Todos los días... una nueva. Y todos los días, más pone los pelos de punta tratar de imaginar hasta dónde ha calado el inicial desastre inmobiliario, que se trató primero de vender como un incendio focalizado en Estados Unidos y un sector de su economía. Después supimos que había sido aconsejable aplicar el tópico de la «desconfianza», en medio de los informes y discursos que adornaban las consecuencias reales de aquello. Las semanas corrieron, los meses se acumularon, la epidemia empezó a extenderse y ya la llamada economía real -a la que se quería considerar a salvo- fue transmitiendo la enfermedad. Que luego se embarcó y, cruzando los mares, arribó a todas las costas. Aparecieron nombres de bancos, banquitos, casas de inversión, personajes, de toda nación y hasta exóticas ciudades. Europa había entrado al horno. Por allí volvía en la mejoría cierta aseveración de Alan Greenspan que lucía exagerada en su momento: «Esto es peor que lo de 1987...».
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Una Reserva Federal desorientada, descontrolada en algunos de sus informes, consintió lo que pedían los que habían quedado en la parrilla de los dislates.
Banqueros, operadores de mercado, vendedores de bonos, los mismos controladores que no actuaron cuando debían poner un dique a los excesos. Viendo el cuadro en toda su amplitud, Discépolo reemplazaba a Greenspan: «Y en el mismo barro, todos manosea'os...».
Y ahora lo más nuevo, saber de un frente de combate que se asemeja a la Guerra Mundial: los bancos centrales «aliados», de América y Europa, tratando de unir fuerzas y prestigios. Y a ver si los operadores terminan por darles crédito y retorna algo de confianza. Que se ha perdido mucho más en eso que el dinero que se hubo evaporado. Siempre termina todo en lo «fiduciario» y si las expectativas racionales van en contra, no hay plata que sea suficiente para detener una crisis. Así las detenía JP Morgan, con su sola «chapa» saliendo al mercado. Así logró parar el alud el prestigio de un Carlos Pellegrini, cuando todo en nuestro país se hacía pedazos.
Y hasta los suizos, nada menos que los banqueros del mundo, están participando de la coalición desesperada. El día de la noticia, el miércoles, nada pasó de entusiasta en los índices bursátiles. Sirvió para medir qué altísimo nivel de desconfianza hay que remover en esta ofensiva conjunta de varios países. Mientras, en la capital del Citi habían entrado los árabes con una porción. Y ahora le colocaron a un presidente de la India; el mayor símbolo bancario de Estados Unidos resultaba todo un afiche de la situación: casi una caricatura impensable en tal institución. Avalancha de novedades sobre el término del ejercicio, la oferta que no para. Los grandes que sudan sangre. Y los chicos que sudan frío. Cambalache siglo XXI.
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