Primero hay que reactivar
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Asimetría 2: En 1989, González lanzó el plan BONEX para salvar los depósitos y dolarizó al futuro. Nadie devolvió, en dólares, un préstamo.
Asimetría gigante 3: La convertibilidad (1991) financió el BONEX con más deuda. En siete años (1998), comenzó la hiperrecesión. La asimetría de la convertibilidad fue el déficit fiscal y la deuda externa sin empleo ni productividad.
Asimetría 4: La alucinación de Cavallo obligó, en diciembre de 2001, a instalar el «corralito» dolarizado. La asimetría fue el excedente de dinero transaccional y la estatización de la deuda de los peores morosos bancarios y tributarios.
Asimetría 5: Remes (2002) enterró la convertibilidad. Pesificó y licuó deudas y depósitos, asimétricamente. Obstaculizó, y relajó, el «corralito». Instaló el «corralón» y, para evitar el saqueo «judicializado» a los bancos, propuso el superfracasado BONEX II. De Cavallo (1982) a Remes (2002) sufrimos la odisea de ambas híper. Las dos fueron consecuencia de la «mala praxis», no de guerra o desastre natural. La Argentina está en coma como consecuencia de la «economía iatrogénica», es decir, por sobredosis de aplicación de remedios económicos equivocados. El gobierno trata de resolver la crisis financiera (bancos, depositantes, deudores). Ahora desestimó su inicial propuesta. Era profundizadora de las asimetrías:
d) liberaba los billetes del corralito (¿15 MM?),
e) licuaba, sin distinción, créditos bancarios y,
f) dado que el sistema está ilíquido (¿8 MM?), el BCRA debería proveer liquidez y ¿exigir? a los bancos que traigan dinero. ¿Alguien puede imaginar que los accionistas de los bancos extranjeros, en plena asimetría, con deudores licuados, traerían dólares para que los depositantes se los lleven y los deudores no les paguen?
Si el gobierno aplicaba aquella propuesta, con 10% de inflación mensual, se hubiera producido:
a) la destrucción de lo que queda del sistema financiero,
b) la desintermediación e incremento de la economía negra (cuevas),
c) pérdida de ingresos fiscales,
d) aumento del desempleo,
e) más recesión,
f) rechazo de la conversión compulsiva de depósitos en títulos públicos o, alternativamente, con bonos de alta liquidez, explosión monetaria,
g) en cualquier caso, estampida del excedente de liquidez hacia el dólar,
h) «crowding out» gigante en 2007 y, finalmente,
i) si el gobierno hubiera querido defender la estabilidad cambiaria, habría debido vender reservas y liquidar el excedente comercial externo de 2002 o, alternativamente, abandonarnos a la hiperinflación. Si se hubieran aplicado estos remedios, estaríamos en el capítulo veneno de la saga de la «economía iatrogénica». Los autores de esta saga son economistas, pero no heterodoxos ni keynesianos. Son ortodoxos y liberales, de viejo y nuevo odre. Los heterodoxos y keynesianos son economistas y no ingeniosos asimetristas.
No hay éxito en la dirección equivocada. El «corralito» tiene 15 MM de excedente para transacciones y sin restricciones al ejercicio de la propiedad: todo se puede gastar. El problema es que sus dueños no quieren gastar esa liquidez excedente. Quieren dólares. Esas dos decisiones (abstinencia y dolarmanía) tienen consecuencias recesivas y cambiarias. Abrir el «corralito» es más inflación y más recesión. Por eso es necesario invertir el planteo. Cerrar el «corralito» y minimizar el goteo es la condición necesaria para empezar a salir. La ley tapón no alcanza. Hacen falta medidas como, por ejemplo, retener, para pago de impuestos futuros, 50% de lo que se extraiga en billetes de los bancos por encima de mil pesos mensuales, más otras disposiciones convergentes. Con «corralito» cerrado, los depósitos del «corralón» podrán ser objeto de un programa de restitución de derechos a los ahorristas y liquidez reactivante, elaborado por cada banco, con el mismo flujo y condiciones con las que el gobierno ha establecido que deben ser pagados los créditos. Ley pareja auditada por el BCRA. No hay razón moral o económica para que los asalariados, castigados por la devaluación y la inflación, deban pagar impuestos para que los ahorristas reciban una garantía de 100% en dólares por parte del Estado. Los ahorristas pusieron su dinero con la sola garantía de SEDESA por 30 mil pesos. Es demagógico multiplicar la garantía con déficit o más impuestos. En los bancos, el dinero de los ahorristas está en manos de los deudores (Estado incluido). Los ahorristas tienen el derecho de recibir lo que le paguen los deudores a su banco -al tiempo que éstos lo hagan- y en subsidio disponen de acciones por la responsabilidad patrimonial del banco depositario. El gobierno, por razones macroeconómicas, ha licuado los créditos. Respetar la simetría es que en cada banco, cobros y pagos deban realizarse calzadamente y en la misma moneda. Los ahorristas que invirtieron en bancos públicos eligieron la garantía del Estado. ¿Pero por qué a los ahorristas de bancos privados debemos darles una garantía adicional del Estado (déficit) que no quisieron? Los ahorristas deberán cobrar según la calidad de la cartera de su banco, habida cuenta del cambio de las condiciones generales y según el patrimonio de su banco. Si el banco privado otorgó crédito al gobierno, carece de sentido cambiar esos papeles públicos (bonos) por otros iguales. Ese banco tiene bonos en cartera y responderá con esos recursos. Cualquier propuesta que acepta dudar de la capacidad de pago del Estado es ridícula. Dado que el Estado va a pagar, este bazar de bonos y papeles carece de sentido. Con simetría para deudores y acreedores (igual ritmo y moneda) es exigible la garantía de cada banco para sus clientes. El Estado ha cargado con la insensatez del subsidio público de 40% -sin contrapartida- para deudores, derivado de la pesificación asimétrica de Remes. La verdadera y gigantesca pérdida colectiva la han producido 4 años de recesión y el quinto que se avecina, y 12 años de convertibilidad basada en endeudamiento feroz. Los ahorristas (y los asalariados), los propietarios de autos y de casas, están perdiendo (en dólares) con la devaluación y (en pesos) con la inflación. Si todo lo demás queda como está y se les exige a los deudores (y a los bancos) que paguen, a pesar de la devaluación y la inflación, sus deudas a valores originales, ellos (deudores y bancos) desaparecerían y nadie cobraría un peso. A partir de simetría en las cuentas, el sistema financiero se debe reconstruir con sólidos instrumentos de ahorro y una fuerte política de reactivación. Solamente el crecimiento y la estabilidad premian el ahorro tan castigado.
CONSEJOS SABIOS
Nuestra verdadera enfermedad es el estancamiento. Joseph Stiglitz y Paul Samuelson (premios Nobel) y el máximo economista argentino, Julio H.G. Olivera, coinciden en que el capital (alimento) solamente fluye a los países que crecen. Como dice Miguel, «Keynes está muerto como Newton. Y a nadie se le ocurrió derogar la ley de gravedad». Enseña Samuelson (pág. 292, Manual de Economía): «Nadie pagaría hoy un seguro para garantizarse no sufrir una quiebra generalizada de bancos o una desocupación de 25%... (porque ahora)... sabemos que la política fiscal y monetaria evita la depresión».
En la Argentina, la «mala praxis» de los ministros ha «logrado» refutar el consenso de la profesión y aún no han expiado culpas por ello. Dice Stiglitz (ECC, mayo de 2002): «Las enseñanzas de Keynes están... vivas y la Argentina hoy... estaría... mucho mejor... si sus lecciones hubiesen sido tomadas al pie de la letra». Cambiar el rumbo es poner racionalidad en el sistema financiero; no debe cerrar ningún banco -aunque sus dueños lo pierdan-, sí unificar la moneda de cobro y pago; hay que construir instrumentos financieros racionales -R. Hausmann dixit, indexación- y poner en marcha una audaz política fiscal de reactivación como objetivo central al que todo debe someterse. Sólo así termina la «mala praxis» y la perversa saga de la «economía iatrogénica». Seguir en el mismo sendero es cavar el fondo que nos amenaza con el infierno.
(*) Ex subsecretario de Economía de la Nación




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