Esta es la prueba de fuego. En la embestida frontal, la crisis revela su verdadera identidad. La espada que mata, por cierto, no es la inflación. Es, más bien, la deflación de los activos inmobiliarios la que, con su correlato de estrés financiero, hunde su acero sin misericordia.
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Con pasivos en exceso de los 600 mil millones de dólares, la bancarrota de Lehman Brothers es la más grande de la historia. Si Bear Stearns era demasiado valioso como para abandonarlo a su suerte en marzo, la vorágine que arrastra a Lehman se lleva consigo una pieza aún mayor. Pero no hay que apurarse en registrarlo en el Libro Guinness. Su caída es un récord con serios contendientes a la vista.
En la propia Fed de Nueva York, donde el fin de semana se selló el destino de Lehman, ayer se debatía otra extensión de la agenda: AIG. Con el auxilio de la Superintendencia de Seguros de Nueva York, se pudo destrabar un autopase de 20 mil millones de dólares desde varias subsidiarias hacia la compañía madre. Poco importó. La acción se sumergió 60%. La Fed, renuente a concederle un préstamo puente de naturaleza excepcional, abogaba, según los cables de última hora, para que JP Morgan Chase y Goldman Sachs facilitaran la transición. Entre tanto, las conversaciones con potenciales inversores -desde fondos de private equity como KKR y JC Flowers o el mítico Warren Buffet- no arrojan señales de progreso. Lo que hoy es atractivo será más barato mañana. Y la cotización de AIG ya es tierra arrasada. El temporal financiero la azotó con pérdidas contables por 18 mil millones de dólares en los tres últimos trimestres. Pero su capitalización en Bolsa cayó (casi) diez veces esa cifra. De ahí, la postración de lo que supo ser un gigante.
Sacrificio
Merrill Lynch estaba destinado a ser el próximo en la lista. A diferencia de la tozudez de Lehman, su titular, John Thain, no dudó en sacrificar la independencia a cambio de proveerse una buena amarra. Si uno cree en las crónicas del periodismo, Bank of America comenzó el domingo cortejando a Lehman y lo coronó con un matrimonio de apuro con Merrill Lynch.
Domados los bríos de antaño, para la firma del toro es un enlace de conveniencia. Pero, ¿puede decirse lo mismo para el Bank of America? ¿Lo aprobarán sus accionistas? La cotización de Merrill Lynch, con un fuerte descuento con respecto al valor teórico de la operación, ayer reflejaba dudas crecientes. En cuyo caso, ¿habrá retorno? ¿O alcanzará con variar, en su contra, los términos del acuerdo? El castigo que se abalanzósobre el papel del Bank of America es una advertencia que, en estos tiempos, no se aconseja pasar por alto. Si persiste, el depredador deberá soltar a su presa o correrá el riesgo de trastabillar como el cazador cazado. Aun así, ya se instaló la sombra de una sospecha. JP Morgan absorbió a Bear Stearns en tiempos sumarísimos en marzo; entre otras razones, por su gran exposición cruzada en el mercado de derivados. Hizo una virtud de lo que era, quizás, una necesidad. ¿No se estará en presencia de una repetición de motivos?
El mapa de los percances, reales o imaginarios, no se agota con estos nombres. Bajo una densa cortina de incertidumbre, todo, hoy, luce como una amenaza. La bancarrota de Lehman abre la caja de Pandora que ni la Fed ni el Tesoro se animaron a explorar cuando Bear Stearns implosionó. No sólo porque gatilla de inmediato una lluvia de activos para la venta, al obligar a desmontar una maraña de operaciones de repos (pases), bajo las peores condiciones imaginables. Cuando estalla una granada, nadie puede saber, a ciencia cierta, cuál será el recorrido de las esquirlas. Y la liquidación abrupta de toneladas de transacciones de derivados no es, por cierto, asimilable a un proyectil de mano. En rigor, hasta que decanten sus efectos, no será posible identificar el riesgo de contraparte con precisión. Quienes cubrieron su exposición a determinados contratiempos con un traje hecho a medida en Lehman, si sufren una avería, descubrirán que no basta con acertar el talle del chaleco antibalas si el que no cumple es el sastre. Una posición balanceada y a cubierto puede quedar desprotegida si no se echó mano a suficientes garantías. De ahí, el febril accionar de los traders de la ISDA (la asociación internacional de operadores de swaps y derivados) para compensar los negocios cruzados y reducir el impacto neto del percance. Vale tener presente que un jugador perjudicado por esta súbita hendija es una ficha de dominó que tambalea. Si sus espaldas no lo resisten, repercutirá en terceros y así sucesivamente. La teoría del caos asevera que el aleteo de una mariposa puede causar un sismo en las antípodas. Cuesta creerlo. Pero la caída de Lehman y la consiguiente destrucción de valor que presagia evocan, más bien, a una bandada de pterodáctilos que, de repente, se echó a volar en distintas direcciones.
Es verdad, ayer se sintió el temblor, pero no hubo un terremoto. Un mercado bajista («bear»), común y silvestre, garantizaría un Dow Jones en las inmediaciones de los 10 mil puntos y, con la caída estrepitosa de ayer, todavía restan consumir más de 900. A su vez, la Fed inyectó, con urgencia, 70 mil millones de dólares para calmar las aguas revueltas del mercado monetario. Aceptando como colateral, menos animales domésticos, toda la fauna de activos imaginable.Si al miércoles pasado,la ventanilla de redescuento había librado avances por 23 mil millones de dólares, cabe colegir que ayer se habrá reforzado la asistencia. Otros bancos centrales, en Europa y Asia Pacífico, debieron acudir a similares artilugios con idénticos propósitos. En EE.UU., la tasa de funds llegó a dispararse cuatro puntos por encima de su umbral de 2%. La tensión, así definida, es extrema. Hoy, la Fed podrá recortar la referencia (y otros bancos centrales plegarse en compañía), pero queda claro que lo que tumbó a Lehman no es la osadía de una tasa de interés a 2%. Ni lo que apagará el incendio, una mera rebaja de ocasión.
Costado bueno
Nada nunca es tan desacertado o dañino como para no albergar un costado bueno. Desde ya, la cerradanegativa de las autoridades de los EE.UU. a conceder garantías surtió un efecto buscado. Las mediciones tomadas ayer, en Wall Street y las principales plazas financieras, recogen una sensible disminución en las partículas en suspensión de riesgo moral (moral hazard). Si el ambiente luce menos respirable es culpa, por entero, de una percepción de riesgo sistémico en rápido ascenso. Es un viejo dilema al que las autoridades, después de las experiencias de Bear Stearns y las dos grandes agencias hipotecarias, han resuelto darle una respuesta diferente. La bancarrota impone una disciplina que no exime, por primera vez, a los acreedores de su responsabilidad. Ya no sólo participan de las penurias los accionistas comunes o preferidos. Pero el camino de las quiebras acentúa el peligro de una profunda disrupción. Y , en estas horas decisivas, nadie puede asegurar que el remedio no sea más mortífero que la propia enfermedad. En cuyo caso, el contribuyente deberá correr con una doble maldición: lidiar personalmente con los destrozos y pagar una factura de magnitud sin precedentes.
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