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13 de noviembre 2008 - 00:00

Cupones bursátiles

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Todo sigue resultando sospechoso en la sucesión de novedades encadenadas que vinieron en avalancha, justo después de que Obama ganó la elección. Aparecen luces rojas por todas partes, peligros de «quiebra» en manada, se agregan los consabidos «informes» que les pegan de lleno a ciertas compañías. Y una extraña sensación (porque los argentinos estamos habituados a pensar mal) de que sobre la crisis real se ha montado «el negocio de la crisis». Una buena forma de poder recibir ayuda a un costo ínfimo, mostrando los dientes y advirtiendo sobre quiebra y despidos. Ahora bien, si esto hubiera resultado una explosión volcánica que tapa de lava todo, en pocos días podría justificarse la falta de previsión de los señores ejecutivos de tantas compañías de largo historial y liderazgo. Enormes gigantes con no menos abundantes elencos de estrategias. Y hasta comité de crisis interno, rastreando de modo permanente qué sucede adentro y afuera, cómo se alinean las variables fundamentales.

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En síntesis: el andamiaje de datos fundamentales, que permiten diseñar estrategias de anticipación. Los síntomas ya muy evidentes, de lo que podía estallar mal, se tenían desde mediados de 2007 para todo público. Pero que, en el ambiente empresario y bancario, seguramente estaría latente, y advertido desde bastante antes. Sin embargo, hay pedidos de auxilio porque se les cayó el mercado en algunos meses pasados y aducen haberse quedando casi sin resto efectivo para seguir en marcha. Es para preguntarse -en el sector automotor, por caso- qué se hizo de toda la utilidad que se acumuló en un ciclo virtuoso de la economía, que duró muchos años en crecimiento. Cuesta entender que una General Motors hable de quiebra por haber soportado solamente un año de efectos contrarios, con acento nítido sólo en los meses más recientes. Puede que no se tenga, en nuestro medio, más que lo que ha ido llegado en información desde el exterior. En todo caso, resulta una película bastante mal contada, con muchos cabos sueltos, donde se presenta un enorme número de sociedades -de todo tipo- que parecen haber dilapidado lo conseguido, en los excelentes ejercicios de toda la década.  

Y nos impresiona mucho más aquello mencionado sobre una -aparente- espantosa falta de previsión acerca de lo que iría a suceder. Una falta gravísima, de cualquier grupo ejecutivo en cualquier parte, el que lo tomen con la empresa sin haber aplicado gradualmente planes para evitar un impacto frontal. ¿Qué pasó? ¿Hasta hace unos meses seguían produciendo el mismo ritmo, con la misma dotación de gente y sin advertir que se aflojaría el mercado? Si uno recuerda los mensajes de Paulson y Bernanke, lo superficiales que eran, puede entender que los tomó un «Pearl Harbor».

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