25 de marzo 2002 - 00:00

Cupones bursátiles

«Cuidado que se están avivando...». Esto era título de un recuadro -en contratapa diaria, que hacíamos en este mismo suplemento bursátil- y fechada en lunes 1 de noviembre, de 1999. Se refería a una nota aparecida en el diario español «El País» y que arrancaba lo suyo con un titular muy sugerente: «La Argentina vive a crédito». Una página completa nos dedicaron en aquel entonces, donde los europeos demostraban que ya estaban sobre la pista de cómo nos manejábamos, en esa economía artificial que sostenía las variables a puro pedir prestado. En algunos de los párrafos, se señalaba que: «83% del capital, de las mil empresas más importantes de la Argentina, está en manos de multinacionales. Un elemento que permite explicar la fuerte exportación de capitales».

Realizando una evaluación de cómo evolucionaba la deuda externa, entre los 60.000 millones de dólares con que se iniciara Menem y los 144.000 millones al terminar 1998, desagregaba: «u$s 81.000 millones por deuda pública, y que había 23.000 millones, de bancos locales con el exterior, completando 40.000 millones de privados no financieros». Esto se remataba con: «nueve años donde las firmas privadas han obtenido préstamos de fuentes extranjeras a un ritmo anual de 4.000 millones de dólares, desde 1996. Acelerando en 1997/ '98, a sumas de 7.800 millones anuales».

No son datos inéditos, no resultan ninguna primicia tardía, simplemente reflotan cifras y posiciones de 1999 que llevaban alarma creciente a países relacionados -en éste caso, España- estrechamente con la Argentina. Vistas desde aquí, aparecen como un descorrer el telón para contestarse ese interrogante, que todavía muchos se hacen: ¿cómo se llegó a esto? Sabemos que después de tal fecha, vino nada más que un acrecentarse de esos rasgos funestos. Y se rompió el saco, para estar sufriendo lo que hoy se sufre. ¿Por qué no se puso un alto, al derrape que saltaba a la vista de todos?. Tan cruel, como la siguiente crueldad que se nos cruzó de pronto por delante y que la queremos compartir, para descargarla con alguien: ¿puede ser que los que más nombran y llaman de modo desesperado a la «híper», sean los mismos que gobiernan? ¿Será una estrategia para restregar por el mundo que, si no nos prestan, la culpa es de ellos?... Imposible de creer, pero no hay otro modo que interpretarlo así: porque echan leña al fuego con apostillas de ese tipo, a sabiendas que la carencia de dinero en manos de la gente es quien oficiará de tapón idóneo, para que los que quieran dolarizar a pleno sus precios choquen contra su propio techo. La falta de demanda, la carta del «no comprar», funcionará no por voluntad, ni por táctica, sino porque cuando no hay para poder pagar: no hay, y punto. Una «híper» solamente puede ser virtual, no real: ver góndolas a precios altos y pasillos vacíos. Y esto tendrá las riendas cortas.

Dejá tu comentario

Te puede interesar