¿Cómo es posible que en el reino de la defraudación, de la desconfianza mutua, de la carencia de crédito, todavía quede como baluarte y última barricada: el bastión de «la palabra»? Perdone el lector nuestra insistencia, pero hasta se nos ocurre casi sublime que esto se esté dando en nuestro país, que en la actualidad debe estar siendo conejillo de muchos experimentos económicos y financieros, y que tengamos el privilegio de comprobarlo «in situ». Dentro de muchos años, quedará esto estampado en varios libros de texto, sobre historia económica y bursátil. En determinado capítulo, algún párrafo dirá: «... Y en medio de un desierto árido, con tremendas luchas sociales, con ausencia absoluta del circuito financiero y con una animosidad general hacia los bancos, la Bolsa de Comercio lograba seguir operando diariamente. Y, en medio de ese escenario tan hostil para florecer, se erguía el viejo sistema de la palabra, cerrando los negocios. Y las entidades y agentes liquidando en término, y en forma, todas las transacciones. Un oasis, una esperanza, aparecía así en el terrible ámbito que se vivía en la Argentina de 2002. La Bolsa era bandera, era la prueba de fe y de confianza, en el respeto, esto está pasando inadvertido aunque bien hizo, el secretario de la Bolsa de Comercio, en marcar el importante rasgo y subrayar, con la expresión de «único sistema que ha quedado indemne...». Bajo la lupa, siendo objeto de tantos análisis que se deben estar llevando adelante en altos centros de estudios del mundo: viendo las características de lo que sucede en la sociedad argentina, hasta dónde sigue respirando cuando todo indica que está clínicamente muerta. De qué modo se puede extender un aparato locomotivo, sin contar con el imprescindible aporte del aparato circulatorio que lleva el oxígeno a todos los miembros. Agregado a esto, cómo valorar el sistema bursátil del riesgo puro que estando expuesto a todas las calamidades en su contra -la primera, la falta de crédito y de circuito financierose sostiene en sus actuaciones normales. La prueba contundente de una notable eficacia, y apta en todo terreno, a tal punto que está pidiendo por más mercadería para ofrecer y cotizar. Para vender y liquidar. Para darle la imprescindible liquidez de corto plazo, a instrumentos de largo alcance. La Bolsa, como el único foro donde se pueden unir oferta y demanda para -por caso-otorgar veloz salida a un complejo mecanismo de bonos, títulos de deuda, documentos con vencimientos a varios años. Ahora, se habla de la banca oficial y de intentar dispersar una mitad de su capital, yendo para esto al medio más idóneo y transparente: la Bolsa y su sistema de oferta pública y libre. Si bien en el peor momento para hacerlo, con entidades intensamente devaluadas por sus cifras, y no estando muy claro cuáles son los estímulos para ello los que se la han pasado hablando tonteras de lo bursátil: bien harían en valorarla, como se merece. A Dios, gracias.
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