14 de julio 2004 - 00:00

Cupones bursátiles

Uno debe suponer, pensando en positivo, que la Nación saldrá en algún momento de su situación irregular con las especies en default: y a partir de ello, deberemos imaginar qué repercusión encontrará esto en la Bolsa y sus títulos. Por de pronto, una vuelta al circuito del crédito fluido resultaría una gran condición, para promover una tendencia alcista sostenida. Un aliento de expectativas por ver al país dentro del conjunto de economías normales, resultaría el revulsivo capaz de avivar la llama que se encienda. Visto desde tal ángulo, proyectando a partir de una base supuesta que se concrete -sin pensar en lo otro, en que nos quedemos marginadossería razonable que se estrene una etapa de «acumulación de posiciones» en papeles empresarios. Que no será para devolver al mercado ante alguna trayectoria corta, como en el «trading», sino con la mira puesta más allá: devolverlas cuando haya desesperación de demanda por tomarlas. Si nos acordamos de Paul Getty, esta época resultaría la de andar comprando «ovejas», para después venderlas como «ciervos». Así es como se han hecho las fortunas bursátiles, que sí se han hecho en toda época, y cuando los más adelantados se agacharon a tomar papeles que andaban por el suelo. Después, lo de siempre, que la codicia no rompa el saco y que no se pretenda seguir un ciclo hasta la cúspide. En 1991, el índice andaba por los 90 puntos: en el '92 se ubicó en torno de los 900 puntos. Ergo, diez veces más del capital invertido -hablando de promedio Merval-y que solamente se pudo realizar en tal magnitud, entrando antes de que se desatara aquel boom que duró un ejercicio.

Por ahora, no hay señales concretas de que esto suceda en un corto lapso, más allá de suponerse que se están apartando dineros para mejorar la oferta a los acreedores: es difícil adivinar a gobernantes que actúan en zigzag. Porque cuando existe un rumbo cierto, sea el que fuere, esto permite proyectar y adelantarse a un punto, donde se sabe que esa política estable en la dirección habrá de llegar. En cambio, ante lo sinuoso, frente a quienes atropellan inesperadamente con una carga irascible la tarea es más difícil. De todos modos, la situación ya se tensó lo suficiente, como para imaginar que «algo habrá de pasar» con esos asuntos, que nos saquen de los países con cuarentena. Y es por allí donde pueden pensarse en una estrategia, de creer que la solución va a llegar. Patear el tablero, atenerse a las consecuencias, no puede tener mucho asidero ante un escenario de debilidades en muchos aspectos locales. No somos la Argentina de 1945, capaz de asumir posiciones recias por estar como acreedora del mundo de la posguerra. Hoy estamos en las antípodas, somos un país deudor del mundo en gran escala y que apenas quiere repuntar. Habrá todavía tiempo para ensayar esa actitud acumulativa, es bueno estudiarla.

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