Males ineludibles
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• Obligación
Si sancionamos, derogamos rápido y volvimos a sancionar con urgencia, por el papelón, otra ley a gusto de los intereses de un grupo privado, como es «Clarín», ¿qué cuesta sancionarle al gobierno una ley prohibiendo mejorar la oferta a bonistas para desalentarlos y forzarlos a entrar al canje en las actuales condiciones si días después podemos cambiarla por otra en un Congreso tradicionalmente proclive y sin muchos escrúpulos?
En este caso de la prohibición por ley de reformular la oferta hay otra circunstancia para tener en cuenta: dentro de la línea confrontativa de negociación que decidió usar el gobierno puede adoptar ésta u otras medidas, aunque parezcan ingenuas y hasta ridículas. Más todavía, tiene la obligación irrenunciable de disponerlas porque le cerró al país otro camino que no sea el duro para canjear las obligaciones en default con tenedores privados. Cuando el camino -bueno o malo- es único cabe desear que se lo profundice porque el costo que está en juego sacrificará en su bienestar a varias generaciones de argentinos, aunque desde la intimidad de nuestra oficina o nuestro vestíbulo toda esta propuesta de canje nos parezca algo lejana de nuestra habitualidad.
Un Ricardo López Murphy o un Carlos Menem puestos a negociar el mismo default hubieran pagado más caro que Néstor Kirchner y en menos tiempo que los 3 años agotadores que se autoimpuso el ministro Roberto Lavagna. Digamos que aquellos dos políticos tampoco hubieran provocado que en estos últimos años, a igual contexto internacional favorable que tuvo el actual gobierno, hubieran dejado de ingresar al país alrededor de 15.000 millones de dólares de inversión externa. Es la proporción que le hubiera correspondido a la Argentina en relación con lo observado con Chile, Brasil y México en el movimiento internacional de capitales hacia países latinoamericanos emergentes en época de desconcierto y bajas alternadas de tasas, pero con predominio de declive.
Ir más allá en deducir consecuencias macro ya sería fantasear, pero siempre hay un precio para cada forma de negociar. Néstor Kirchner podría decir, a su vez, que si su irascibilidad es criticada deberían adjudicarle también que los bonistas se hayan casi totalmente olvidado de los intereses caídos de sus bonos impagos cuando menos hasta que tuvieron una oferta de recambio. Y hasta podría decir el gobierno que equivalen a cifras similares, en relación con las inversiones perdidas durante la iracundia presidencial.
Lo importante hoy es la forma confrontativa como método de negociación.
Nadie puede imaginar otra en el Presidente y si debe ser así que tenga las leyes que le convengan.



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