24 de marzo 2004 - 00:00

Museo al rencor

Transcurrí mi adolescencia observando la disputa sobre dónde estaba el cadáver de Eva Perón, que finalmente apareció para ser traído al país cuando ya era mayor y periodista (1974). Viví también el rencor peronismo - antiperonismo posterior al derrocamiento del líder justicialista a quien vi retornar redimido (1973).

Había deslizado mi infancia observando entre los mayores y maestros los coletazos finales de una disputa de... ¡más de 90 años antes, Rosas y los anti-Rosas! Le puso fin, espero, Carlos Menem repatriando los restos del caudillo federal.

Utilizar el enorme edificio de la Escuela de Mecánica de la Armada, ESMA, para un museo «a la memoria» de los subversivos brutalmente reprimidos en la década del '70 es asegurar a nuestros descendientes un hito visible para que no transcurran sus vidas sin algún rencor histórico como tuvimos nosotros y tuvieron nuestros padres.

También una rémora destinada a la irreconciliación, como lo fueron el cadáver de Eva Perón o el de Rosas. Por tanto, es un daño que se les hace a la Argentina y a los argentinos en la medida en que será un monumento a la intemperancia. Un cenotafio en el verdadero sentido de la palabra, que es tumba vacía, y no como se aplicó al monumento que se erigirá en Malvinas a muertos más heroicos que realmente inmolaron sus vidas cumpliendo un deber, no una vocación suicida. Muertos, además, de una guerra no entre hermanos y que, por si faltara, ingresaron en la historia y el conocimiento mundial, aunque más no sea como recordatorio, al deslizar un índice, de que hay un pueblo, ya cayéndose del mapa de América, que reclama por una parte irredenta de su territorio. Esos gigantescos jóvenes muertos de Malvinas tienen pequeños monumentos, en las islas y en Buenos Aires, que la inmensa mayoría de sus compatriotas no visitan ni conocen. San Martín tiene 10 metros cuadrados en la Catedral. Será injusta tanta diferencia.

El punto álgido es que no es simple reflejar críticas, aunque estén generalizadas entre los que sienten y conocen y hasta extendidas hoy a la mayoría de la sociedad que ni antes ni ahora se entusiasmó nunca por el tema subversión. Precisamente un monumento de la dimensión de la ESMA y su ubicación es para venganza hacia los que ganaron, aunque por fuera de la ley, aprovechándose del único monopolio respetable y temible si se lo emplea mal: el monopolio de la fuerza por el Estado. Pero no neguemos, porque seríamos tontos, además de callados, que un museo de la «memoria» de esta dimensión estará para reprochar permanentemente a esos argentinos comunes, ajenos al ideal terrorista de los '70, su indiferencia. A los peronistas que idolatren ídolos que no son jefes guerrilleros abatidos; a los obreros a cuyos jefes de personal de sus fábricas los subversivos asesinaron sin que se lo hayan agradecido plegándoseles sino, por el contrario, a veces hasta denunciándolos; que haya fotos de Evita o de un club de fútbol en villas miseria y no de Roberto Santucho, que hacía atacar camiones para repartir sus vituallas en los caseríos de chapas.

Tampoco ignoremos que un monumento tan visible y pomposo sirve -aunque sea un despropósito sembrar rencores y utilizar al país en ello- para calmar conciencias, como si fuera posible, por traiciones y cobardías del setentismo en el campo subversivo, que las hubo.

• Peligroso

Hablar, decir estas cosas, no es entonces simple porque a quien lo hace se lo puede acusar de «procesista», «simpatizante de... o «desconocedor de los derechos del hombre».

No es mi caso. Tengo decretos del gobierno militar de 1976-1983 acusándome de «subversivo» por error, porque no lo era y no especulé con el antecedente que muchos querrían frente a este gobierno Kirchner. Jamás escribí una línea en favor del Proceso que alguien pudiera reprocharme, como ya dije. Estuve entre los degradados periodistas de «La Opinión» por ser «jefe y por lo tanto descontado rojo» en la mentalidad de los milicos que intervinieron ese diario en aquel penoso abril de 1977. Poseía compañeros muy allegados masacrados en aquella época como Fernández Pondal, Alsina Brea, Edgardo Sajón y más.

Tampoco me cabe ignorar lo que es la muerte de vidas jóvenes. Perdí dos hijos, pero no por haber estado robando, ni drogados, ni por haberlos incitado a que fueran terroristas para que luego me destroce las entrañas el remordimiento de haberlos impulsado a inmolarse y necesite andar pidiendo apoteósicos monumentos para recordarlos e intentar redimirme. Los perdí en accidentes, pero no anduve por las rutas incitando a matar a camioneros desaprensivos ni que vuelvan a poner en la cárcel al que condenaron. Se puede acumular dolor, desprecio, pero distante del odio permanente que a uno le arruinaría la vida y afectaría a la sociedad. Conocí, igualmente, a muchas madres y padres con dolor sin rencor ni espíritu vengativo, lo que les permitió continuar una vida útil. Algunos grandes hombres como el caudillo neuquino Felipe Sapag, que perdió dos hijos en la subversión de los '70. Melchor Posse de San Isidro, hace poco fallecido, que perdió también dos hijos en accidentes. Hay muchos más que vivimos sin haber hecho del dolor un vicio y, menos aún, un medio de vida o tela de insignias.

No odiar no significa, en absoluto, no reconocer que la represión de Estado de los '70 fue sanguinaria. Lo fue. Más aún que la represión a los subversivos -que debió alcanzar al que no lo era porque hubo errores como mencioné- fue extenderla, después de asesinados arrebatándoles su prole en conocidos casos o hacer desaparecer sus cuerpos. Se privó a padres y familiares de un consuelo y a chicos de su identidad, lo cual ya fue llegar al sadismo. Pero nada explica un monumento al rencor.

Comprendo sólo el recogimiento íntimo, no la venganza. Quise que hubiera algo que recordara a mis jóvenes hijos muertos cuando ni habían tenido descendencia ni habían podido rasguñar la vida para dar testimonio de su paso por ella. Busqué mi propio monumento. Pero no inútil en necrópolis. Les pedí a los gobernadores Roberto Ulloa de Salta y Vicente Joga de Formosa, hace años, que me aportaran terrenos fiscales y allí construí escuelas, que llevan sus nombres, en zonas paupérrimas. No en la Avenida Del Libertador de la Capital Federal, sino en las mismas fronteras, porque el verdadero dolor no se exterioriza hiriendo a los demás.

• Inequidad

No se puede aplicar la palabra holocausto a quienes no fueron víctimas pasivas, salvo las excepciones. Carece de equidad poner para subversivos caídos un monumento más ampuloso que cualquier otro en la Argentina. Más grande que el dedicado a las víctimas del Muro de Berlín en Alemania, si comparamos, con todo lo que significó éste para la historia humana. Tampoco tendrá la generosidad del Monumento al Soldado Desconocido en Francia porque tiene gerenciamiento y es una evocación parcial que divide a los argentinos. Las víctimas del accionar de la subversión no cuentan, no interesan. Para ellas ni memoria.

La ESMA se proyecta como un lugar de disputa de una izquierda que nunca se une, aunque se intente así aglutinarla. Se desplazará ahora de aulas a 800 alumnos y se buscará llenarlas con otros para ser ideologizados y asegurarle un futuro destacado al rencor en el país. Ni siquiera detendrá la violencia de la ultraizquierda, que repudia a la mayoría de los que convencieron al Presidente de la donación del edificio. No se harán allí las protestas porque necesitan llamar la atención de la ciudadanía en las calles, con lo cual no solucionará problema alguno. Traerá ingentes costos al Estado en remodelaciones y mantenimiento que durará lo que dure la oleada ideológica que siempre quienes la protagonizan suponen eterna. Si se intenta calmar a la izquierda para poder negociar con organismos «imperialistas» o sancionar por ley la inmunidad en operaciones para soldados norteamericanos se paga muy caro el apaciguamiento. Y no alcanzará. En el contrato de muchos artistas se incluirá una actuación gratuita en ese lugar en pos del fin último de operar sobre la mente de jóvenes. Como monumento a la desunión entre argentinos nunca será querido, y menos popular, como lo podría ser uno por los muertos por Malvinas que gozan de reconocimiento.

No se habrá ganado nada. Al contrario, se hará mal al país.

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