Dólar: urgen modificaciones al actual sistema cambiario

Economía

El tema es relevante porque todo lo que ocurra tanto con la inflación como con la posibilidad de abandonar la fosa recesiva en la que la pandemia arrojó a Argentina como a prácticamente todos los países del mundo depende de ello. Veamos cómo es la cuestión.

Una vez concluida la renegociación de la deuda, y desmentida por boca del propio Presidente la puesta en marcha de un plan económico, hay una cuestión que no admite más demora sin poner en riesgo todo el manejo macroeconómico: la cuestión del sistema cambiario en Argentina. El tema es relevante porque todo lo que ocurra tanto con la inflación como con la posibilidad de abandonar la fosa recesiva en la que la pandemia arrojó a Argentina como a prácticamente todos los países del mundo depende de ello. Veamos cómo es la cuestión.

El control de cambios fue establecido en 2019 casi al mismo tiempo en que se decidió defaultear las Letes, o sea las Letras en dólares a corto plazo que quincenalmente licitaba el Tesoro y que fue lo primero en refinanciarse. Los objetivos del control de cambios fueron dos: impedir el colapso de las reservas del Banco Central y desenganchar los precios de los bienes básicos -y también la tasa de inflación- de los avatares de la fuga de capitales de las en aquel momento probables -y luego confirmadas- subas de las versiones “libres” del dólar.

¿Tuvo el control de cambios entonces causa justificada? Sí. ¿Resultó una medida efectiva para lograr ambos objetivos desde aquel momento hasta ahora? Sí. ¿Podemos continuar con el control de cambios tal cual está diagramado sin problemas económicos graves? La verdad es que no. Lamentablemente no. Veamos por qué.

Cuando el control de cambios fue instaurado -se lo hizo de a poco dado que los límites para la compra de dólares eran muchísimo más altos: u$s10.000 por mes por persona- se debatió unos cortos días si era conveniente instaurar este sistema actual, que resultaba conocido para las autoridades económicas del Gobierno de Macri, o en cambio si era pertinente aplicar un desdoblamiento cambiario, haciendo que el dólar comercial -por el que va todo el flujo de comercio exterior- lo establezca el Banco Central, al mismo tiempo que se generaba un dólar financiero legal al que todas las empresas y particulares podrían operar para cualquier otra transacción que no fuera exportación o importación.

En aquel momento se optó por la primera alternativa probablemente por dos causas: primero, porque resultaba un control de cambios muy conocido en Argentina, dado que sólo había que remontarse al año 2015 para encontrar un momento del tiempo en el que se aplicó. Y segundo porque en aquel momento se logró, mientras el sistema duró, tener una inflación relativamente bajo control y la posibilidad de que las reservas del Banco Central no toquen fondo. Aplicar el restrictivo control de cambios que se había aplicado hasta hacía cuatro años atrás ofrecía una ventaja entonces: la de haber sido un sistema probado recientemente en Argentina sin haber concluido en un fracaso estrepitoso. Pero eso fue en 2019, cuando se presumía como muy probable un default argentino y resultaba imperioso salir de la flotación cambiaria ante la acentuación previsible de la fuga de capitales. Ahora, en cambio, los meses han transcurrido, el país reestructuró su deuda, no se prevén episodios de fuga de capitales de la intensidad de los del bienio 2018-2019 y el sistema cambiario está dando evidentes señales de que no sólo ya no funciona bien, sino de que… ya no da para más.

Es fácil llegar a esta conclusión: cuando se observa lo que ocurrió en el cuatrimestre abril-julio uno se percata de que justo en los meses del año en que se produce la mayor entrada estacional de dólares dado que se liquida la cosecha gruesa, el BCRA no pudo ganar ni un solo dólar de reservas. Por lo contrario, sacrificó miles de millones de dólares. Y ello con la “rareza” -que va a ocurrir sólo pocos cuatrimestres más-, de que el país no pagó un solo dólar al exterior de los vencimientos de deuda que había. ¿Qué ocurrió entre abril y julio? Ocurrió que entre el cupo de u$s200 mensuales por persona autorizado por el BCRA más el apuro por comprarle divisas al BCRA por parte de las empresas que veían al dólar de $75 como el último tren antes de una temida e incierta devaluación, todo lo que entró por la puerta exportadora -y aun mucho más- salió por la puerta de la fuga de capitales. Aún cuando el BCRA pudiera ganar algunas reservas de aquí en más, es el sistema el que ya no da para más.

El propio sistema impide que aparezcan dólares genuinos. Veamos dos simples ejemplos que bastarán. Pongamos el caso de una empresa que desea fabricar en Argentina una nueva línea de producción y para ello necesita invertir una buena cantidad de dólares. Los accionistas de tal empresa saben muy bien que de materializar la inversión deberán vender los dólares para poder hacerla -sean propios o tomados a través de deuda- a través del dólar oficial. Lo que inmediatamente se preguntarán tales accionistas es: “¿Podremos luego sacar los beneficios también a la paridad de este mismo dólar oficial?”.

Ese interrogante no puede tener una respuesta ni siquiera consultando al mejor vidente del mundo. Pero aun cuando alguien pudiera garantizarles a los accionistas de la empresa en cuestión que podrán retirar utilidades o repagar el préstamo por el dólar oficial, ¿qué garantía habría de que el mismo dólar oficial no se devalúe muchísimo entre el momento del ingreso de los dólares y el de sacar las utilidades o pagar el préstamo? Dada la enorme brecha, ninguna garantía bastará. Y eso hace que la escasez de dólares se retroalimente a sí misma porque cuando se observa el enorme nivel de la brecha con la que funciona nuestro sistema cambiario bien se puede pensar que el recorrido devaluatorio que podría tener el peso distaría mucho de ser pequeño. Por lo tanto, nuestra empresa del ejemplo en vez de realizar la inversión se inhibe de hacerlo con el consecuente costo para el empleo y para la tasa de crecimiento. Supongamos ahora el caso de un consumidor que tiene unos miles de dólares en blanco declarados ante la AFIP y que desea cambiar el auto. Al “blue” no puede vender, al “dólar bolsa” tampoco porque el monto no justifica la operación dados los costos de entrada y salida, las comisiones y el “parking” de los fondos. Y al “dólar solidario” menos aún podrá vender porque nadie -ni el BCRA- compra dólares a ese precio. Deberá entonces vender sus dólares a la paridad oficial de $75 si finalmente se decide a realizar la operación. ¿Se puede pensar entonces que este consumidor venderá sus dólares para cambiar su automóvil? La respuesta es que no. No venderá un solo dólar porque no querrá correr el riesgo de que una potencial devaluación deprecie el valor en dólares de su vehículo, lo que le acarrearía una importante pérdida patrimonial.

Por lo tanto, si se cambia el diseño del control de cambios hacia un sistema más evolucionado y menos rústico que habilite la creación de un tipo de cambio financiero flotante por encima del oficial, ese potencial de venta de dólares de empresas y particulares podría materializarse abasteciendo la demanda de dólares financieros que con este control de cambios actual no pueden aparecer, lo que eleva la cotización del dólar contado con liquidación y del dólar “blue” innecesariamente más de lo debido. Si se abre un dólar financiero, con el acuerdo de la deuda cerrado en forma exitosa, bien podría descender la cotización en vez de mantenerse tan alta como es hoy porque aparecería una buena parte de la oferta de dólares del sector privado que hoy está inhibida de aparecer. Con ello aumentarían el consumo y la inversión paralizados con este esquema cambiario. Hay que pensar que no luce atinado seguir aplicando control tras control, parche tras parche a este sistema, buscando reprimir la compra del dólar contado con liquidación. Es como pelearse con la propia sombra. Es el sistema lo que hay que cambiar de raíz, con la ventaja de que el BCRA podría intervenir legalmente en el dólar financiero si éste se desmadra, en vez de hacerlo de manera muy indirecta como lo hace hoy vendiendo dólares a cuatro millones de personas con el cupo de los u$s200, desprendiéndose de u$s750 millones en sólo un mes. ¿Alguien puede creer que esos 750 millones se destinaron a ventas en el “blue” o en el “dólar Bolsa”? Obviamente no. Ni siquiera la tercera parte. Si en cambio el BCRA destinara esos u$s750 millones a vender en el dólar financiero en solo un mes, ¿cabe alguna duda de que la brecha sería muy inferior? Casi seguro. Ello sería así porque el total de depósitos a plazo fijo en pesos de todo el país equivale sólo a u$s16.000 millones a la cotización “blue”. Vale decir que al revés de los años 2018 y 2019, el combustible de una eventual corrida por sobre estos niveles es bajo. Lo único que se gana con este sistema es perder el tiempo -y las reservas- sacrificando consumo e inversión.

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Walter Graziano y Asociados

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