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5 de noviembre 2003 - 00:00

Por desconfianza sigue la salida de capitales

Habría que hacer algo para detener la salida imparable de capitales argentinos al exterior. Desde ya algo democrático y sin autoritarismo porque, precisamente, los capitales fundamentalmente se van fuera del país por desconfianza de que sobrevengan hechos drásticos en la Argentina. No sólo es grave que el que exporta anote aquí sus dólares, que refuerzan la balanza comercial, pero se los lleva al exterior en gran parte, sino que, por el otro lado, no hay ingreso de otros capitales como en los años '90. Es un fenómeno serio porque en un año de bastante tranquilidad económica y acentuado repunte productivo ya se han ido afuera este año, enero y octubre, 7.500 millones de nuevos dólares generados en el país. Hay que ser cautos al informar estos temas -que, desde ya, no salen en la prensa oficialista que predomina, tipo «Página/ 12» o «Clarín»- porque aquí tenemos izquierda adolescente que puede proponer hasta estatizar los campos. ¿Qué es exactamente lo que desalienta a invertir o, al menos, dejar en la banca local casi 23.000 millones de pesos que elevarían los alicaídos depósitos? Nadie define exactamente por qué, pero el país no alienta. Se menciona la inseguridad de vivir en la Argentina (muchos prefieren tener dinero afuera, en moneda fuerte, por temor a que la situación se desborde y tengan que sacar la familia del país), el crecimiento desmesurado de los piqueteros (un tema cuya solución se supone imposible a corto plazo), con gente que va perdiendo el sentido de trabajar y caudillos ultra no dispuestos a abandonar la oportunidad única, que surgió con Duhalde, de tener milicia activa propia en las calles con planes lamentablemente politizados en una adjudicación que debió ser técnica. Algunos no ven viable el país donde se empinan personajes como Hugo Moyano y los consejeros que privilegia el gobierno sean Horacio Verbitsky, el ideologizado CELS y Hebe de Bonafini. Otros temen cuando sobrevenga una Argentina embargada por bonistas acreedores o qué pasará desde setiembre del año próximo, cuando el Fondo exija no menos de 4,5% del PBI como superávit primario (con el actual nivel de exportaciones, no debería haber problema). Ven de nuevo al país sustentado en exportaciones agropecuarias como hace 50 o 100 años porque no surge ningún mercado para una industria local incentivada sólo a sustituir importaciones sobre la base de un dólar «recontraalto». En resumen, el capital doméstico sale por lo mismo que los pedidos de crédito a los bancos no aumentan y tampoco lo hacen los depósitos de la gente común en el sistema: se desconfía de la Argentina que viene. Se reconoce que el gobierno Kirchner es correcto, no es corrupto, ganó prestigio para el cargo de presidente de la Nación y para el país, cuida los números (aunque va aumentando el gasto público), pero no lo ven aún como capaz de solucionar problemas de fondo (desde seguridad hasta piqueteros) de crear «clima de negocios» en el país, de sobrevivir bien cuando no tenga la suerte -quizá circunstancial- de tremendos precios y demanda externa de granos como hoy. Lo ven demasiado imbuido en discusiones políticas, en ganar y ganar espacios (cuando prácticamente nadie lo acosa por falta de oposición organizada, a tal extremo que una de esas cabezas políticas de enfrente apenas si será presidente de un club de fútbol), con un juego de prioridades raras que suenan a empecinamientos, como jueces, Corte, robos hormiga y no la desesperación de la gente por su seguridad y la de sus hijos, o la falta de trabajo o la demanda que no crece para la mayoría de los rubros. Los 7.500 millones de dólares «idos» marcan que algo anda mal, aunque nadie precise bien qué es.

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El resultado es que la Argentina sigue perdiendo la mayor parte del saldo de su balanza comercial positiva:







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