8 de septiembre 2005 - 00:00

Faltan estímulos para alternativas

Sorprende que la Argentina siga presa de sus políticas históricamente contradictorias en materia energética mientras tiene frente a sus narices el ejemplo de Brasil, uno de los países más exitosos del mundo en la materia.

Nuestro país viene dependiendo de la buena fortuna de que los últimos inviernos hayan resultado más cálidos que lo habitual para no caer en una crisis abierta, que amenazaría seriamente a sus perspectivas de crecimiento económico. Mientras persiste la pelea por las tarifas y las necesarias inversiones se demoran (las reservas comprobadas de petróleo cayeron 7,22% el año pasado), el país ha empezado a importar combustibles de Venezuela. En lo que respecta al gas, su escasez ha enfrentado a la Argentina con Chile y Uruguay, países con los que mantenía fantasiosos contratos de exportación que no pueden ser cumplidos.

Brasil, como se ha dicho, es un ejemplo, ya que ha pasado de ser un fuerte importador a lograr su autoabastecimiento, al punto que su empresa petrolera estatal, Petrobras, acaba de dar el trascendente paso de convertirse en exportadora neta de crudo. El « milagro» por el que ese país pasó de importar combustibles por hasta 10 mil millones de dólares anuales a equilibrar sus necesidades y hasta a exportar se basó en gran medida en su exitoso programa Proálcool, basado en la conversión de la caña de azúcar en combustible.

«La experiencia brasileña en el desarrollo de biocombustibles es un 'leading case' fenomenal. Representa un ejemplo de la alta política, tomando decisiones de largo plazo que superan la coyuntura y cualquier visión partidaria. Hoy Brasil es el principal productor de biocombustibles del mundo, prácticamente logró su independencia energética con un importante aporte de energías renovables y mira hacia el futuro desde una posición de privilegio», dijo a Ambito Financiero Claudio Molina, director ejecutivo de la Asociación Argentina de Biocombustibles e Hidrógeno.

El plan Proálcool fue inaugurado en 1975, cuando el mundo sufría los efectos del embargo petrolero de los países árabes. Su primer auge llegó en los años '80: en 1985 y 1986, las ventas de autosa alcohol llegaron a 76% del total. La posterior baja de los precios internacionales del crudo, sumada a una todavía insuficiente cantidad de bocas de expendio, hizo que en 1997 se tocara un piso, cuando apenas 0,06% de los autos vendidos funcionaba a alcohol.

El verdadero boom se produjo en los últimos años, de la mano de la suba del precio del petróleo (que, según analistas, vino para quedarse, con algunos hablando de valores de hasta 100 dólares por barril en un futuro cercano) y de una innovación de las automotrices locales: los motores «flex», capaces de funcionar tanto a nafta como a alcohol o a una mezcla en cualquier proporción de ambos.


En 2003, 3% de los automóviles vendidos correspondió a motores biocombustible, proporción que subió a 22% en 2004 y a 33% este año. La idea es clara: se ofrece a los consumidores la alternativa de usar el combustible que esté más barato en determinado momento o en determinada región, siempre con garantía de pleno rendimiento.

Para llegar al éxito, Brasil debió subsidiar ampliamente al sector de los biocombustibles
-cuya producción es, en principio, más cara que la de los combustibles fósiles-, estimándose que el costo fiscal desde 1975 llegó a 40 mil millones de dólares. Los expertos de ese país aseguran que esa inversión ha sido recuperada y que ya se han comenzado a recoger los frutos del esfuerzo. Veamos:

• Brasil ya no subsidia la actividad.

• El alcohol redujo en un tercio el consumo de naftas.

• El sector ha generado 350 industrias, emplea a 1 millón de personas de manera directa o indirecta y ha hecho rentable al complejo azucarero.

• Brasil exportó en 2004 alcohol de caña de azúcar por 2 mil millones de dólares, tres veces más que en 2003.

• La situación ambiental mejoró sensiblemente debido a que los biocombustibles son mucho menos contaminantes.

Según
Molina, «es muy triste conocer que la Argentina tuvo una oportunidad similar a la de Brasil con la implementación del Plan Alconafta en la década del '70 y mediados de la del '80, al que llegaron a adherir doce provincias, pero que terminó abruptamente. Los enormes conocimientos en el tema etanol desarrollados a lo largo de varias décadas fueron una muy buena base del desarrollo brasileño. Ojalá no perdamos nuevamente el tren de la historia».

• Proyecto

¿Qué pasa mientras tanto en laArgentina? Molina reseña que «actualmente se está tratando en la Cámara de Diputados un proyecto de ley nacional de biocombustibles presentado el año pasado por el senador Luis Alberto Falcó y otros cuarenta y nueve senadores más, integrantes de todas las provincias y bloques parlamentarios. Este proyecto obtuvo media sanción en diciembre del año pasado y luego fue remitido a la Cámara baja».

«En Diputados debían tratarlo seis comisiones: Energía, Agricultura, Industria, Ciencia y Tecnología, Defensa del Consumidor, y Presupuesto y Hacienda. Las cinco primeras avalaron el texto aprobado por el Senado, pero, lamentablemente, la última
ha trabado el proyecto, ya que lo mantiene desde hace más de tres meses en su esfera sin emitir dictamen.»

Como en el caso brasileño, el proyecto argentino establece una serie de incentivos, entre ellos estabilidad fiscal por 15 años, exenciones fiscales y la mezcla obligatoria de la nafta y el gasoil con 5% de biocombustibles a partir del cuarto año de vigencia de la norma. Justamente el tema de las desgravaciones, puntualmente la provisión de que los biocombustibles no paguen impuestos al consumo, motivó el descontento del ministro Roberto Lavagna, complicando el tratamiento de un tema al que el presidente, Néstor Kirchner, pidió que se le dé prioridad.

Molina explica que « actualmente los biocombustibles tienen un precio más elevado que los combustibles fósiles. Así, si se impone la incorporación de los primeros a los segundos, y si se respetan los márgenes de operación de las compañías petroleras y las estaciones de servicio, el Estado debe suavizar esa diferencia estableciendo incentivos fiscales muy fuertes para evitar un aumento de los precios en el surtidor». Igual camino han seguido con éxito Brasil y Estados Unidos, dicen los especialistas.

Ahora bien, ¿qué impacto económico tendría el desarrollo de los biocombustibles para el país? Más allá de constituir una buena salida para el agotamiento de los yacimientos de combustibles minerales, ayudarán decisivamente al crecimiento generando un nuevo sector económico.

Para continuar, hay que establecer una aclaración:
los biocombustibles son de tres tipos: el biodiésel, el bioetanol y el biogás. «El primero se produce a partir de aceites vegetales o grasas animales; el segundo es alcohol etílico anhidro, obtenido a partir de caña de azúcar, cereales o biomasa; el tercero es gas metano que se obtiene a partir de la fermentación anaeróbica de residuos orgánicos», explica Claudio Molina. Según este especialista, una buena alternativa para la Argentina sería producir bioetanol a partir de maíz, «por su aporte de materia orgánica al suelo». Además, dice, eso « ampliaría los usos locales de ese cultivo, establecería para él un nuevo piso de precio y crearía nuevas alternativas para hacerlo más competitivo». También, se podría agregar, liberaría al país del peligro del monocultivo al que lo sometió el boom sojero. Por último, sigue Molina, «el impacto directo e indirecto en el empleo se ubicaría por encima de los 35 mil puestos de trabajo».

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