Se puso cada vez más complicado el clima donde deben tratar de hacer pie los mercados accionarios. Y más todavía se me ha puesto en el plano local, donde los saldos del reciente período semanal resultan evidencias incontrastables, desbordando al contexto internacional.
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En lo que hace al epicentro de la crisis, hay un abismo -en tiempos de mercados- hasta que la nueva administración entre en funciones. Casi es una urgencia que Bush se vaya a su rancho a escribir sus memorias, entregando el poder efectivo de modo anticipado. Allí se verá si ya llegan con algo distinto debajo del brazo, junto con el condimento extra que sea capaz de recrear confianza. O, al menos, abrir expectativas del lado favorable.
De lo contrario, desde aquí a enero esto puede resultar una parrilla, donde los índices se sigan cocinando sin alternativas. Unas veces más, otras menos, las bajas resultan predominantes y solamente cambia la graduación de ellas. Un problema, serio, para todos.
Y si desde el exterior hay que escudriñar el ámbito local, lo que se encuentra a baldes llenos es una gran desorientación de los actores financieros y bursátiles, estos últimos por demás.
Se sabe, se puede comprobar, no debería haber oposición a esto, que la terrible erosión sufrida por los precios de las acciones excede -y en muchos casos largamente- lo que muestran los números de los balances. Y antes de que el lector apunte, como crítica al concepto, que la Bolsa debe precaverse por lo que venga y no por lo pasado; es tal el grado de depresión el sufrido como para ya haber descontado de más, a pesar de que los balances se adelgacen.
Ergo, según lo vemos, el problema que se prolonga es la faltante de «capital de riesgo», el que recala en los mercados cuando -justamente- pasan por malos momentos y saltan las agujas de las valuaciones. Donde los gráficos ingresan directamente a la zona «psicológica», dejando de lado considerandos técnicos. Y también falta el «capital de inversión», aquel que compra y conserva por cierto tiempo -sin ponerse límites fijos- los activos accionarios, que selecciona debidamente y le aseguran buen respaldo, a pesar de las dificultades.
(No caemos en el facilismo de llorar por las AFJP, pretendiendo que con ellas vigentes se hubiera producido una corriente de compra capaz de cambiar lo actual).
El valle, como un cráter que se fue abriendo, está en los niveles de liquidez que se viven, y la carencia de crédito a la vista. Dificultades, necesidades, miedos hacen que el activo de «fácil liquidez» -acciones- se vea sometido a fuego intenso. Todo un jardín para resolver. Pero, bueno, de lo contrario, no sería una crisis.
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