¿Qué hay que hacer con el dólar?

Economía

Las dudas en torno a la divisa estadounidense son una constante en la historia argentina que se profundiza en tiempos de crisis como el actual.

Pasan los años y las décadas, y aunque en muchos asuntos económicos hay indudables avances, hay un punto en el que siempre se vuelve a caer: qué hacer con el dólar. Como el perro que se muerde la cola, siempre el país está por despojarse para siempre del pesado lastre de tener que estar día y noche monitoreando qué ocurre con el billete verde para que al final del día siempre se vuelva al mismo punto: tratar de emitir regulaciones y más regulaciones para que cesen las presiones sobre el tipo de cambio. En las actuales circunstancias el tema cobra aristas especiales porque el stock de reservas de libre disponibilidad es modesto, y, aunque un arreglo con los acreedores implicaría casi no tener que pagar intereses y capital de la deuda por largos años, cuando los dólares no abundan en las arcas del Banco Central las expectativas se tornan recelosas y los riesgos de que toda la economía haga eclosión son mayores.

Sabiendo precisamente esto el Gobierno ha librado una batalla sin cuartel contra la demanda del llamado “dólar contado con liquidación” al cual acceden las empresas. Y más recientemente viene tratando de disminuir la demanda de “dólares solidarios” a $100. Al respecto, por ejemplo, se intentó disponer que quienes recibían el IFE no pudieran comprar el cupo mensual de u$s200 por persona y también ahora se establecen límites a la cantidad de cuentas bancarias desde las cuales se puede acceder a comprar esos dólares. ¿Por qué tanta preocupación con el dólar solidario? Porque por esa ventanilla se pueden ir fácilmente u$s500 millones mensuales de las reservas. Esa cifra no es ninguna exageración. Basta que 2,5 millones de personas hagan uso de su cupo mensual para que el ritmo de salida de dólares de las reservas equivalga a la friolera de u$s6.000 millones anuales. La fuga de reservas bien puede superar esa magnitud en no demasiado tiempo. De hecho, así amenazaba ocurrir hacia fines del Gobierno de Macri. Al respecto, vale preguntarse si tiene sentido que el Estado se desprenda de tamaña magnitud de dólares en aras de... poco y nada sólo por el capricho de mantener al dólar “blue” en caja.

El razonamiento oficial viene a ser el siguiente: si no se abastece la demanda de u$s500 millones mensuales o más que hay mensualmente por el dólar solidario, esos compradores irán a elevar el precio del “blue”, comprando esa misma magnitud en ese mercado. Pero ¿tiene sentido pensar de esa manera? Es muy dudoso creer que quien quiere atesorar dólares pagando $100 por cada uno decida pagar también $ 130 -o más- para tener los mismos dólares. La demanda de dólares para atesoramiento siempre es una función de lo barato o caro que está al dólar. Con un 30% de diferencia entre uno y otro es difícil creer que la misma demanda que no satisfaga el BCRA se canalice a comprar dólar “blue”. En este punto, alguien puede muy bien argumentar que bastaría que una proporción minoritaria de esos pesos que hoy compran u$s500 millones al mes de las reservas presionen al alza en el “dólar blue” para que éste suba significativamente.

Eso es muy probable... ¿Y entonces? En este punto quienes quieren sumar control tras control esbozan la teoría de que ello impactaría en la inflación. Sin embargo, hay que recordarles a quienes piensan de esa manera el ejemplo de lo ocurrido en año 2015. ¿Qué pasó en 2015? Pues bien, en aquel año había una profunda desconfianza acerca de la durabilidad de la política cambiaria. Se creía que si ganaba Macri las elecciones, el nuevo presidente liberaría el tipo de cambio, haciéndolo subir, y que si no ganaba, de todas maneras Scioli iba a estar obligado a hacer algo para dejar de perder reservas. Esto hizo que mientras el dólar “oficial” cotizaba en torno a $8, el “blue” valiera en torno a $15. Cuando Macri ganó las elecciones, quienes resultarían ministro y presidente del BCRA convencieron al nuevo presidente de que si se liberaba el tipo de cambio, nada ocurriría con los precios porque éstos ya estaban alineados con el “dólar blue” de $15 y que éste bajaría por la gran confianza que inspiraba el nuevo Gobierno. Macri les hizo caso a Prat Gay y a Sturzenegger, que le decían al oído precisamente lo que el nuevo presidente quería escuchar -factor determinante para que ocuparan sus flamantes cargos-.

Fue así que como primera medida económica Macri liberó el tipo de cambio. ¿Y qué ocurrió? Hubo un verdadero estallido inflacionario que demostró que los precios no se habían estado guiando por lo que valía el dólar “blue” de $15 sino por el “oficial” de $8. Y es que lo que ocurrió tenía mucha lógica: todo el comercio exterior que es formador de los precios internos de una abrumadora mayoría de los bienes que se comercian se canalizaban por el “oficial” y la situación de baja demanda agregada hacían que aunque muchos productores y comerciantes quisieran colocar sus precios al valor del “dólar blue” de $15 no pudieran hacerlo porque no hubieran vendido nada. Por lo tanto, no les había quedado más remedio que alinear sus precios al valor del dólar de $8. ¿En qué terminó la liberación cambiaria de Macri, además de un golpazo inflacionario inicial muy importante? En la recesión de 2016.

El “macrazo” carcomió buena parte del salario real y ello retrajo inmediatamente el consumo, por lo que el nuevo presidente estrenó su primer año en medio de una renovada recesión. La enseñanza parece sencilla: mientras el Gobierno pueda mantener el dólar oficial en $75 y el solidario en $100, no corre riesgo de grandes estallidos inflacionarios, menos aún con el recorte salarial y la desocupación que produce la pandemia en nuestro país. Es cierto que la emisión monetaria puede transformarse en meses en un factor de cuidado, pero eso puede manejarse reabsorbiendo dinero secundario para compensar la inevitable actual emisión de base monetaria. Aparte, el Gobierno tiene una posibilidad más: aumentar el impuesto PAIS mediante el cual se fija el dólar solidario. Si éste se incrementa de manera tal que el dólar solidario se eleve a un nivel cercano al dólar “blue”, se eliminaría gran parte de la demanda “hormiga” de u$s200 al mes por persona que está erosionando las reservas de a centenas de millones. Y aquí nadie podría argumentar ningún efecto inflacionario de que suba el dólar solidario porque si hay algo de lo que no caben dudas es que éste no interviene en ninguna formación de precios. Puede discutirse si los precios están alineados con el dólar de $75 o con el de $130.

De lo que no hay dudas es que el dólar de $100 no es referencia de nada. Como hubiera dicho el general: ¿alguno de ustedes vio alguna vez un dólar solidario? En este punto se nos podría decir que cualquier aumento del impuesto PAIS o cualquier arma similar que sólo vaya en el sentido de acentuar los controles de cambio es simplemente un instrumento de corto plazo, que puede durar con suerte unos meses hasta que haya que diseñar otro nuevo instrumento para volver a enmendar el problema cambiario.

Esa es una verdad incontrastable. En el contexto en el cual está la economía argentina no se puede pensar que se puede alcanzar una perdurable paz cambiaria en un contexto de baja inflación. No hay magia que pueda lograr eso. Está, directamente, fuera del alcance de nuestras manos salvo que se diseñe un plan económico integral que estabilice seriamente a la vez que reactive. Los planes económicos pueden o no gustar. Pero lo cierto es que cuando se recuerdan el Plan Austral, o la convertibilidad en sus primeras fases o, más cerca en el tiempo, el propio dispositivo económico que aplicó en 2003 Néstor Kirchner en sus primeras fases con superávits gemelos, libre flotación del dólar y subsidios para los sectores más desprotegidos, se cae en la cuenta de cuán efectivos pueden ser los planes económicos bien diseñados para alcanzar múltiples objetivos y para sacarnos de la cabeza la constante preocupación que suelen tener todos aquellos que acceden a la Casa Rosada al menos desde 1952 en adelante: o sea, qué hacer con el dólar.

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Walter Graziano y Asociados

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