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Ahora, coloquemos razones en el otro platillo. Y allí sale perdiendo lo de ahora. Porque aquel enero anterior tenía la mochila encima de lo que iría a suceder en el año, tanto con el canje de deuda como en lo político posterior. Ambos vallados fueron sorteados; se suponía que en este ejercicio debía aparecer una llanura fértil, despojada de incertidumbres profundas. No es así. Lo único que sucede es que varían los peligros. Y hoy, todo se concentra en poder dar combate eficaz a la inflación, con un eslabón siguiente que resulta de provocar algún tipo de corriente de inversión robusta, productiva.
En el plano político, la ruta asoma como despejada, con ciertos dilemas delicados en la posición de política internacional -la dirección que se adopte, saliendo de los avances ambiguos-, aunque no con problemática de orden local. Un sistema cada vez más «presidencialista», modalidad de poseer un pastor que todo lo sepa y lo adivine, donde no importa demasiado la división de fuerzas legislativas, porque llegados los temas claves siempre se termina por acatar «lo que pide el de arriba», y los votos de una u otra manera siempre se reúnen.
Las inversiones están en la fase de los «lunares», con anuncios dispersos de empresas, que no llevan ningún tipo de ordenamiento y donde el país tampoco envía señales sobre marcar las sendas donde se las requiere de modo urgente. Tanto pareciera que existe felicidad si se amplía una fábrica de galletitas, como si los anuncios fueran a la industria de base. O a la energía.
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