24 de junio 2002 - 00:00

Cupones bursátiles

Pensar en regionalizar el país, en aras de una reducción del costo político: suena a otra liviandad de los argumentos que solemos sostener los argentinos, cuando vamos a intentar cambiar algo que -sospechamos- no camina. Buscar en la historia, para ver si algún recodo de los libros nos presenta la ocasión de decir que «ya en aquella época, nuestros próceres pensaron al país en regiones...» seguramente será encontrado. Simplemente, porque nuestros prohombres resultaron tantos y tan distintos, tantos y tan enfrentados, que no hay que sacudir siempre el ejemplo de Bilardo vs. Menotti, o de Pichuco contra Piazzolla. Baste con apelar a un Moreno vs. Saavedra. A un Rivadavia contra un Rosas. O un Rosas vs. Sarmiento. Y así... «Unitarios» celestes, «Federales» rojó punzó. (Tanques azules, tanques colorados). Hoy, en medio de un país que es un vidrio partido en mil pedazos, y en todos sus órdenes, se tejen alianzas en el interior y que -nos enteramos- estaría ahora avalado por Nación (?). Nación, avalando que no existan las provincias consagradas en nuestra carta natal. Una novedad, sobre la que imaginamos que los versátiles jefes de bancadas justicialista y radical estarán realizando el siguiente libreto, para exponer con todo el arte que solamente podía imitar un Lawrence Olivier...

Nuestro diario mostró, días atrás, un proyecto que había esbozado Roberto Noble en 1960, donde se fraccionaba la Argentina en seis regiones. Y un más aquí en el tiempo, fundamentado en la Constitución de Santa Fe, que incluye una región más: siete.

Obviamente, el fantasma de una intención de «escisión» deberá quedar latente, cuando se tratan estos asuntos en los peores momentos de nuestro historial. Y por aquí aparece, solamente a modo de ejemplo, el principio de los banqueros de raza y su primera, o segunda, ley de oro (la primera, resulta la de prestar en corto y tomar en largo) la otra predica que: la atomización, y no la concentración de los créditos, es lo que extiende la mejor cobertura natural del negocio. Sabemos que tal tipo de normas básicas, y de oro, fueron vulneradas de manera sistemática -más otros desvíos- y así les va. En lo que hace al país, con toda la mufa que lo invade, con la pobreza creciente. Con muchas culpas cruzadas, ver de formar regiones es una tentación a que se pueda pensar en «países». Tenemos una simple «guerra» por estos días, se la titula como: «la guerra de la sidra». Y consiste en que un gobernador involucrado en la primera fusión adelantada, el de Río Negro -Pablo Verani- prohíbe desde finales de año que se venda, fuera de la provincia, la materia prima para la producción de sidra. Imaginemos cosas así, multiplicadas, con la energía que creerían -en realidad, la tendrían- tomar con uniones como éstas. Si Ortega y Gasset volviera, apuntaría que «argentinos a las cosas», era para lo sensato.

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