vergüenza. Pensiones «graciables» que se estiran a términos inconcebibles, para que distribuyan justicia social con el dedo del que se cree un iluminado, o un repartidor de contribuciones a amigos, adherentes y favorecedores. Y ahora se ha vuelto plaga la búsqueda de crear nuevos impuestos, forzar a contribuciones, penalizar a los que ganaron, y todos parecen una fábrica de ver qué nuevo modo -no utilizado-pueden proponer. Por allí se hace verdad otra máxima, que viene desde el año 1700, cuando Adam Smith aseguraba ya que: «No hay ningún arte, que un gobierno no aprenda más pronto de otro gobierno, que el arte de extraer el dinero de los bolsillos de la gente...».
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