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30 de octubre 2002 - 00:00

Discurso de Héctor Massuh, presidente de la UIA

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Para Juan Bautista Alberdi la Civilización, con mayúscula, no era "otra cosa que la seguridad de la vida, de las personas, del honor y de los bienes"

Para el autor de las Bases, la Civilización era la vigencia plena de las instituciones que ordenaban, regulaban y determinaban las relaciones entre los ciudadanos.

Que hacían que un país funcionara en armonía y prosperidad, y que sus habitantes respetaran mutuamente sus derechos.

“s la economía estúpidos” fue la frase adjudicada a Bill Clinton en su primera campaña presidencial.

Para Alberdi no era la economía. Tampoco la política. Eran LAS INSTITUCIONES.

Por eso puso todo su empeño en la elaboración de las Bases que darían fundamento a la Constitución de 1853.

Es decir, al conjunto de ideas, derechos, principios y reglas en las que se basa todo el ordenamiento jurídico, y que permitieron una larga etapa de prosperidad para la naciente República Argentina.

Nos hablaba también Alberdi sobre la evolución de las instituciones y su necesaria adaptación a los valores y a la realidad del momento en que tienen vigencia.

Alberdi sostenía que los pueblos, como los hombres, no tienen alas y deben hacer las cosas con los pies sobre la tierra y paso a paso.

Afirmaba que los pueblos tienen su ley de progreso y desarrollo y que el mismo se opera “or una serie indestructible de transiciones y transformaciones sucesivas”

Y seguramente hubiera advertido, de haberla vivido, la negativa tendencia a los falsos atajos, a los espejismos y a la ilusión de soluciones mágicas, que desde hace tiempo se ha instalado entre los argentinos.

En el campo económico, hubiera indicado Alberdi ,por ejemplo, el peligro de nuestra incapacidad para consolidar verdaderas instituciones económicas, fiscales y monetarias que permitieran el desarrollo económico y mantuvieran presupuestos equilibrados con el fin de evitar largos períodos de inflación.

Esa incapacidad llevó a que surgieran instituciones falsas, de corta vida, entre las que citaré sólo algunas.

En la década del 70 la llamada tablita cambiaria, que pretendió resolver con un mecanismo de ajuste cambiario, los problemas de inflación, déficit fiscal o crecimiento económico.

Recordemos cómo terminó: con un despilfarro irresponsable de divisas, en un ambiente de falsa bonanza a costa de un inmenso endeudamiento externo.

En los 90, la receta de la convertibilidad eterna, como una institución inamovible y no como instrumento circunstancial, se transformó a su vez en certeza indiscutible.

Se pensó que atando el peso al dólar y renunciando a tener política monetaria y cambiaria, todas las variables económicas se acomodarían por sí solas.

Sucedió todo lo contrario.

En el campo financiero, por su parte, se adoptó un sistema bimonetario, que permitía depositar en pesos que luego se denominaban en dólares y con efecto multiplicador se volvían a prestar en dólares que, en realidad, no existían.

Un gran engaño.

Después vino la idea de la dolarización, con la falsa quimera de que atando nuestra moneda a la de Estados Unidos, y a los vaivenes de su propio crecimiento y productividad, se podría recuperar la prosperidad.

Una fantasía.

Las consecuencias aparecieron con todo dramatismo. La pobreza se precipitó aluvionalmente sobre toda la Nación, se multiplicaron los cierres de empresas, se destruyeron las economías regionales y la caída de reservas y depósitos, y los niveles de desempleo fueron sólo comparables a la Gran Depresión.

Se impidió el retiro en efectivo del sistema bancario y se declararon indisponibles los depósitos. La Argentina, por segunda vez en la década, dejó de pagar su deuda externa e interna.

Evidentemente, este estado de cosas requiere de medidas de emergencia, algunas de las cuales ya fueron adoptadas y otras deberán adoptarse con urgencia.

Pero aquellas pretendidas instituciones económicas, como la convertibilidad y el sistema bimonetario , resultaron efímeras.

Porque nacieron impregnadas de su propia destrucción. Porque el fatal incumplimiento de la norma estuvo implícito en el mismo momento de su sanción.

Al respecto, Alberdi distinguía a las instituciones verdaderas, de las falsas o injustas, aunque fueran de distinto rango.

No toda ley, decía, es correcta en sí misma y los legisladores al elaborarla pueden equivocarse, ir contra el sentido común o violar el derecho.

Por otro lado, siempre estremece esta propensión a inventar soluciones mágicas, casi siempre quirúrgicas.

A que con un golpe de mano se pueden resolver sin pensar todos los problemas.

Tenía razón Nicolás Shumway, prestigioso historiador norteamericano, cuando afirmó que la economía argentina es “a más sujeta a experimentos y manipulaciones en el mundo, con resultados desastrosos”

Y concluye Shumway: "Cualquiera que sea el viento que sople en doctrina económica, desde Londres, Chicago o París, encuentra en la Argentina un inmediato y bien dispuesto laboratorio de experimentación.".

Un juicio muy duro pero, en nuestra opinión, merecido.

Nuestro país debe, pues, recuperar la sensatez, y tener en cuenta lo que se ha hecho y funciona en otros países.

Y dejar de recurrir a los inventos o a la moda para adaptarse, sí, a la experiencia consolidada en el resto del mundo.

A mi entender, el misterio argentino que asombra al mundo, aquel que nos ha llevado a ser un país pobre en la abundancia, sólo podrá develarse admitiendo la realidad tal cual es.

Para así poder cambiarla.

Porque la evaluación de la realidad es siempre compleja, llena de matices y contradicciones, que sugieren dejar de lado las tentaciones maniqueas.

Porque también es falsa la ilusión de que con una idea simple, con un slogan, con una proclama demagógica, o con tres o cuatro ocurrencias de aparente rigor técnico, se comprenderá mágicamente la naturaleza de nuestros problemas.

Por eso la dirigencia argentina debe plantearse una profunda y seria autocrítica.

No sólo la dirigencia política, hoy en el centro de todos los cuestionamientos, sino también la empresaria, la sindical, la social y los medios de comunicación.

Porque lo cierto es que todavía no hemos encontrado un proyecto de nación para defenderlo como el contrato fundacional que permita fijar las reglas de juego y objetivos comunes de la sociedad.

Y que aglutine a todos los argentinos como protagonistas de una gran empresa histórica. Proyecto capaz de infundir el entusiasmo necesario para enfrentara con determinación décadas de atraso y decadencia.

El progreso es en buena medida un sentido de la acción práctica, un estado de conciencia colectivo en el que subyace la convicción de que es algo posible, cierto, inmediato.

El progreso supone progreso material, mayor disponibilidad de bienes y servicios, confort, acceso abierto y generalizado a la educación y la salud .En consecuencia , el esfuerzo cotidiano será compensado con un mejor nivel de vida.

Es también la vigencia de los valores permanentes: la seguridad, la justicia, el respeto de los derechos recíprocos.

En definitiva, es la renovada esperanza de que cada día por venir será mejor que el anterior.

El renacimiento de la República tiene que ver para nosotros, entonces, con la superación de la vieja República.

Tiene que ver con instituciones modernas que revitalicen el sistema democrático.

Para que los derechos económicos y sociales confluyan en un mismo rango con los políticos.

Para que, en definitiva, sea posible un vigoroso proyecto productivo nacional que supere el estancamiento.

Estamos hablando, entonces, de una propuesta responsable y viable para abordar los graves problemas que, recurrentemente, amenazan con hundir a la Argentina en la ruina política y económica, la desintegración territorial y el desquicio institucional.

Señores:

Si esto es así, si nuestro problema son las instituciones que ya no cumplen su rol, es oportuno preguntarse:

¿No será entonces que hoy enfrentar la realidad es asumir la necesidad de una reforma constitucional?

¿No habrá llegado la hora de acudir a unos pocos de los mejores, a los más sabios, a los de mayor trayectoria, a los más lúcidos y estudiosos, sin distinción de preferencias políticas o ideológicas?

¿No habrá llegado el momento de convocarlos para que lleguen despojados a una misma mesa a debatir y alumbrar las Nuevas Bases integrales de una Constitución?

¿Por qué no imaginar que un aporte semejante pueda convertirse en la referencia, en el fundamento obligado, de una posterior Asamblea Constituyente, y ser lo que las Bases de Alberdi fueron para la Constitución de 1853?

Así, los representantes del pueblo podrían discutir y perfeccionar una Constitución de excelencia, depurada de las imposiciones, las parcialidades o los atajos políticos del momento.

¿No será que el temor a enfrentar la reforma de la Constitución sea el temor a que se reproduzcan los vicios de acuerdos políticos de ocasión, de las miserias y contubernios, de los pactos mezquinos o subalternos que hemos visto en el pasado?

Tenemos la convicción de que ese pesimismo que nos agobia, esa fatiga, esa resignación en suma, sólo se supera explorando los mecanismos democráticos para corregir con imaginación y más democracia nuestros problemas.

Creemos que no tenemos derecho a poner al país en la falsa disyuntiva del paciente que necesita una operación de urgencia para salvar su vida y, a la vez, no confía en el cirujano, y por ello se deja morir sin remedio.

Señores, es pertinente preguntarse:

¿Hay acaso una manera de resolver en profundidad los problemas de la organización territorial, de la regionalización de nuestro país, sin reformar la Constitución?

¿Se podrán encontrar, por ejemplo, los mecanismos más idóneos de representación política y dar jerarquía a la nueva reforma que reclama la sociedad sin tocar la Constitución?

¿Habrá alguna forma de modernizar y hacer más eficiente y equitativa la recaudación y la distribución federal de los impuestos sin un pacto de jerarquía constitucional?

¿No será éste el camino para avanzar hacia una Justicia que garantice la tan vapuleada seguridad jurídica y restablezca la moral pública?

¿Existe, en definitiva, alguna otra forma de salir del absoluto descreimiento en todas las instituciones, tanto las de mayor como las
de menor rango, sin darnos una nueva Constitución que implique el nacimiento de una Nueva República?

¿No será ésta la posibilidad que tiene la Argentina de superar años de estancamiento e inaugurar un nuevo siglo de prosperidad como el que impulsó aquella Constitución inspirada en las Bases de Alberdi?

Pensémoslo. Pensemos en ser parte de la solución y no del problema. Porque ha sido nuestra responsabilidad lo que pasó, pero también lo que vendrá.

Porque con tantas recetas efímeras, la Argentina se ha convertido en una vasta región de certezas inútiles y fracasos garantizados.

Porque la tentación a la búsqueda de atajos, a la falsa ilusión, es también una tendencia a la pereza y a la deserción intelectual .Porque cuando se decide ir por un camino aparentemente corto, o fácil, es porque se ha dejado de pensar y peor aún, se ha perdido la voluntad para la acción transformadora.

Insisto: pensémoslo.

Muchas gracias.

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