¿Hasta cuándo habrá petróleo en el mundo?
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En el transcurso del último siglo, la humanidad ha sido capaz de ir sustituyendo y
diversificando progresivamente sus fuentes de energía primaria: la biomasa tradicional (leña, residuos agrícolas y ganaderos) fue cediendo protagonismo al carbón; éste, al petróleo y, desde hace unas décadas, el gas natural está ganando terreno. En cualquier caso, las sucesivas transiciones energéticas nos han abocado a una excesiva dependencia de los combustibles fósiles. Actualmente, éstos representan 80% de la energía primaria consumida en el mundo, con el petróleo a la cabeza (36%) seguido por el carbón (23%) y el gas natural (21%).
Respecto de la primera pregunta apenas existen discrepancias sobre el hecho de que a mediano plazo la oferta de petróleo no podrá seguir el tirón de la demanda global. De hecho, la incógnita por despejar se limita a precisar cuánto tiempo nos queda para gestionar sin traumas los riesgos derivados de la nueva situación.
El consumo global de crudo fue incrementándose anualmente de tal forma que en la actualidad se bombean del subsuelo cerca de 1.000 barriles (o 160.000 litros) de petróleo por segundo. Los geólogos e ingenieros del petróleo tienden a mostrarse algo escépticos sobre la sostenibilidad de este ritmo, poniendo el acento en que la experiencia les demuestra que la historia de la extracción en una región se ajusta razonablemente a una curva en forma de campana (la curva de Hubbert) cuyo punto de inflexión coincide aproximadamentecon el momento en que la mitad del crudo recuperable ya fue bombeado. Pasado este momento, la extracción entra irreversiblemente en declive, sin que la inyección de nuevo capital y las mejoras tecnológicas puedan invertir esta tendencia. Los economistas suelen mostrarse algo más optimistas, argumentando que el futuro del suministro de petróleo no es una cuestión exclusivamente ligada a lo que sucede con él, sino también a la evolución de la situación política, las inversiones y el desarrollo tecnológico (los denominados «recursos de superficie»). En cualquier caso, la diferencia entre la previsión de los que ven la botella medio llena y los que la ven medio vacía es sólo de unos 30-40 años: un lapso que abarca desde el fin de la presente década hasta cerca de mediados de siglo.
• Apremio
No cabe duda, pues, que el tiempo apremia a la hora de planificar la mitigación del impacto del cenit de la extracción de petróleo y la sustitución progresiva del combustible que mueve 95% del transporte global. Estas tareas podrían encararse mediante el despliegue de un plan de choque que contemplara una combinación de medidas políticas y la utilización de nuevas tecnologías. El abanico de posibilidades podría incluir: una decidida apuesta por el ahorro y la eficiencia energética, el impulso del uso de la electricidad en el transporte público y privado ( coches híbridos), la mejora sustancial de los porcentajes de recuperación del crudo en los yacimientos, la definitiva puesta a punto de las células de combustible de hidrógeno, y avances en la síntesis y comercialización de combustibles líquidos elaborados a partir de biomasa, gas natural, carbón y otros hidrocarburos no convencionales (petróleos pesados, arenas asfálticas y pizarras bituminosas).
El impacto negativo de las emisiones de dióxido de carbono procedentes de la quema de combustibles fósiles sobre el calentamiento global es ya una hipótesis ampliamente aceptada en los foros internacionales. De hecho, para muchos científicos las cuestiones clave por responder en estos momentos son la magnitud y la rapidez del cambio climático en el que estamos inmersos. Esto significa que a los dolores de cabeza aparejados al ocaso de la era del petróleo podrían sumarse los derivados de la necesidad de adaptarse sin más dilación a dicho «algo» que, entre otras medidas, implicaría una reducción de la utilización de los hidrocarburos o, de otra manera, acometer en tiempo récord la transición hacia un nuevo modelo energético.
Habrá que seguir avanzando en el camino ya emprendido y empezar a girar nuestra vista hacia el astro rey. No en vano, cada año envía a la superficie terrestre una cantidad de energía 6.600 veces superior a la usada por los humanos.




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