Museo al rencor
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• Peligroso
Hablar, decir estas cosas, no es entonces simple porque a quien lo hace se lo puede acusar de «procesista», «simpatizante de... o «desconocedor de los derechos del hombre».
No es mi caso. Tengo decretos del gobierno militar de 1976-1983 acusándome de «subversivo» por error, porque no lo era y no especulé con el antecedente que muchos querrían frente a este gobierno Kirchner. Jamás escribí una línea en favor del Proceso que alguien pudiera reprocharme, como ya dije. Estuve entre los degradados periodistas de «La Opinión» por ser «jefe y por lo tanto descontado rojo» en la mentalidad de los milicos que intervinieron ese diario en aquel penoso abril de 1977. Poseía compañeros muy allegados masacrados en aquella época como Fernández Pondal, Alsina Brea, Edgardo Sajón y más.
Tampoco me cabe ignorar lo que es la muerte de vidas jóvenes. Perdí dos hijos, pero no por haber estado robando, ni drogados, ni por haberlos incitado a que fueran terroristas para que luego me destroce las entrañas el remordimiento de haberlos impulsado a inmolarse y necesite andar pidiendo apoteósicos monumentos para recordarlos e intentar redimirme. Los perdí en accidentes, pero no anduve por las rutas incitando a matar a camioneros desaprensivos ni que vuelvan a poner en la cárcel al que condenaron. Se puede acumular dolor, desprecio, pero distante del odio permanente que a uno le arruinaría la vida y afectaría a la sociedad. Conocí, igualmente, a muchas madres y padres con dolor sin rencor ni espíritu vengativo, lo que les permitió continuar una vida útil. Algunos grandes hombres como el caudillo neuquino Felipe Sapag, que perdió dos hijos en la subversión de los '70. Melchor Posse de San Isidro, hace poco fallecido, que perdió también dos hijos en accidentes. Hay muchos más que vivimos sin haber hecho del dolor un vicio y, menos aún, un medio de vida o tela de insignias.
No odiar no significa, en absoluto, no reconocer que la represión de Estado de los '70 fue sanguinaria. Lo fue. Más aún que la represión a los subversivos -que debió alcanzar al que no lo era porque hubo errores como mencioné- fue extenderla, después de asesinados arrebatándoles su prole en conocidos casos o hacer desaparecer sus cuerpos. Se privó a padres y familiares de un consuelo y a chicos de su identidad, lo cual ya fue llegar al sadismo. Pero nada explica un monumento al rencor.
Comprendo sólo el recogimiento íntimo, no la venganza. Quise que hubiera algo que recordara a mis jóvenes hijos muertos cuando ni habían tenido descendencia ni habían podido rasguñar la vida para dar testimonio de su paso por ella. Busqué mi propio monumento. Pero no inútil en necrópolis. Les pedí a los gobernadores Roberto Ulloa de Salta y Vicente Joga de Formosa, hace años, que me aportaran terrenos fiscales y allí construí escuelas, que llevan sus nombres, en zonas paupérrimas. No en la Avenida Del Libertador de la Capital Federal, sino en las mismas fronteras, porque el verdadero dolor no se exterioriza hiriendo a los demás.
• Inequidad
No se puede aplicar la palabra holocausto a quienes no fueron víctimas pasivas, salvo las excepciones. Carece de equidad poner para subversivos caídos un monumento más ampuloso que cualquier otro en la Argentina. Más grande que el dedicado a las víctimas del Muro de Berlín en Alemania, si comparamos, con todo lo que significó éste para la historia humana. Tampoco tendrá la generosidad del Monumento al Soldado Desconocido en Francia porque tiene gerenciamiento y es una evocación parcial que divide a los argentinos. Las víctimas del accionar de la subversión no cuentan, no interesan. Para ellas ni memoria.
La ESMA se proyecta como un lugar de disputa de una izquierda que nunca se une, aunque se intente así aglutinarla. Se desplazará ahora de aulas a 800 alumnos y se buscará llenarlas con otros para ser ideologizados y asegurarle un futuro destacado al rencor en el país. Ni siquiera detendrá la violencia de la ultraizquierda, que repudia a la mayoría de los que convencieron al Presidente de la donación del edificio. No se harán allí las protestas porque necesitan llamar la atención de la ciudadanía en las calles, con lo cual no solucionará problema alguno. Traerá ingentes costos al Estado en remodelaciones y mantenimiento que durará lo que dure la oleada ideológica que siempre quienes la protagonizan suponen eterna. Si se intenta calmar a la izquierda para poder negociar con organismos «imperialistas» o sancionar por ley la inmunidad en operaciones para soldados norteamericanos se paga muy caro el apaciguamiento. Y no alcanzará. En el contrato de muchos artistas se incluirá una actuación gratuita en ese lugar en pos del fin último de operar sobre la mente de jóvenes. Como monumento a la desunión entre argentinos nunca será querido, y menos popular, como lo podría ser uno por los muertos por Malvinas que gozan de reconocimiento.
No se habrá ganado nada. Al contrario, se hará mal al país.



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