21 de enero 2002 - 00:00

La doble tentación

En los últimos 20 años, el pueblo argentino ha sufrido experiencias verdaderamente dolorosas, injustas y confiscatorias. Desde la guerra de las Malvinas, el aislamiento internacional, el retorno a la democracia, el plan austral, los hechos de Semana Santa, las huelgas generales, las hiperinflaciones, el plan BONEX, la convertibilidad, el «corralito» y el cerrojo valen sólo para mencionar algunos hechos entre otros también graves.

Ilusiones y decepciones fueron frecuentes en estos años. En estos momentos, lo mejor que se puede hacer es no caer en la repetición de errores del pasado. Dado que su único resultado es el agravamiento del presente y la complicación del futuro.

Así, al inicio de la década pasada la Argentina privatizó sus servicios públicos. En poco tiempo desaparecieron Agua y Energía, Segba, YPF; SOMISA, ENTel, Gas del Estado, Obras Sanitarias, Ferrocarriles Argentinos, Aerolíneas Argentinas, el Correo, etc. Recordemos qué eran esas empresas para el usuario; es decir, para el pueblo argentino. Eran empresas deficitarias, compraban caro o carísimo lo que un privado pagaba mucho menos, eran desorganizadas, en algunos casos los empleos eran casi hereditarios, algunas no tenían balances, otras no contaban con inventarios, todas daban un pésimo servicio (¿recuerdan los teléfonos?). El usuario estaba ligado a ellas todos los días y sufría todo lo que ellas disponían que ocurriera.

• Cotos de caza

Eran cotos de caza para empresarios que generalmente proclamaban un liberalismo en reuniones sociales que no lo aplicaban en sus empresas contratistas de las del Estado. Y los sindicatos, fieles defensores del «sector», las usaban como herramientas de presión política cotidiana, por mencionar algo solamente.

Pues, se vendieron todas las famosas joyas de la abuela que por cierto de «joyas» no tenían nada. Y en algunos casos se vendieron mal, como Aerolíneas Argentinas, o no pudieron venderse mejor (viene al caso el tema Aerolíneas cuando el entonces ministro y actual senador Rodolfo Terragno propuso una asociación comercial y fue rechazado por el Senado «para no hipotecar el futuro de nuestros hijos y el de los hijos de nuestros hijos», algo que hoy parece mentira).

• Tarifas altas

De esta manera, la gente fue servida por mejores servicios públicos sin duda, pero en algunos casos con tarifas altas y en otros, hubo que sufrir la falta de inversiones, hecho que se notó ante problemas climáticos, como prolongadas faltas de luz a veces, agua, o la reciente crisis de Aerolíneas Argentinas hasta que salió de las manos de Iberia.

Hoy, ante las promesas de seis décadas de convertibilidad, sus once años de vigencia y su repentina y traumática desaparición, los propietarios de las empresas privatizadas comienzan a realizar otras cuentas. Ya no perciben un dólar por cada peso cobrado en la tarifa. Sus activos, que se han devaluado necesariamente en la Argentina, hacen que se encarezcan los créditos en dólares o euros tomados en el exterior dado que ya no guardan relación directa con el valor de sus patrimonios locales. Además, comienzan a sufrir los efectos de la ruptura de la cadena de pagos y seguramente otras consecuencias negativas más que casi con certeza los llevarán a pensar si vale la pena continuar en la Argentina a la luz de estos problemas.

Sobre todo luego de diez años espléndidos para estas empresas. He aquí entonces la doble tentación: la de las empresas de servicios públicos es irse; la del Estado: es estatizarlas. En este caso los argumentos y las fórmulas para lograrlo no van a faltar. Así se dirá que el costo de los servicios públicos encarece las exportaciones en todos sus productos o que distorsionan los precios relativos, etc. Que habrá que emitir un bono o un impuesto al castigado agro o un aumento en los combustibles, etc. Es decir, alguna fórmula polinómica especial puede estar en gestación. Enseguida los gremios se proclamarán los herederos naturales del sector, y las empresas contratistas de las empresas del Estado resucitarán mucho antes que el tercer día y todo volverá, no a ser lo mismo, sino peor.

Quiera Dios darnos fuerzas para no caer en esta doble tentación. Las empresas prestadoras de servicios públicos deben tomar las decisiones que sean necesarias, pero sin perder de vista al usuario, no pueden dejar de lado a la gente, y al Estado nacional debería bastarle recordar la sabiduría popular del Martín Fierro... segundas partes nunca fueron buenas.

(*) Ex ministro de Obras y Servicios Públicos durante la presidencia de Raúl Alfonsín

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