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Regocijados por una suma cero, de pago y devolución, sin deprimirnos por ese taxi de intereses que prosigue acumulando. Una explicación, más allá de lo técnico, desde lo humano, puede ser que: cuando uno se acostumbra a no pagar sus compromisos, todo le da igual. Total, no piensa pagar nunca. El clásico «anotame», al comerciante de la esquina, para después mudarse o cruzarse de vereda. Quizá la peor de las escuelas para ciudadanos actuales, y juventud que está recién creciendo, la de repugnar los compromisos como si resbalaran. Obviamente, sin por eso dejar de dormir apaciblemente, con un gobierno que se dedica a mezclar los conceptos de dignidad y estafa, o pretender que una se puede solventar en base a la otra.
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