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Discutir qué se podía haber hecho mejor queda para los historiadores; qué debiera hacerse para empezar a recuperar credibilidad queda para el próximo gobierno. Lo primero porque ya pasó, es discutir si Crespo y Batistuta podían jugar juntos. Lo segundo porque con excepciones, a meses de irse, a un gobierno de país latinoamericano tradicionalmente no se le creen reformas de largo plazo. Un grave problema de la región es justamente la discontinuidad institucional de las decisiones.
Insistimos en que para un gobierno de transición, en medio de una fenomenal crisis económica y social, una agenda de reformas estructurales de largo plazo, ya sea pro mercado o antimercado, es lo mismo que nada. El enfoque básico es y seguirá siendo de administración de crisis, tratando de evitar males mayores, hacer dentro de lo posible algunas «tareas sucias» y, muy importante, fabricando la menor cantidad posible de bombas de tiempo que puedan explotarle al próximo gobierno que sí deberá tener inexorablemente una agenda refundacional.
«Mal mayor» sería evitar una aceleración inflacionaria y/o un conflicto social desenfrenado; bombas de tiempo que deben evitarse son, por ejemplo, postergar la solución del «corralón» o seguir distorsionando los precios relativos de aquellos sectores artificialmente congelados.
De la misma manera, «tarea sucia», que no debiera confundirse con maxirreforma, sería la liberación del «corralito» transaccional (aunque sea por decantación «posgoteo» y licuación inflacionaria como está ocurriendo). Lo mismo, dejar sentado el puntapié inicial de un superávit primario fiscal, que a largo plazo, inexorablemente, vamos a tener que tener sí o sí.
Desde el inicio también siempre estuvo claro que, lamentablemente, no había una estrategia clara y contundente de qué hacer con el sistema bancario, por lo que el primer semestre del año estuvo caracterizado por una muy costosa emisión monetaria por redescuentos, venta de reservas, suba del tipo de cambio y algo de inflación.
En sentido contrario, aunque a partir de una espectacular distorsión tributaria que incluyó retenciones más impuesto a las cuentas corrientes no compensable contra ningún otro impuesto más impuesto inflacionario, más cierto control sobre el gasto nominal, un gobierno tildado de populista va camino a obtener el mayor superávit fiscal primario (antes de intereses de la deuda defaulteada) desde 1993.
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