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Allá por los '80, de este siglo inmediato pasado, la discusión pasaba por si Buenos Aires debía acomodar sus sistemas a la tecnología, si el «viejo recinto» ya no cumplía con las necesidades, si la vigencia de las pizarras y las anotaciones «a tiza» conspiraban contra el crecimiento.
El moderno recinto actual, titulado como «el anexo», tuvo sus idas y venidas y sus regios frenazos políticos, con mucha gente a favor -y en contra- de hacer el cambio. Se consiguió dar el paso adelante, ubicar a Buenos Aires a la altura de lo mejor en la región y sin pasar vergüenza con muy buenas plazas de las desarrolladas. Con capacidad informática, para ya no tener que andar haciendo tediosos recuentos de volúmenes y entregando los totales recién dos días después.
El tiempo demostró que no era el «atraso tecnológico» lo que impedía a nuestra Bolsa constituirse en un mercado de capitales poblado de lo que debe estar: de muchas sociedades cotizantes, de buena tecnología, de buenos profesionales, y de una inserción en lo popular para que se hiciera, a la vez, grande y transparente.
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