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29 de marzo 2005 - 00:00

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No conviene suponer, para el inversor, que todo ha sido una simple vuelta de página y que lo que ya sucedió no puede volver a suceder. Sería una temeridad caer en tal creencia, tanto como haber supuesto que los nuevos bonos gozarían de una resistencia muy superior a los desechados. No pasó mucho, apenas días, para encontrar los primeros tropiezos y ya se vinieron en derrape, aunque con un culpable a la vista: esta vez... la suba de tasas. Y la tasa es lo exterior, mientras existe un frente de tormenta con la dura pugna por el reacomodamiento salarial que se expande por la economía. Sin saber bien a qué cuestión atender primero, o cuál puede resultar el aspecto más peligroso para nuestra fragilidad de estructura política, social y económica, se debe ser empresario o inversor jugando a las adivinanzas. Aprendimos, hace bastante, que siempre conviene estimar la hipótesis de mínima, cuando se trata con gente poco confiable. La historia plagada de sinsabores y de golpes de timón en cuanto a la dirección que seguimos como Nación solamente ha servido para abonar tal premisa.



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