Shame on you, argentine debtor

Economía

Uno se pregunta por qué en Argentina se suelen tomar medidas económicas que no conviene postergar cuando todos los plazos están vencidos. Era un secreto a voces que el cupo de compra de 200 dólares por persona al mes era un auténtico barril sin fondo por el cual se estaban colando cifras superiores a los u$s1.000 millones por mes últimamente. No se podía continuar así, vendiendo dólares indiscriminadamente por esa ventanilla en un contexto en el cual las reservas del Banco Central se venían agotando mes a mes. Uno puede esperar que este tipo de medidas cuyo ejemplo máximo era la fuerte y necesaria limitación del “dólar ahorro” no se postergara. Pero no. Incluso hasta horas antes de encararse la medida se seguía declarando que el cupo de 200 dólares por persona no iba a ser modificado. El retraso en aplicar esa suspensión del cupo -junto a disposiciones con las ventas de dólares a empresas para cancelar deudas- fue tal que cuando hubo que cambiar porque ya no quedaba margen ni siquiera para continuar unos pocos meses, ya era tarde. De esta manera, medidas que nunca iban a ser agradables, pero que se podían haber encarado de otra forma, con menos traumas, terminan siendo tomadas de una forma que a muchos pueden parecer un atropello cuando en realidad se está echando mano del único salvavidas posible: dejar de vender dólares de manera indiscriminada a empresas y particulares para privilegiar el pago de importaciones pudiendo mantener el nivel general de precios sin alzas exageradas.

El objetivo era lógico, y medidas en ese sentido -con mayor o menor dosis de gentileza- iban a tener que tomarse tarde o temprano. El gran interrogante que abren éstas es por qué en vez de estas decisiones no se dispuso la apertura de un dólar financiero. Al respecto abundan muchísimas especulaciones. Una de ellas, por ejemplo, esboza que abrir un dólar financiero legal podría producir un golpe inflacionario porque muchos productores decidirían colocar sus precios a ese dólar mucho más alto que el comercial. A esa línea de pensamiento basta con responderle que si ello fuera tan fácil, hace rato que se podrían haber colocado los precios al nivel del dólar contado con liquidación o a nivel del dólar “blue”. Y sin embargo, no ocurrió. ¿Por qué no lo hicieron? No es tan fácil colocar los precios a un dólar que no es el correcto. Si un productor o importador decidiera hacer la “avivada” de poner sus precios un 30%, un 50%, o un 90% por encima del dólar por el cual paga sus insumos o sus materias primas, rápidamente podría sufrir la competencia de quien decide colocar sus precios tomando como referencia un dólar apreciablemente más bajo por lo que, finalmente, o se encuadra con el dólar comercial o desaparece del mercado. Como puede apreciarse fácilmente, esa entonces no es una excusa válida para evitar tomar el camino del desdoblamiento.

Una segunda hipótesis que circula ampliamente en el mercado financiero es que una buena cantidad de empresarios les susurró al oído a las autoridades que si se producía un desdoblamiento en el mercado de cambios no iban a poder pagar sus deudas porque tendrían que abonarlas de repente al dólar financiero mucho más alto, produciéndose enormes pérdidas. Hay claras evidencias de que eso sucedió. Al respecto, vale la pena preguntarse: ¿Son estas medidas algo mucho mejor? ¿Son algo superador? Con un dólar financiero los empresarios podían optar por pagar o por entablar una dura lucha por refinanciar. Ahora, en cambio, están en el peor de los mundos: el Banco Central sólo les venderá dólares por el 40% de sus deudas a pagar si entiende que el nuevo plan de pagos a no menos de dos años de plazo es coherente y factible de cumplir, con lo que puede pasar que finalmente no obtengan un solo dólar al valor comercial oficial y, para colmo, no puedan pagar ni aún teniendo los pesos para comprar divisas a un eventual dólar financiero y poseer voluntad de pago.

¿Puede esperarse acaso que una negociación con acreedores externos del sector privado sea distendida cuando el Banco Central se mete en el medio de ambos imponiendo reglas? En muchos casos lo que puede ocurrir es que el acreedor acepte a regañadientes posponer el cobro del 60% de lo adeudado por dos años. Pero no desembolsará ni un solo dólar fresco ni siquiera a la empresa que pudiera ser considerada como el mejor pagador. En este sentido, lo único que han obtenido las empresas que efectuaron un intenso “lobby antidólar financiero legal” es una igualación para abajo en la calificación crediticia que le otorgaban los acreedores del exterior. Si antes había alguna dosis de voluntad de renegociar de manera voluntaria y razonable por parte del mismo, lo que hay ahora es una decisión de colocar en la frente del deudor el cartelito de “defaulteador”. Debieran surgir, entonces, en poco tiempo medidas para ordenar limitar a las empresas argentinas tomar deuda en moneda extranjera.

La causa es muy sencilla. Pareciera que hay empresarios que piensan que cuando los dólares son abundantes se puede endeudar a sus empresas en moneda extranjera. Y luego, llegado el caso de que los dólares sean más caros, se puede ir a llorar a la capilla interna que tiene el Banco Central para que esta entidad los proteja de la inclemencia del valor del dólar y del acreedor. Lo más lógico sería entonces que el Banco Central les exija a cambio de cualquier favor, para no tener que pagar dólares caros, que no vuelvan a tomar deudas en una moneda que nunca se sabe cuánto puede llegar a valer. Porque, a no equivocarse, no estamos en la era de la convertibilidad o en el período dorado de la era kirchnerista de entre 2003 y 2008 en el que podía asumirse que el dólar era muy estable, por lo que llegada la hora podía aducirse la “teoría de la imprevisibilidad” para pagar deudas en dólares cuando su valor subiera bruscamente. Acá todas las deudas fueron contraídas en momentos de clara incertidumbre cambiaria.

Hace muchos años que no hay certezas en materia cambiaria en Argentina. Pareciera, entonces, que a la hora de endeudarse muchos empresarios creen que están comprando un “call” del dólar al hacerlo: si el dólar no se mueve -y el crédito terminó saliendo baratísimo-, paga el empresario. Si, en cambio, el dólar se mueve, y el crédito termina saliendo caro o carísimo, o bien paga el Banco Central o sea, paga la toda la sociedad, o en su defecto es el propio acreedor el que se resigna a no cobrar sus deudas. Muchos empresarios argentinos que hicieron “lobby” contra un dólar financiero legal porque deben dólares a través de sus empresas al exterior deben comprender que cuando el Banco Central se queda sin reservas lo menos costoso -incluso para ellos- es una devaluación selectiva, como la que representa el desdoblamiento del mercado de cambios. Siempre existe la obligación de pagar, porque así como la deuda terminó saliendo más cara, también se tiene el beneficio de que en caso de conseguir dólares frescos prestados se los puede vender al dólar nuevo financiero, mucho más alto que el comercial. Por este camino, por la vía de acción que se decidió tomar en cambio no se obtiene ningún beneficio: sólo la certeza de que los préstamos en dólares se acabaron, al menos por un muy buen tiempo, y la gran duda de si se va a poder evitar o no el cartelito de “defaulteador” que en la frente le puede terminar pegando el acreedor extranjero.

Es visible, entonces, que las medidas tomadas la semana pasada no favorecen a nadie: ni al Gobierno, ni a los empresarios ni al público. Pero si se quería evitar que se sigan perdiendo reservas -lo cual es lógico- y a la vez no había disposición ni voluntad de abrir el mercado de cambios en dos con el comercio por un dólar comercial oficial y el resto de las transacciones por el dólar financiero, debido a un “lobby” empresario, ¿qué otro camino había que iniciar una refinanciación compulsiva de las deudas con el exterior? Esto es lo que pasa cuando lo que se decide es postergar y no solucionar los problemas cuando aún hay tiempo. En breve las “conversaciones” -si se las puede llamar así- entre los acreedores externos y los empresarios argentinos van a comenzar. Nuestros empresarios pueden ir figurándose lo que los acreedores van a pensar sin decirlo cuando los deudores se sienten a la mesa a implorar más plazo: “Shame on you, Banco Central. Shame on you, argentine debtor”.

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Walter Graziano y Asociados

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